Había en el aire de Almedinilla un perfume distinto aquel atardecer de mayo. La brisa, suave y temblorosa como un susurro, parecía querer contar una historia tejida de letras y de sueños, de silencios y de voces. Y es que la Casa de la Cultura, vestida de expectación, latía con la emoción de acoger el tercer encuentro de Tierra de Palabras, esa iniciativa que, como una semilla sembrada en la tierra fértil de la Biblioteca de Almedinilla, ha germinado gracias al cuidado amoroso del Área de Cultura y de un puñado de almedinillenses —de cuna o de corazón— que entienden la lectura como un acto de amor y resistencia.
La sala estaba llena. Cada silla ocupada, cada mirada encendida. La calidez de las paredes, los murmullos previos, la mezcla de generaciones —jóvenes, mayores, curiosos, lectores ávidos—, componían un escenario que parecía sacado de un cuadro antiguo, de esos que uno contempla con nostalgia sabiendo que algo hermoso está a punto de suceder.
Y sucedió. Sucedió con la llegada de las autoras de Mujeres en la arquitectura. Historia de un silencio, voces de la contemporaneidad. Sucedió con la emoción contenida al recordar a Ana del Cid, la impulsora de la semilla primera, la que ya no está pero sigue viva en cada palabra escrita, en cada aplauso sentido, en cada espacio que se piensa y se transforma. Ana, cuya ausencia era un hueco y a la vez una presencia luminosa, flotaba como un eco en cada rincón de la sala.
Gracias al puente que tendió Alicia Jiménez, arquitecta almedinillense, la magia de la arquitectura y las historias de estas mujeres valientes llegaron hasta este rincón del sur. Marta Rodríguez Iturriaga y María Zurita Elizalde pusieron voz y mirada al silencio de tantas otras. Hablaron de la historia ausente, de la arquitectura tejida con manos invisibles, de las mujeres que diseñaron espacios que nos acogen, aunque a menudo sus nombres no figuren en las placas de mármol ni en las páginas de los manuales.
El encuentro fue, como todo lo hermoso, breve y eterno a la vez. Hubo palabras, sí. Y también miradas cómplices, preguntas susurradas, recuerdos que flotaron como polvo de luz entre las estanterías. Hubo un temblor en el aire cuando se habló de cómo la arquitectura, como la literatura, como la vida misma, necesita otras miradas, otras voces, otros relatos. Y hubo, sobre todo, gratitud: por lo que fue, por lo que es, por lo que será.
Cuando las luces se apagaron y la gente salió al fresco de la noche, Almedinilla parecía un poco más llena, un poco más sabia. Quizá fue la magia de las palabras, o tal vez la certeza de que, mientras existan encuentros como este, siempre habrá un lugar para soñar con un mundo más justo, más bello, más nuestro.
Y en algún rincón, entre las páginas de un libro o entre los suspiros de los que se quedaron un momento más, Ana del Cid, con su sonrisa tranquila, seguía presente, como un faro, como una voz que no se apaga.






