La tarde del pasado sábado en Almedinilla quedará grabada en la memoria de los aficionados como una de esas citas que justifican toda una temporada. En el ruedo, Manuel Domínguez, joven novillero de Mairena del Alcor, se presentaba ante su pueblo materno. Desde el primer lance dejó claro que lleva el toreo en la cabeza, y lo que es más importante: en el alma.
Su faena fue una mezcla de temple, verdad y gusto. Tandas largas, de mano baja, cargadas de sentido y armonía. Los naturales surgían limpios, ligados, hondos. El novillo, noble y con clase, encontró en Manuel un torero que lo entendió desde la entrega y la inspiración. Tanto fue así que el propio maestro Ruiz Miguel, presente en el callejón, no dudó en afirmar que Domínguez “tiene cosas de genio”, reconociendo en él esa difícil mezcla de inteligencia torera y sentimiento.
El público, entregado, vivió la faena en pie, ovacionando cada muletazo con pasión, conscientes de estar presenciando algo muy por encima de lo habitual. El epílogo con la espada pudo coronar la obra con un rabo, pero un pinchazo previo al estoconazo certero le privó del máximo trofeo. Aun así, las dos orejas fueron de clamor, y Manuel salió por la puerta grande entre vítores, pañuelos al viento y la sensación general de que lo mejor de este torero está por venir.
Almedinilla se rindió a su arte, y los que allí estuvieron podrán decir con orgullo: “Yo vi a Manuel Domínguez bordar el toreo”.
J.A.

