Un día, dando por sentado todo lo que nos rodea, se apaga la luz.
Te ves cenando con velas y duchándote con agua fría.
Y, en ese ir y venir de necesidades básicas, o no tan básicas, aparece en mi cabeza el transistor que no dejaba de sonar, tanto en casa de mis padres, como en casa de mis tíos.
El transistor acompañaba desde bien temprano a mi madre, de hecho, era la forma que tenía de encontrarme con ella cuando despertaba por la mañana. Al abrir el ojo, si quería saber en qué zona de casa estaba, seguía el sonido de RNE y allí estaba ella, preparando el desayuno, con su mejor sonrisa.
«Niña, han dicho en la radio…»
Pero es que el transistor era también el único sonido que se escuchaba, en la lejanía, por las noches. A mi madre le ayudaba a conciliar el sueño, o eso me decía, y se acostaba escuchando las noticias de todas las horas de la madrugada, colocado bajo su almohada.
Recuerdo ahora también las siestas de mi tío Cristóbal cuando disfrutaba de parte del verano con él y mi tía Cande, en Marbella o en Cádiz. Mi tío tenía la costumbre, cada día, de irse a dormir la siesta a la cama, solo si era verano, acompañado de un café solo, de un cigarro y de su transistor.
Objetos perdidos, aparentemente ya en desuso, que han vuelto a mi memoria y que he localizado físicamente hace unos días.
Justamente pensé el día que lo encontré en la suerte que tenía de conservar el transistor de mi tía Cande y en que debía recuperarlo de vez en cuando.
Curiosa casualidad para devolverme a algunos de los mejores recuerdos de mi vida y que la noche pasada me acompañó, en medio de un apagón generalizado, para extrapolarme a algunas de las mejores vivencias que tengo de cuando era demasiado pequeña para entender la importancia de la radio y de una voz que te acompañe al otro lado del transistor.
Por Mª Ángeles Rodríguez

