Como nos dice Rafael Álvarez, el Brujo: “La palabra ya existía en un principio. Y todo cuanto existe, existió en y por la palabra, y en ella había vida y luz. Las palabras…dulces andrajos de un linaje de príncipes”.
Hasta ahora son pocas las palabras que en Almedinilla nos hablan de linajes antiguos.
Ya sea por lo poco corriente que antaño era la escritura entre el común de las gentes, ya sea porque el soporte en donde se escribió ha desaparecido (pergaminos, papiros, arcillas, maderas, ceras…) o bien porque aún no ha habido la suerte de encontrar algún rastro arqueológico, lo cierto es que (a la espera de un grafito ibérico que nos hable de esa lengua no indoeuropea empleada por los moradores del Cerro de la Cruz) las primeras palabras que tenemos recogidas son letras, abreviaturas en latín de una ofrenda posiblemente a las ninfas (las diosas de aguas y fuentes, ríos y mares) encontradas incisas sobre los restos cerámicos de una lucerna romana.
La inscripción de la lucerna se interpretó muy posiblemente (según A. Stilow y H. Gimeno) como: V (otum) s (olvit) N (ymphis) Ol (…), es decir: He cumplido mis Votos con la Ninfa Ol…(una ninfa local).
Apareció junto al exvoto en forma de piernecita de terracota y a la cabecita de la diosa Minerva: un posible depósito votivo relacionado con el ninfeo y el culto a las Ninfas (o en agradecimiento por haber llevado el agua de la surgencia al ninfeo que preside la Sala del Triclinium de la villa romana de El Ruedo, incluso en agradecimiento a una curación). Todo ello en una fecha que la moneda encontrada en el mismo depósito votivo proclama: una moneda del emperador Probo, de finales del siglo III.
Y del latín pasamos al árabe. Dentro de la revisión de materiales del Cerro de la Cruz exhumados durante las excavaciones de 1987-89, que lleva a cabo Manuel Abelleira, se encontró un graffiti sobre una cerámica de época emiral (siglo VIII-IX) que debe corresponder al nombre del alfarero y/o propietario de esta orza.
El graffiti se grabó estando la arcilla fresca, antes de cocerse la pieza, y en él se lee el nombre de Musa (Moisés), comprobado por Rafael Carmona y Virgilio Martínez Enamorado.
Mûsâ موسا, nombre propio, pero escrito de manera menos convencional. La convencional sería Mûsà موسى. (en todo caso, es forma admitida).
Y del árabe nos vamos al castellano antiguo, el del siglo XVII, con la inscripción en sillar de piedra encontrada por los hermanos Rey Ruíz (y donada al Museo) que muy posiblemente haga referencia a cuándo se construyó el azud o presa que derivaba el agua del río Caicena al caz o acequía que trasladaba la fuerza del agua al molino de harina de Las Clarisas.
Depositada en una finca de los hermanos por el Caicena en la última de sus riadas, intentamos descifrar esas letras apelotonadas. Al poco empezaron a emerger las letras alborotadas en un castellano antiguo muy dado a utilizar la letra «Y»: SE YZO ESTA O- BRA SYENDO -COMYSYONADO – D. MYGUEL (BEN)
No es seguro que sea BEN el apellido (hay que limpiar mejor esa zona). El sillar está rematado en la parte superior con media caña y en uno de los laterales con un resalte, seguramente para engarzarlo en la obra.
La piedra es travertino (posiblemente de Las LLanás) y es posible que fuera parte del azud o de uno de los molinos de harina más antiguos, como decimos el de Las Clarisas. O, tal vez (a sugerencia de Rafael Rey Ruíz) fuera parte de un puente (al asociar el remate del sillar con otros remates que habitualmente se asocian a puentes) que no habría sido otro que el antiguo y anterior al actual que asoma bajo la vivienda de Aparicio y que salvaría el rio por la parte más angosta.
Son pocas las palabras de Almedinilla que nos preceden por ahora, pero suficientes para indicarnos cómo la vida y la luz se abren paso con el lenguaje.
I. Muñiz Jaén



