Antonio J. Corpas Ortiz y Esther Montilla Meroño (*)
¿Por qué no se habla del suicidio?. Durante siglos el suicida y su familia fueron duramente castigados por la sociedad. El suicidio era un tabú y como estigma social conseguía eso: hacia que se evitara hablar de ello. No obstante, en los últimos tiempos se esta generando un cambio más constructivo al poder hablarse más abiertamente sobre él.

Las muertes violentas, y en particular el suicidio, son las más difíciles de aceptar, puesto que se dan una serie de circunstancias que no suceden en otros tipos de pérdidas. En general, cualquier muerte autoinfligida suele ser inexplicable para las personas que rodean al fallecido/a. Estos familiares y personas cercanas, a quienes llamamos supervivientes, deberán enfrentar este trágico hecho, y para ello, el primer paso que facilitará el proceso de duelo será tratar de comprenderlo.
Tanto la sintomatología que experimentarán como el pronóstico del duelo variarán, en función de variables como el impacto de la noticia, situaciones de duelo previas, la capacidad de resolución de problemas, el carácter o temperamento de la persona, el momento de la vida en que nos encontremos o las creencias y presunciones previas que tengamos respecto al suicidio. Por tanto, cada superviviente parte de una situación personal particular y desde ahí deberá abordar procesos que no nos han enseñado y para los que no estamos preparados. Algunos de ellos son:
-Normalizar nuestras reacciones: Esto significa cobrar conciencia de que las respuestas de nuestro organismo, sean emocionales (ira, shock, tristeza, impotencia,…), comportamentales (gritos, llanto irrefrenable, trastornos del sueño y/o la alimentación,…) y/o cognitivas (negación de lo sucedido, no dejar de buscar un porqué, etc.) son lógicas, congruentes con la pérdida. Esto no significa que sean buenas; solo que son naturales. Por inusuales que sean los síntomas, somos seres humanos que sufrimos reacciones normales ante una situación anormal, que afortunadamente, evolucionará e irá mejorando.
-Comprender: Una persona que se suicida es un ser humano que sufre, y sufre profundamente. Alguien que carece de recursos psicológicos para hacer frente a las situaciones de la vida, con una desesperanza profunda ante el futuro, y acompañada de la percepción de la muerte como única salida. Por ello, el suicidio no es un problema moral: los que intentan suicidarse o lo hacen no son cobardes ni valientes, sólo son personas que padecen, que están desbordadas por el dolor y que no ven la más mínima esperanza en el futuro.
Puede que la persona se focalice tanto en sus circunstancias que se produzca la visión en túnel, impidiendo ser capaz de ver nada más. Puede que su interpretación de la realidad esté distorsionada, lo que limita su capacidad para resolver problemas. Quizá su sufrimiento le hace creer que estaríamos mejor sin él/ella; que pensara que con su muerte nos aliviaría de la carga que podría significar para nosotros; que saldríamos mejor adelante sin él. Puede, por tanto, que la persona no encuentre otra forma de terminar con su padecimiento que acabando con su vida.
-Aceptar: El suicidio suele ser multicausal. No es un solo factor el que lleva a alguien a atentar contra su vida, aunque puede existir un último desencadenante. Es importante saber esto por que es demasiado frecuente que muchos supervivientes piensen que si hubieran neutralizado dicha causa podrían haberlo evitado. Si somos capaces de entender que no somos adivinos ni omnipotentes, estaremos en condiciones de aceptar la pérdida. Y aceptar no es resignarse. La resignación tiene un componente, de rencor, ira, culpa, o similar. Aceptar significa asumir que lo ocurrido es un hecho, que cambiará nuestras vidas, que quizá haga que nada vuelva a ser igual, pero esto no significa no poder seguir adelante. Respetamos que fue su decisión, una solución equivocada, pero la suya.
-Perdonar y perdonarnos: Debemos tratar de hacerlo por el simple hecho de que somos humanos. No podemos hacer nada si nuestro ser querido nos lo ocultó, si no quiso aceptar o no pudo aceptar nuestra ayuda. Perdonarnos para transitar por el duro camino del duelo; no le olvidaremos, quizá sintiendo que nos acompaña y que le gustaría vernos sonreír.
La persona que se suicida no suele ser consciente del irreparable agujero que deja en el tapiz familiar al que pertenece. Dificilmente habrá calibrado el dolor que sufrirán las personas que más les quieren, el de aquellas que probablemente más intentaron ayudarles. No son conscientes de que no hay situación desesperada, por extrema que sea, que no se pueda abordar y tratar de resolver. Para ello solo deben buscar el apoyo en esas personas cercanas, en los profesionales y/o asociaciones para hablar, confiando y buscando «otras opciones para vivir».
«La vida cambia rápido, la vida cambia en un instante. Te sientas a cenar, y la vida que conoces se acaba» (Joan Didion , 2005).
Desde la mesa de MAIS, creemos en el SI A LA VIDA , contra el suicidio hay una solución.
(*) Psicólogos Instituto Provincial de Bienestar Social de Córdoba (Miebros de MAIS)
