Con un inmenso orgullo y una emoción difícil de expresar con palabras, nuestra familia —hijos, nietos y bisnietas— ha recibido el homenaje que el Colegio Rodríguez Vega por medio de su actual directora, Paqui Chica Malagón, ha querido rendir a nuestro padre como primer director y principal impulsor de la construcción del colegio público de la localidad,.
Nuestro padre llegó a Almedinilla hacia 1957 como maestro (así le gusta que le llamen). No había colegio. El Ayuntamiento le cedió una vivienda donde, en el salón de aquella casa, comenzó a impartir clase a unos cuarenta niños. Aquel modesto hogar se convirtió en la primera escuela de muchos niños que, hasta entonces, apenas habían tenido la oportunidad de aprender a leer y escribir.
Pero su vocación no entendía de límites. Pronto comprendió que un pueblo necesitaba mucho más que aulas improvisadas. Necesitaba un verdadero colegio.
Con perseverancia, esfuerzo y una fe inquebrantable en el poder transformador de la educación, promovió la construcción del nuevo centro escolar, que pocos años después llegó a acoger a cerca de quinientos niños procedentes tanto del pueblo como de todas sus aldeas. Niños que, hasta entonces, dedicaban la mayor parte de sus días a ayudar a sus familias en las duras faenas del campo, en una época en la que la agricultura y la ganadería marcaban el ritmo de la vida y el acceso a la enseñanza era todavía un privilegio para muchos.
Su gran preocupación fue siempre la misma: escolarizar a aquellos niños y combatir el analfabetismo que castigaba a tantas zonas rurales alejadas de las capitales. Sabía que la educación era la única herramienta capaz de romper el círculo de la pobreza y ofrecer un futuro diferente.
Pero levantar un colegio no era suficiente.
También consiguió poner en marcha un servicio de transporte escolar para recoger diariamente a los niños de las aldeas más alejadas y un comedor escolar que, además de evitarles largos desplazamientos a mediodía, suponía un alivio para muchas familias que aún vivían tiempos de escasez. Aquellas comidas eran, para algunos pequeños, el plato más completo del día. En los comienzos no había apenas recursos; por eso llegó incluso a pedir prestadas ollas, cazuelas y utensilios de cocina a los vecinos del pueblo para que ningún niño se quedara sin comer.
Cada mañana subía personalmente a los autobuses junto a los conductores para recorrer las aldeas y asegurarse de que aquellos niños llegaban al colegio. Sabía que, si él no estaba allí, muchos padres no los enviarían, bien porque necesitaban su ayuda en el campo, bien por el temor a aquellas carreteras estrechas, de montaña y prácticamente abandonadas, que hoy atraviesan el Parque Natural de las Sierras Subbéticas.
Y cuando terminaban las clases… seguía siendo maestro.
Con el colegio ya funcionando y más de cuatrocientos alumnos matriculados, continuaba dando clase hasta bien entrada la noche a quienes necesitaban un esfuerzo extra. En su pequeño SEAT 600 llevaba a seis o siete alumnos, unos junto a otros, hasta pueblos mayores para que pudieran realizar las pruebas de acceso a los institutos. Después, cuando todos descansaban, él permanecía durante horas en su despacho rellenando solicitudes de becas, informes y toda la documentación necesaria para que aquellos jóvenes pudieran continuar estudiando. Conocía perfectamente las dificultades económicas y la distancia que separaba a Almedinilla de los centros de enseñanza secundaria, y no estaba dispuesto a que ningún alumno perdiera una oportunidad por culpa de esas circunstancias.
Así transcurrieron muchos años.
Sus hijos crecimos viendo aquella entrega como algo completamente natural. Pensábamos que todos los maestros vivían así su profesión. Solo con el paso del tiempo comprendimos que lo que habíamos visto en casa no era una obligación laboral, sino una auténtica vocación.
Por eso, contemplar hoy cómo antiguos alumnos se acercan a él con los ojos brillantes, recordando anécdotas, abrazándolo con el mismo cariño de hace más de medio siglo y agradeciéndole lo que hizo por ellos, constituye uno de los mayores regalos que la vida podía hacernos.
Vivimos tiempos muy diferentes, y en este homenaje su bisnieta se despedía del colegio rumbo al Instituto de Educación Secundaria de Priego de Córdoba, leyéndole unas emotivas palabras que su directora preparó para el acto.
Por eso este homenaje nos invita también a reivindicar la figura de tantos y tantos maestros de pueblo que entendieron la enseñanza como una auténtica misión de vida. Hombres y mujeres para quienes no existían horarios ni relojes, porque su verdadera preocupación era ayudar a cada alumno a descubrir todo lo que llevaba dentro. Eran maestros que enseñaban matemáticas y lengua, pero también dignidad, esfuerzo, respeto y esperanza.
Y afortunadamente esos maestros siguen existiendo.
Uno de esos ejemplos es Paqui Chica, actual directora del Colegio Rodríguez Vega, el mismo centro donde nuestro padre comenzó su labor como primer director hace ya más de sesenta años. Ha sido ella quien, con enorme sensibilidad, ha promovido este homenaje, demostrando que la verdadera vocación educativa no entiende de generaciones.
La historia quiso además tejer un hermoso puente entre nuestras familias.
La construcción de aquel colegio unió para siempre nuestras vidas. Su abuela fue la primera cocinera del centro y hacía auténticos milagros para que todos los niños recibieran una comida digna en tiempos de tantas necesidades. Hoy, sin duda, se sentiría inmensamente orgullosa al contemplar a su nieta al frente del mismo colegio, continuando una historia de servicio y compromiso con la educación.
Querida Paqui:
Queremos darte las gracias de todo corazón por el esfuerzo, la dedicación y el cariño con los que has hecho posible este reconocimiento a la vocación docente de nuestro padre. Sabemos que el camino no ha sido fácil y que incluso has tenido que superar dificultades para hacerlo realidad. Precisamente por eso, nuestro agradecimiento será eterno.
Ya era para nosotros una inmensa alegría ver cómo el pueblo rendía homenaje a quien dedicó su vida a la enseñanza. Pero esa emoción se multiplica al saber que has sido tú quien lo ha impulsado.
Todavía recordamos aquellos años de convivencia en Los Grupos, junto a los abuelos Francisca y José, junto a tus padres —con quienes volvimos a reencontrarnos años después en Córdoba— y junto a tus tías. Siempre nos unió algo mucho más profundo que una simple vecindad. Nos unió el afecto, el respeto y unos lazos que, con el paso del tiempo, terminaron convirtiéndose en auténticos vínculos familiares.
Estoy convencido de que hoy, desde el cielo, todos ellos contemplan este momento con inmenso orgullo. Ver cómo aquella niña, es hoy la directora del colegio y ha querido homenajear al que fue su primer director es una de esas hermosas vueltas que da la vida.
Por eso este homenaje tiene un valor aún mayor. Porque no lo promueve solo una directora; lo impulsa la nieta, la hija, la amiga y la compañera de una historia compartida durante toda una vida.
Gracias, Paqui por tu sensibilidad, por tu compromiso y por tu inmensa calidad humana.
Y gracias, de todo corazón, al pueblo de Almedinilla por acompañarnos en un día que jamás olvidaremos.
Porque los pueblos nunca olvidan a quienes sembraron futuro.
Y los maestros de verdad nunca dejan de enseñar, ni siquiera cuando el tiempo ya los ha convertido en memoria.






