El día 9 de enero de 2023 falleció mi amigo José Adolfo García Roldán. Con motivo de su funeral, nos dimos cita todos sus familiares y amigos y, entre ellos, Pedro Carrillo Rodríguez y Manolo Carrillo Castillo. En aquellos tristes momentos nos unió el dolor por la pérdida de un compañero al que apreciábamos, y recordamos algunos de los buenos momentos que, en circunstancias distintas, habíamos compartido. No podía imaginar, siquiera, que apenas siete meses después, concretamente, el 4 de agosto, nos dejaría también Pedro y que ahora, el 2 de enero pasado, sería Manolo quien dejaría de sufrir, después de una cruel enfermedad. En un año, he perdido a tres amigos, a tres grandes personas con las que viví experiencias de diversa índole, con matices distintos, pero con una nota en común: en momentos importantes de nuestras respectivas trayectorias vitales, nos unió el más claro y sincero compromiso social, no sólo por nuestra profesión de docentes, sino también por la implicación en la política local, trabajando por el progreso de Priego, en el caso de Pedro, José Adolfo y yo mismo, y de la querida localidad vecina de Almedinilla, en el de Manolo.
Hace unos meses, con motivo de las elecciones municipales, recordaba algunos momentos vividos con Pedro y rememoraba la importancia que tuvo su llamada a integrarme en la candidatura andalucista que se presentaría en Priego, allá por el año 1987. Desde el primer momento, vi en él una persona íntegra, honesta y dispuesta a poner al servicio de los intereses generales no sólo su empeño más decidido, sino también su propio tiempo, quitándoselo a su descanso y hasta a su familia. Recuerdo, perfectamente, la ilusión con que asumió la Secretaría Provincial del Partido Andalucista y cómo se recorría la provincia entera llevando nuestro ideal a todos y cada uno de sus pueblos, sin obtener, a cambio, retribución
económica alguna; eso sí… se granjeó el aprecio y el respeto de muchísimos compañeros y compañeras que valoraban, como hacíamos los más cercanos a él, su capacidad de sacrificio, la convicción de sus ideas y, por encima de todo, su capacidad de diálogo, sus amabilidad, su bonhomía. En aquellos tiempos, ya lejanos, fue la actividad política lo que nos mantuvo unidos; sin embargo, por esas casualidades que, a veces, pone el destino en nuestra vida, me convertí en socio de su incipiente Club de Tenis, una iniciativa que, de principio, podía parecer una aventura con poco futuro pero que, con el paso de los años, se fue convirtiendo en una espléndida realidad. Mi familia toda disfrutamos de clases de tenis, de jornadas de baño y veladas al fresco en los días calurosos del estío en un ambiente acogedor, siempre con la presencia de Pedro, que lo mismo nos ponía un refresco que nos apuntaba una reserva de pista, y que no escatimaba esfuerzos para que todos los que pasábamos por allí nos sintiéramos como en casa. A pesar de las dificultades de aquellos comienzos, nunca le faltó una sonrisa y, una vez más, se puso de manifiesto su enorme capacidad de trabajo y sacrificio. Sin descuidar, por supuesto, su profesión de maestro, en la que fue siempre reconocido, respetado y apreciado.
Recuerdo, con especial nostalgia y emoción, algunos de los encuentros que los compañeros y compañeras andalucistas celebramos en sus instalaciones y, sobre todo, sus lágrimas cuando conseguimos alcanzar el gobierno municipal en 2003: su abrazo y sus cariñosas palabras, de ánimo y reconocimiento, permanecen inalterables en mi memoria. En aquellos años, y también antes y después, siendo yo concejal, me llamaba para estar presente en la entrega de trofeos del torneo veraniego y nuestros reencuentros siempre tenían algo en común: un abrazo de esos con que los amigos de verdad estrechan algo más que sus brazos. Por eso, a pesar de que fue transcurriendo el tiempo y fuimos teniendo menos contacto por las distintas ocupaciones de cada uno, esa amistad, ese cariño mutuo, nunca desaparecieron. Aprecio a su mujer, Aurori, a sus hijos Pedro, José Manuel, Rafi y Francis y veo en ellos la afabilidad y el espíritu de superación que les ha hecho conseguir metas personales y, también, continuar el legado de su padre en su reconocido Club.
En cuanto a Manolo Carrillo… su pérdida también me ha llevado a recordar avatares de esos que, vistos con la perspectiva del tiempo transcurrido, ponen en valor lo que se consiguió en un momento dado, cambiando el devenir de un pueblo entero. Y es que corría el año 1991 y, por circunstancias familiares, nos habíamos ido a vivir a Fuente Grande, pedanía de Almedinilla. En las elecciones municipales de aquel año, a instancias de Manolo, decidimos presentar una candidatura andalucista en esa localidad, con la intención de sacarla del inmovilismo en que se hallaba inmersa. A la vista de los resultados que se produjeron en los comicios, y como consecuencia de intensas conversaciones y no pocas tensiones, a
finales de ese año se llevó a cabo una moción por la cual se cambió el gobierno municipal, otorgando la alcaldía a Antonio Pulido, que había encabezado la candidatura del PSOE, y entrando Manolo en el equipo de gobierno. El carisma de Antonio, su personal forma de ver y entender la política, y su visión de futuro, harían de él un gran alcalde y un personaje de vital importancia para entender lo que ha sido el desarrollo de su pueblo. Su inesperado fallecimiento no hizo sino agrandar su figura y su legado, recordados para siempre. Y allí estuvo y siguió Manolo Carrillo, haciendo lo que más le gustaba: trabajar por su pueblo. Con una extensa formación académica (maestro, licenciado en Psicopedagogía y doctor en
Ciencias de la Educación) y una dilatada y brillante carrera profesional (maestro, orientador, director de centros educativos y del CEP), ha estado en la vanguardia del desarrollo social y cultural de Almedinilla hasta el fin de sus días, publicando libros y artículos y editando el periódico local La Fuentezuela, desde 1989. También ha sido juez de paz y, recientemente, había sido nombrado académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes de Córdoba. Para Paqui, su esposa, y Manolo y Carmen, sus hijos, ha sido una gran pérdida, desde luego; pero a todos nos ha dejado, en fin, una persona íntegra y cabal, comprometida con valores éticos y sociales, que tanta falta hacen en estos tiempos, y, para mí, como decía antes, un amigo al que recordaré, también, por su carácter jovial y esa sonrisa, inteligente y pícara al tiempo, con la que nos gustaba comentar cualquier asunto que nos ocupara.
Se nos han ido, tristemente, personas de esas que son difícilmente reemplazables, no sólo por sus aportaciones al acervo común, sino también por sus valores personales.
¡Que la tierra os sea leve!
Juan Carlos Pérez Cabello

