La celebración de la Eucaristía, la ofrenda floral, la imposición de medallas a los nuevos cofrades, la colocación de una rosa de pasión en las manos de la Virgen y la verbena popular fueron los actos más destacados
Manuel Carrillo Castillo
Ayer, 15 de septiembre, un día después de la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, la Hermandad de la Virgen de los Dolores de Almedinilla celebraba la advocación de su titular con las medidas pertinentes de control sanitario por el Covid-19.
Es una efeméride festiva que la Iglesia la oficiaría a los inicios del siglo XIX día que quedaría oficializada a inicios del siglo XIX (1814) por el Papa Pío VII, al concederle el rango de fiesta. En Almedinilla, desde finales del siglo XX, la Hermandad ha ido introduciendo varias modificaciones como la imposición de medallas a los nuevos cofrades, ofrenda floral y la verbena.

A las 20:00 horas comenzaba la celebración Eucarística, presidida por el párroco David Ortiz García que invitó a los asistentes a reflexionar en torno al misterio del dolor que unió las vidas de Jesús y María para la redención del género humano, recalcando que el dolor está presente en nuestras vidas y que por muy grande que sea nuestro dolor siempre habrán otras personas que están padeciendo dolores más graves, mencionando en varios momentos de su mensaje el título de la canción “No me llames Dolores, llámame Lola”, como una forma de vivir en medio del dolor y “tener una cohesión de la fe unida a la alegría”.

También intervinieron varios miembros de las tres hermandades almedinillenses en las lecturas, salmos responsoriales y peticiones, junto al Hermano Mayor de la Hermandad, Manuel Escobar Hinojosa, que daba las gracias al Consiliario de la Hermandad por el regalo de la rosa de pasión a la Virgen, con motivo de su 25 aniversario de la celebración de su primera misa, y a la autora Carmen Cuenca Villalba por acompañarnos en la eucaristía y a la que felicitaba por el gran trabajo realizado en esmalte al fuego sobre metal.

Sería la autora de la joya la que hizo entrega de la rosa al Hermano Mayor para que la colocara en manos de la Virgen, visualizando “el sentido de que estamos en sus manos”, según explicaba el autor del obsequio, después del atronador aplauso de los asistentes.
Antes de entrar en el ofertorio, se procedía a la tradicional imposición de medallas y a la ofrenda floral y una vez finalizada la misa tenía lugar la verbena en la plaza de la iglesia donde los asistentes compartieron la degustación de platos típicos de la gastronomía y repostería local.


