El pasado viernes 9 de mayo, Almedinilla se vistió de gala para celebrar lo que fue mucho más que una simple representación teatral. La Casa de la Cultura, con su aforo completo y las entradas agotadas en apenas tres días, se convirtió en un templo del arte escénico donde la risa, la pasión y el esfuerzo compartido llenaron cada rincón.
La compañía Teatrados, de la mano de su taller de teatro que durante meses ha unido a actores aficionados de Almedinilla, Priego de Córdoba y Carcabuey, nos regaló una velada que permanecerá en la memoria de todos los presentes.
El público acudió con la expectación de revivir la comicidad de Plauto, pero lo que encontró fue algo aún más profundo: un encuentro sincero entre el teatro clásico y las emociones contemporáneas.
Un delicioso “mix” de sus comedias que, bajo la sabia dirección y dramaturgia de Manuel Márquez, cobró vida con una frescura y cercanía que traspasaba la escena. La producción impecable de Teatrados se notaba en cada detalle, desde la cuidada iluminación y sonido a cargo de Sergio Cruz, hasta el brillante vestuario y escenografía diseñado por Clara Cid, que transportaban al espectador a un mundo donde el ingenio y la picardía plautinas se daban la mano con la entrega de un elenco entusiasta.
Sobre las tablas, un reparto coral de catorce actores que hicieron vibrar el escenario: Rafa Gutiérrez, Silvia Pérez-Marín, Lali Aguilera, Luigi Sevillano, Rocío Aguilera, Jose Rodríguez, Mª Carmen Yébenes, Emilio Rodríguez, Ángeles Pulido, Esther Luque, Gracia Pedrosa, Carmen Poyato, Eider Martínez y Mónica Ortiz. Cada uno de ellos, con su impronta única, supo conectar con el público, haciendo que las carcajadas se mezclaran con la admiración por la entrega y la complicidad que solo se consigue tras meses de trabajo compartido.
Fue una noche de celebración, pero también de agradecimiento: al teatro como arte que une pueblos y generaciones, y a Teatrados por haber guiado con mimo y rigor a este grupo de soñadores que, pese a ser aficionados, demostraron que cuando hay pasión y compromiso, la frontera entre lo amateur y lo profesional se difumina hasta desaparecer.
Al final de la función, el aplauso cerrado, largo y sentido, no solo premió la calidad del espectáculo. Aplaudimos también la valentía de subirse a un escenario, la generosidad de compartir el fruto de tantas horas de ensayo, y la certeza de que en cada rincón de nuestras comarcas late un amor incondicional por el teatro.
Aquella noche, en Almedinilla, el espíritu de Plauto sonrió. Y nosotros con él.






