Hay quienes cuestionan que carece de fundamento manifestarse un ocho de marzo, inundando las calles de consignas que luchan por la igualdad efectiva entre hombres y mujeres. Asimismo, ya superado con creces el primer cuarto del siglo veintiuno, les provoca hartazgo que se convierta en titular de los noticieros. Me atrevería a afirmar que son los mismos que desprecian las políticas igualitarias y aspiran a teñir un horizonte de color azul cielo, veteado de innumerables franjas verde hierba. La polarización se generaliza a nivel mundial, qué duda cabe, y cuando los avances en materia social peligran, la involución va cobrando cuerpo. No obstante, aunque resulte paradójico, cuando les atañe personalmente, son los primeros que no quieren que se toquen medidas progresistas que puedan ser diezmadas, como son los permisos de paternidad, el divorcio, el matrimonio entre cónyuges del mismo sexo, o la decisión de abortar, porque entonces les surge una rojez súbita y reivindicativa. Lo peor acontece cuando se ponen a despotricar y pasan revista a aquello que les escuece en el alma… Por un lado, para ellos, el racismo y la xenofobia se dan la mano: rechazan al extranjero porque lo consideran haragán y vándalo, pero viene bien que se desempeñe en las campañas de las aceitunas y los invernaderos, porque no se encuentra con facilidad al autóctono para la recolección. Y por otro, detestan al que perciben diferente y se sale de la norma: la homofobia les resulta un guijarro en el zapato. «Se sienten orgullosos», esgrimen quienes estigmatizan al colectivo LGTBiQ+, «¿pero orgullosos de qué, de ser como son? ¿Qué hombre hecho y derecho va pregonando por ahí que es heterosexual?»
Vivimos unos tiempos convulsos que rozan la distopía, en los que se ningunea la Historia, y se repiten los errores cometidos con una indolencia que pasará su factura en un futuro no muy lejano. Parece ser que lo que no se nombra no existe, y asistimos a una muestra de ello cuando algunos medios de comunicación pasan de puntillas por hechos que apenas abordan por su nomenclatura. En la temática que atañe al artículo, hay informativos que usan como eslogan «Contra el maltrato, tolerancia cero». La violencia contra las mujeres, la violencia machista, o la violencia de género, recibe la etiqueta de «maltrato» a secas, o se usa el eufemismo de «violencia intrafamiliar», para obviar una realidad que pasa por la guadaña a miles de mujeres desde que se tienen registros estadísticos. Hasta cuesta trabajo mencionar la violencia vicaria, cuando el marido, por el mero hecho de hacer el mayor daño posible a su esposa, asesina a un hijo con el fin de causarle un dolor inconmensurable.
En las zonas rurales se respira a pequeña escala el ambiente enrarecido de las grandes urbes. Los micromachismos se normalizan con suma facilidad con comentarios tan soeces como los chistes fáciles. El patriarcado se perpetúa en las nuevas generaciones, en las que se generaliza la idea distorsionada de añorar la caspa de una dictadura que no se ha vivido. Quizá sea una minoría, que hace demasiado ruido, la que desea anclarse en un pasado en blanco y negro (o eso es lo que, al menos, deseo pensar para no mortificarme). Por contra, una considerable parte de las viejas generaciones que vivieron las secuelas de una guerra civil, que sufrieron en sus carnes el patriarcado y que trabajaron laborando los campos, intercalando la crianza de los hijos con las tareas domésticas, siguen pensando que el papel de la mujer es el de cuidar a sus mayores, que las hijas están para eso, al igual que las nueras. Por desgracia conozco a ancianas con esa forma de pensar y sentir. Ante unas edades tan longevas, lo que yo pueda aportarles cae en saco roto. Sin embargo, los chicos y chicas de hoy día que usan las nuevas tecnologías como una prolongación de su ser, recurren al círculo vicioso de asumir por parte de ellas el rol de sumisas, mientras que ellos se convierten en los prototipos de machos que controlan lo que ellas hacen, lo que ven, con quién van o hacia dónde se mueven. Y así se llega a casos puntuales de adolescentes golpeadas, amenazadas y asesinadas que también engrosan las frías estadísticas de la violencia de género.
Nuestra sociedad padece ciertos desequilibrios emocionales. Se estigmatiza el feminismo cuando, de manera socarrona se sueltan comentarios acerca de los actos del ocho de marzo del tipo: «A todas esas que quieren la igualdad las invitaría a que se subieran a un andamio. ¿No quieren la igualdad? Pues que trabajen en una obra». Consideran que hay profesiones masculinizadas que por antonomasia son vedadas a las mujeres y, por tanto, la equidad está en entredicho si el número de féminas que se dedican a dichos oficios es pequeño. Sienten como una victoria que el sector femenino no ejercite la fuerza física en ese tipo de empleos. Ni por asomo les pasa la cabeza la acepción de «techo de cristal», en el que por trabajos similares, hay mujeres que cobran menos que los hombres. Por el contrario, en las profesiones feminizadas, como por ejemplo sucede con la Ayuda a Domicilio, se ve como una suerte de rara avis que un hombre se dedique a cuidar a personas dependientes. Y no es de extrañar que las propias mayores puedan afirmar que prefieren que las atiendan una mujer a un hombre, porque desconfían en que el hombre haga bien las tareas de la casa, o por un cierto pudor que les supone una barrera infranqueable, y que se disipa cuando un auxiliar las atiende en un hospital.
Llegados a este punto, presiento que los argumentos que esgrimo son la punta del iceberg de una realidad compleja, y que extenderme en demasía requeriría un artículo de opinión mucho más extenso. Quienes cuestionan la necesidad de reivindicar un ocho de marzo no me leerán, o si lo hacen, concebirán que les atenta contra la libertad de expresión, su libertad, la libertad que enarbolan a las primeras de cambio, y que se ampara en una ranciedad que no concibe el progreso, a menos que este les beneficie en casos puntuales. Ellos ejercen su inaccesible libertad, y por ahí no hay nada que rascar, pero yo ejerzo la mía al expresarme en este escrito. Por eso, cuando el calendario vuelve a marcar el 8 M y escucho la cantinela de si es preciso que no se apague el eco de las voces que no quieren ser silenciadas, solo me resta contestar al sonsonete de esa cantinela con dos simples palabras: lo es.
José Manuel Muñoz Serrano

