Siempre me he preguntado qué es lo que lleva a muchas personas a dejar abandonados todo tipo de residuos y desperdicios en un enclave natural del que han ido supuestamente a disfrutar.
Te levantas una mañana de fin de semana, abres la ventana y miras hacia arriba, el cielo azul apenas moteado por algunas nubes algodonadas y la agradable temperatura incitan a un paseo matutino.
Como quien deshoja una margarita con el manido mantra «me quiere, no me quiere», tú decides si ir a dar ese paseo al que el día te está invitando o quedarte en casa y hacer las mil tareas que seguro tienes que hacer: «Voy, o no voy, voy, o no voy».
Como no podría ser de otra forma, porque la obligación no siempre puede más que la devoción, te pones el chándal, te calzas las zapatillas y enfilas el primer camino que encuentras que te lleva lejos de la tediosa rutina.
Después de un rato andando, observando lo que el medio natural te ofrece y disfrutando de esos mal llamados pequeños placeres de la vida: el canto de los pájaros, el aroma de las plantas aromáticas y medicinales que pueblan la senda, los colores de las incipientes flores, el relativo silencio, la desconexión, la tan ansiada paz… llegas a tu destino. Te paras, cierras los ojos y respiras profundamente llenando tus pulmones del aire más puro que ese día vas a poder encontrar. Idílico, ¿verdad?
El bofetón de realidad te llega en cuanto abres los ojos, miras a diestro y siniestro y empiezas a ver por doquier envases de diferente composición, tamaño, forma, color y utilidad: botellas y envoltorios de plástico, botellas de vidrio, latas de refresco y conservas, envases de cartón Kraft, papeles, toallitas… y en otros casos también un látex que de haber sido bien usado hubiera librado a este maltratado planeta de la inmundicia y la irresponsabilidad e incivismo del que más personas de las deseadas, y seguro que de las recomendables, hacen gala a diario.
Para cualquiera que guste de darse de vez en cuando un garbeo por el medio natural, resulta incomprensible esas actitudes tan sumamente irrespetuosas tanto con el entorno que nos acoge como con el resto de nuestros congéneres.
Resulta difícil no hacerse la pregunta, obvia, de si esas personas que utilizan la naturaleza como vertedero tienen el mismo comportamiento bajo el techo que habitualmente les da cobijo. El primer impulso, más por deseo que por verdadera convicción, te lleva a una razonable respuesta negativa: “No, ¡cómo van a hacer eso también en sus casas!”. Entonces, si no lo hacen en sus propios hogares, ¿por qué cuando salen de ellos se convierten en seres tan indolentes y poco civilizados?
Esa basura que se arroja al medio natural, al parecer tan alegremente por algunos individuos, conlleva una degradación sustancial y recurrente de la salud de los seres vivos, entre los cuales, y aunque a veces parece que se olvida, se encuentra el ser humano. Esa basura libera sustancias tóxicas que acaban extendiéndose por el suelo, el agua y el aire, y que por tanto llegan inevitablemente a personas, animales y plantas.
Pero si este razonamiento no resulta lo suficientemente convincente, probemos con el criterio estético. Esos restos que quedan abandonados degradan, devalúan y afean sobremanera los paisajes naturales. Teniendo en cuenta que en esta sociedad con demasiada frecuencia se valora y admira más el continente que el contenido, la perspectiva estética debiera servir como argumento suficiente y definitivo para no dejar por ahí desperdigados los residuos que no queremos. Si no lo hacemos por los problemas de salud que la contaminación por basura nos puede acarrear, hagámoslo al menos porque esos desechos quedan muy, pero que muy feos allí donde se depositen.
Susana Aguilera.

