Su obra «Lunas de invierno» ha sido la ganadora, junto a «Tan poquita cosa», de Encarni Muñoz Serrano (2º premio) y «Cada día flores en su tumba», de María Ángeles Rodríguez Gómez (3º premio).
Manuel Carillo Castillo
Ayer 8 de Marzo, Día Internacional de la Mujer, el jurado de la octava edición del Certamen Literario «Universo de cartas de amor y/o desamor», organizado por la Biblioteca Pública y la Concejalía del Ayuntamiento de Almedinilla, emitía el fallo de las obras premiadas, siendo éste el siguiente:
Primer premio: «Lunas de invierno» (seudónimo Leuman), de José Manuel Muñoz Serrano.
Segundo premio: «Tan poquita cosa» (Seudónimo Selene), de Encarnación Muñoz Serrano.
Tercer premio: Cada día flores en su tumba» (Seudónimo Livna), de María Ángeles Rodríguez Gómez.
El texto de la obra ganadora es el que sigue:

Lunas de invierno
A ti, Alberto, que aún te sigues escondiendo entre mis recuerdos, me hallarás en estas «Lunas de invierno». Con cariño, Cristina Plaza.
«Querida Cristina:
No sé cómo empezar esta carta; ni siquiera sé si merecerá la pena entregártela algún día. Tal vez son los sentimientos que me abruman los que me impulsan a escribirla mientras estoy solo en casa y parece que se me cae encima en esta interminable madrugada.
Quise mantenerme invisible, pasar desapercibido, y me salió mal la jugada. Me reconociste sin ápice de duda, sentado entre los numerosos asistentes a la presentación de tu primera novela, a pesar de los años transcurridos y de que dejé de ser hace mucho tiempo aquel chavalito de aspecto escuchimizado. He ido sabiendo cada vez más de ti, parapetado tras el anonimato que me confiere la maraña de las redes sociales, y de manera esporádica, antes de que la tecnología se nos hiciera cotidiana, a través de la radio y en algunos recortes culturales de prensa, en los que además de dedicar una página a tus éxitos de galerista de arte, incluían sucintas líneas para abordar tus escarceos amorosos. Todas tus parejas eran hombres atléticos y atractivos (invariables antítesis mías) como se percibía en las fotos en las que posaban contigo y que condimentaban cada noticia. Sin embargo, desde que comenzaste a publicar tus primeros libros de relatos -algo pretenciosos, perdona que te lo diga, en los que no logré hallar ni una sola mención a lo que llegamos a sentir el uno por el otro-, como si de una estrategia de marketing digital se tratara, en las pantallas apareces siempre acompañada por el mismo tipo, un arquitecto de moda con sonrisa de dentífrico, en las lujosas estancias de las que presupongo será tu cálido hogar.
Por ti parecen no pasar los años: continúas mostrando esa imagen de eterna adolescente rebelde que me sedujo cuando nos conocimos y la pícara mirada bailarina de tus ojos aguamarina. Hasta encuentro al escucharte leyendo pasajes de tu nueva obra (que por fin te ha abierto las puertas del Olimpo de los escritores auspiciados por el premio más codiciado), cómo se mantiene intacta la cadencia de tu voz, grave y a la vez susurrante. He de confesarte que me he sentido desnudo, vulnerable, tal y como sucedió en el momento exacto en el que nos presentaron en aquel ruidoso bar, ante cada pasaje de las “Lunas de invierno” que han esbozado tus labios.
Escucha, Alberto, que se ha incorporado a las tertulias Cristina; anda, ve poniéndola al día de los puntos que vamos a abordar, mientras pedimos unas birras, escuché entonces como en sordina.
Qué lejos ha quedado aquella lejana época universitaria en los que nos enamoramos. En realidad, hasta hoy mismo, y me doy cuenta de cuán equivocado estuve, presuponía que lo que sentíamos el uno por el otro no era ese amor profundo que trastoca y deja todo puesto del revés, sino el vínculo creado por los apasionados momentos que compartimos, fruto de la inconsciencia y la ingenuidad de la juventud. No nos llamábamos por teléfono durante los períodos no lectivos, en los que cada uno se quedaba en su respectivo pueblo, y cómo no, tampoco nos carteábamos. Es más, no recuerdo que intercambiáramos nuestras direcciones postales; los teléfonos en cambio sí para estar localizables. Cuando se reanudaban las clases solíamos quedar con los amigos que teníamos en común, que nos indicaban dónde se irían celebrando las siguientes asambleas a las que acudíamos sin falta durante los primeros años universitarios, con el aire rutilante de esos estudiantes inconformistas que mostraban por antonomasia su desacuerdo por el sistema, inflamando consignas utópicas que incitaban a querer cambiar el mundo que les rodeaba. Quizá albergamos demasiados pájaros en la cabeza y la llegada de una madurez que caminaba zigzagueante nos fue separando poco a poco. Bueno, he de argüir que fui yo quien decidió cortar de raíz con las amistades politizadas y contigo, así sin más, sin darte explicaciones. Cuando quise darme cuenta de que mi vida se iba volatilizando en la desidia, en ese no querer seguir escuchando a mis padres quejándose de las malas notas y de mi nulo rendimiento, de la noche a la mañana dejé de frecuentar las reuniones, por el mero hecho de no quedar después en tu piso o en el mío, solos tú y yo, entrelazados en las sábanas, dejando pasar con indolencia las horas del fin de semana sin salir a la calle.
Nos volvimos a ver poco más adelante de forma casual, tú incapaz de disimular la sorpresa que te produjo tropezarte conmigo y yo, por el contrario, atrincherado en una frialdad impostada.
Cuánto tiempo, ¿cómo te va, Alberto? Y yo te respondí con monosílabos y frases deslavazadas, y te devolví la pregunta, con la rapidez de un jugador de tenis manejando la raqueta. Tú quisiste continuar charlando, que te pusiera al corriente del porqué de mi ausencia, pero yo en cambio me mostré distante, avergonzado, como si quisiera esfumar con un chasquido de dedos mi vestimenta de chico de misa dominical, con los mocasines lustrosos, el jersey de lana virgen anudado al cuello con desenvoltura, la impoluta camisa de marca, el cinturón de piel de vacuno y el pantalón de corte clásico. Ese aburguesamiento capitalista del que huíamos y que tú más tarde abrazaste cuando te fue sobreviniendo la fama lo fuimos introduciendo en nuestras respectivas vidas.
A los pocos meses de no saber ya nada de ti, conocí a quien se convertiría en mi futura esposa, con la que desde hace tres años solo proyectamos el mísero envoltorio del típico matrimonio feliz con hijo mimado, buenos amigos de sus vecinos de urbanización en la sierra.
Cómo os envidio, Alberto, me decía mi madre, cuánto me alegro de que conocieras a Laura, que dejaras atrás a esa chica que nunca me quisiste presentar, pero por la que perdiste varios cursos de Ingeniería. Mis padres, mis tíos, mis primos, todos orquestaban mi existencia y yo para ellos era el violín que deseaban escuchar en el concierto de mi cotidianidad.
En tus “Lunas de invierno” nos vemos reflejados, con otros nombres, y otras ciudades, pero con el espíritu luchador que manifestábamos, con lo que sentías por mí y cómo yo no supe corresponderte…
Busqué en Laura a una chica bien, que físicamente se pareciera a ti, y una estabilidad para el día de mañana. Ambos conseguimos unos buenos empleos: ella como abogada laboralista y yo como ingeniero agrónomo; nuestro hijo Borja saca buenas notas en la facultad, aunque se mantiene distante de nosotros, como yo de Laura y ella de mí. Somos tres islas compartiendo una mansión con piscina y jardín de setos cuidados; mantenemos la apariencia de llevarnos bien, de ser ejemplarizantes, pero nos vestimos cada mañana con la coraza de la indiferencia. Por eso, cuando me di cuenta de que éramos más falsos que un anuncio televisivo, quise saber de ti. Al principio fue el azar. Las páginas de tendencias de un semanal, la sección de arte de un periódico, una fugaz mención radiofónica… y tu nombre iluminando el tedio de mis días. Cristina Plaza expone una sorprendente colección de fotografías de mujeres artistas latinoamericanas; Cristina Plaza consigue una distinción honorífica en la Universidad de la Sorbona y nos trae la belleza plástica del arte hiperrealista; Cristina Plaza publica su primer libro de relatos y demuestra su versatilidad en el ámbito de las letras… Y tu nombre, Cristina, volvía a llamarme, a gritarme para que despertara del letargo en el que me hallaba sumido, y visitaba las librerías para comprar tus libros, y pasaba de largo por tu galería de arte sin atreverme a entrar, y me tentaba solicitar tu amistad en Facebook…
Pensé no adquirir tu novela en este acto con tanto boato para que no me la dedicaras, pero cuando te diste cuenta de mi presencia, nada más comenzar a disertar de manera distendida sobre la importancia del galardón en tu vida, y tus palabras parecían ir destinadas en exclusiva a mí, decidí que necesitaba acercarme a ti para que me la firmaras.
A ti, Alberto, que aún te sigues escondiendo entre mis recuerdos…
Me escondo, Cristina, siempre lo he hecho. El caparazón que me protege es el de una tortuga centenaria, duro como una piedra. Soy un cobarde y tengo miedo a perder la falsa piel con la que me cubro para ser un hombre anodino. No he conseguido olvidarte por más que lo he intentado. Me he dejado guiar por los demás y he procurado ponerme una venda en los ojos para vivir de manera holgada sacrificando mi propia felicidad. No me importa si Laura ya no se acuesta conmigo, si Borja no me habla apenas porque yo no le aporto nada.
… Me hallarás en estas Lunas de invierno.
No sabes cuánto me gustaría compartir esas lunas contigo, dejar de una vez de reprimir lo que siento cuando sé algo de ti. He estado tentado de quedarme al ágape, de conversar contigo, de intercambiar impresiones, de decirte que leí tus anteriores libros, que sé de tus éxitos, pero no pude. Eres la protagonista de la velada, los fotógrafos y el público lector te rinden pleitesía. Tu hija te acompaña, es igualita a tu marido y ambos me sonríen henchidos de orgullo. Yo fuerzo la sonrisa mientras les doy la enhorabuena, tras expresarte mis felicitaciones.
Te debo un café y mil explicaciones sazonadas de disculpas. Te debo una tarde entera para desgranar estos veintiocho años de añoranzas. Sí, me lo debo a mí mismo y te lo debo a ti, Cristina. También deseo que me leas en estas frases atropelladas, que sepas que no te he olvidado, que necesito continuar escondiéndome entre tus recuerdos para no naufragar en mi soledad.
No tienes ni idea de cuánto ansío que llegue ese instante…
Por todo aquello que nos unió, con todo el afecto del mundo,
Alberto Sanabria».
