La tarde del 6 de diciembre en Almedinilla tuvo algo de ritual comunitario. El público —familias completas, niños inquietos, abuelos curiosos— fue llenando poco a poco la Casa de la Cultura, sin saber del todo que estaba a punto de adentrarse en una selva hecha de luz, música y delicadeza. Cuando Festuc Teatre levantó el telón para presentar Yo, Tarzane, el murmullo se hizo silencio, como si todos hubieran decidido escuchar de verdad.
La obra, inspirada libremente en el universo de Tarzán, se presentó aquí con un giro inesperado: la protagonista es una niña humana que crece entre gorilas, convencida de ser una más. Esa premisa, que podría parecer sencilla, se volvió profundamente emotiva gracias al trabajo minucioso de la compañía, que combina títeres, objetos y una puesta en escena cálida y envolvente. Los más pequeños seguían la historia con los ojos muy abiertos; los adultos, entre sonrisas y respiraciones contenidas, parecían reconocerse en los conflictos silenciosos de la protagonista.
En escena se dibujaba un relato lleno de ternura, pero también de preguntas necesarias: ¿qué significa pertenecer?, ¿de qué está hecha una familia?, ¿cómo aceptamos aquello que nos hace diferentes? A través de gestos y miradas, casi más que palabras, la obra recordaba que el hogar puede ser un lugar físico, pero también un abrazo, un recuerdo, una elección. La figura maternal del gorila que adopta a Tarzane provocó más de un suspiro entre el público adulto, mientras los niños asimilaban ese concepto tan simple y tan complicado: que amar es también dejar ser.
Se notaba la experiencia de Festuc Teatre en cada transición, en cada movimiento delicado de los títeres y en la música que acompañaba los momentos clave como si fuera otro personaje. La jungla que crearon sobre el escenario era simbólica, pero bastaba para que todos nos sintiéramos dentro: un paisaje que invitaba a mirar hacia dentro, más que hacia fuera.
El público respondió con risas espontáneas, con silencios atentos y, al finalizar, con un aplauso largo, sincero, de esos que no surgen solo por costumbre. Era evidente que la obra había calado. Los niños salieron comentando escenas, imitando movimientos y haciendo preguntas; los mayores lo hicieron con la sensación de haber asistido a algo más que un espectáculo infantil. Habían recibido, igual que los pequeños, una lección de empatía, de identidad y de respeto por lo diferente.
La visita de Yo, Tarzane a Almedinilla fue, en definitiva, un encuentro entre arte y comunidad. Una tarde en la que la selva se volvió espejo y en la que todos —pequeños y grandes— salieron un poco más conscientes de que crecer también es aprender a aceptar lo que somos y lo que son los demás. Un recordatorio de que el teatro, cuando se hace con sensibilidad y verdad, es capaz de enseñar sin sermonear y de emocionar sin esfuerzo.

