Rafael Requerey Ballesteros /Cronista de Almedinilla (*)
Llegó corriendo, el alma se le salía por la boca. Traía la respiración entrecortada y las manos temblorosas. Jadeante, se dejó caer en el sillón del abuelo y adoptó una postura fetal. Los cabellos, erizados, se desparramaban por su lívida cara y la voz no le salía del cuerpo. Hizo un supremo esfuerzo y consiguió proferir un aullido ininteligible. Los ojos, almendrados de almíbar, se habían vuelto sobre las órbitas. Estaba a punto de que le diera un síncope.

Te tengo dicho que no hagas caso de esas historias de fantasmas y encantamientos. Lejana, como el eco, le pareció que venía la voz. Aterrado como estaba no conseguía desembotar los sentidos. La cabeza le iba a estallar en mil pedazos. Las sienes le palpitaban y un golpe de febril
demencia le vino de improviso.
-¡No, a mí, no!
Manoteaba, gimoteaba y se rebullía con rabia. Desquiciado por el miedo, se levantó y lanzó un feroz zarpazo contra el imaginario enemigo. Se sintió fuertemente asido por los hombros y notó que se le escapaban las fuerzas.
-Tranquilízate, Andrés. No hay nada. Estás delirando. Ya pasó todo.

El hombre lo tomó en sus brazos y, con una ternura exquisita, lo depositó en el lecho. Le secó el sudor frío con el dobladillo de la camisa y lo incorporó, sujetándolo contra su pecho. El calor humano surtió efecto y Andresillo comenzó a recobrar el aliento. En la alcoba del cortijo, bajo el amparo y la
protección del abuelo, el nieto se reponía del susto.
-Mira, te voy a contar un cuento. Esto era una vez un gato con los pies de trapo y la cabeza al revés.
¿Quieres que te lo cuente otra vez?
Mientras recitaba la letanía reiteradamente, Guzmán iba haciéndole carantoñas y arrumacos. No necesitó mucho tiempo. Andresillo, siempre vivaz e inquieto, a sus nueve años, conocía sabiamente todos los entresijos de aquellas tierras serranas. Alentado por ese espíritu pueril, respondió pronto a sus demandas. Nieto y abuelo terminaron revolcándose por la cama, ensalzados en una riña festiva de cosquilleos y abrazos.
-Abuelo.
-Dime, hijo.
-Dice Montes, el niño del mulero, que “ La Encantá “ se aparece en la Veguilla todas las noches de luna llena. No vayas a negármelo. Mercedes, su abuela, lo afirma y cuenta que se lleva con ella al fondo de la cueva del río Caicena a todos los que se paran a escuchar sus hermosos cantos de sirena. Guzmán, el manijero de la dehesa Las Navas, se calla súbitamente. Deja, intencionadamente, pasar el tiempo. No dice nada. Se levanta y camina hacia la sala. Se sienta en el sillón que hay junto a la chimenea y, reposadamente, lía un cigarrillo. Andrés echa de menos la respuesta del abuelo y lo sigue hasta el aposento.
-¿Ves como tengo razón? ¿ A que tú también conoces la historia? Mercedes me ha contado que ella y tú, cuando erais niños, nunca pasabais por el lugar. Y si teníais que hacerlo forzosamente, os tapabais los oídos para no escuchar los embrujados cánticos y corríais con todas vuestras fuerzas.

Los ojos de Guzmán comenzaron a abrirse como puertas de par en par. El pitillo humeaba melancólico entre los labios. Las volutas se escapaban entre un océano de calma chicha. Se le vinieron encima los recuerdos de la infancia. Una infancia plena de vivencias, llena de gozos y de sombras. Sombras siempre marcadas por la presencia del embrujo de “La Encantá”.
En el aturdimiento se vio transportado al mundo del ayer. Allí estaba él, con Mercedes, una niña de preciosos cabellos negros y ojos aceituna. En las fértiles huertas que baña el río Caicena. En verano, bajo el cobijo del nogal frondoso del tío Mateo. El resto de la chiquillería se entretenía jugando al
lápiz. Mercedes, con natural coquetería femenina, impropia de su edad, llamó la atención del grupo:
-¿A que no sabéis lo que cuenta la gente sobre lo que pasa en la Veguilla?
De inmediato se vio rodeada por todo el grupo, expectante y sabedora de las portentosas dotes que poseía para la narración, la fantasía y la convicción. Comenzó en un tono suave, casi inaudible, para captar la atención:
-Hace muchos años, cuando en estas tierras habitaban los moros, vivía en este lugar una encantadora princesa que estaba enamorada de un apuesto príncipe de la ciudad de Elvira. Prometidos en matrimonio, esperaban contraer nupcias a finales del estío. Así se unirían dos poderosas casas reales conformando un gran reino nazarí con capital en la ciudad de los cármenes y como segunda acrópolis Washqa, lugar de nacimiento de Moraima, la heredera del trono oscense.
Cuando Mercedes tuvo metido en el bolsillo al personal, hizo una pausa larga, dejando interrumpido el relato a propósito. Miró con desdén a sus motivados espectadores y continuó con énfasis:
-Por aquel entonces andaba el rey Fernando III El Santo conquistando territorios musulmanes en la península Ibérica. La joya de todos ellos era Al-Ándalus, ahora dividido en pequeños reinos de taifas.
Vino a poner sitio a Washqa. Transcurría plácida la primavera de 1345. El rey cristiano cercó la medina y cortó los suministros. Ahmed, soberano de aquellos lares, mandó emisarios a Elvira solicitando ayuda para combatir a los infieles cristianos. Las tropas sarracenas, invocando la protección de Alá – el Divino, el Todopoderoso, alabado sea su Nombre – se pusieron rápidamente en camino bajo el mando de Alí, mano derecha del monarca nazarí y prometido de la princesa Moraima.
Mercedes aprovechó la expectación conseguida para tomar aliento, recogerse el cabello con un pasador de madera de olivo tallada y lanzar una nueva mirada retadora a la concurrencia allí reunida.
-Moraima rondaba los quince años. Tenía unos hermosos y largos cabellos rubios que peinaba con gran cuidado y delectación. Los ojos de Moraima, rasgados por reminiscentes soles del desierto sahariano, eran verdes, de una profundidad infinita, como la hoja de parra en el cenit de su vigor.
Poseía una tez blanca, de lechosa apariencia, que le daba un acento centroeuropeo. Había sido educada para colmar al príncipe más exigente. La lectura y la música eran sus aficiones preferidas. Deleitaba a los cortesanos con la interpretación de melodiosas canciones de amor y con el recitado de épicos romances de leyenda. Pasaba horas y horas bordando en hilo de oro una capa para su enamorado. Con primor, iba almohadillando el aterciopelado lino blanco que un día serviría para cubrir los hombros victoriosos de Alí. Estando en estas cuitas fue sorprendida por el acoso de las aguerridas tropas castellanas.
-¿Queréis saber lo que le sucedió a Alí cuando iba camino de Washqa, al frente de sus mesnadas, para defender y rescatar a su bella Moraima y expulsar a las huestes cristianas de territorio musulmán?
–Mercedes sabía perfectamente cómo mantener el interés de sus oyentes. La pregunta le sirvió para continuar con el hilo del relato:
-El rey santo, que sabía del compromiso suscrito por ambos reinos musulmanes de defenderse
mutuamente, envió espías a Elvira. Éstos le llevaron noticias de la ayuda que recibirían los sitiados
por parte de Alí. El astuto rey dispuso una emboscada en el paso de Vizcantar. Las tropas árabes
marchaban confiadas, en la creencia de la ignorancia de los castellanos de su presteza en acudir a la llamada de Ahmed. El desfiladero de Vizcantar fue la tumba de Alí. Cayó por el certero acierto de un ballestero. La flecha le atravesó el corazón. En la misma hora y en el mismo momento, Moraima sintió que se le rompía el suyo.
El sol de media tarde se fue yendo por el horizonte. Era el momento propicio para llegar al clímax. Mercedes, con voz retadora y gesticulando ostentosamente, puso cara de atrevimiento y prosiguió:
-Al enterarse de la muerte de su amado, Moraima cayó en un estado tal de abatimiento que le hizo perder la razón. Como una loca corrió a esconderse en la cueva de la Veguilla, de la que sólo ella conocía su existencia. Su padre, el rey Ahmed, la buscó por todos los rincones de palacio. Al no
encontrarla, la dio por perdida y dejó de tener fe en la victoria. Entregó al rey Fernando la ciudad de Washqa sin oponer resistencia, el 14 de junio de 1345, y se marchó al destierro con sus más leales súbditos, llevando la pesadumbre y la certeza de que no volvería nunca más a ver a su hija.
Guzmán, espoleado por la curiosidad, no pudo evitar la pregunta:

-¿Qué pasó con Moraima, Mercedes?
-La bella princesa se quedó presa para siempre en los abismos rocosos. Abjuró de su dios, Alá, e hizo un pacto con el Diablo. De este modo y manera, Moraima habitaría por los siglos de los siglos la cueva
de la Veguilla. Y, para vengar la muerte del príncipe de sus sueños, se aparece todas las noches de luna llena a los caminantes que osan atravesar aquel paraje. Los cautiva empleando su melosa voz, al
mismo tiempo que se peina su larga y lánguida cabellera rubia. Si te paras a escucharla, caes en sus redes y te lleva a lo más profundo de la caverna. Así será hasta que los moros vuelvan a este lugar y los cristianos le devuelvan a su amado y hermoso príncipe Alí.
-Abuelo, que llevas un buen rato como ausente, despabila, hombre, y contéstame a lo que te he preguntado.
Guzmán se retrepa en el mullido sillón patriarcal y, en aras del imaginativo y recreativo mundo infantil, echando parsimoniosamente, regustando los tiempos pretéritos, la ceniza del cigarrillo con el dedo meñique al hogar, contesta:
– Sí, Andresillo, sí. “ La Encantá” vive en la cueva de la Veguilla.
(*) Primer Premio de Relato Corto de Cañete de las Torres, 1999.

