Miguel Ángel Santos Guerra
¿Cuándo nos convenceremos de que nos necesitamos unos a otros, de que el mal del prójimo puede ser nuestro mal, de que solo podemos salir adelante si nos ayudamos? En la crisis provocada por el Covid-19 estamos viendo que un descuido mío puede provocar el contagio de otras personas y que una falta de preocupación del prójimo puede llevarme fatalmente a la muerte. Nos necesitamos. Podemos comprobar más fácilmente que nunca que sin la ayuda ajena estamos condenados sin remedio al desastre. Necesitamos la cooperación, la solidaridad, la ayuda mutua. Para no contagiarnos y para curarnos. Para salir a flote.
Acabo de leer la novela “La estrategia del cocodrilo”, de Katrine Enberg, afamada bailarina y coreógrafa antes de dedicarse a la escritura. Esta es su primera novela. Se trata de una trama policíaca en la que, desde la primera página, aparece una joven muerta de forma truculenta y enigmática.
Confieso que me decidió a comprar el libro el título de la novela, ya que no conocía a la autora. ¿Cuál es la estrategia del cocodrilo?, pensé. Nunca había leído ni sabido nada al respecto. Y hasta la página 304 seguí sin saber nada. Estaba a la vez sorprendido e intrigado. ¿Por qué ese título para el libro si todavía no ha dicho ni media palabra sobre el cocodrilo a falta de 50 páginas para llegar al final?
Pues bien, en la página 304 un sospechoso de los asesinatos se refiere a un colaborador como uno de sus pluviales. Tampoco sabía nada de ellos. Y una policía, en la página siguiente, pegunta a un compañero si sabe qué aves son esas. Y es entonces cuando recibe la explicación. Los pájaros pluviales comen el alimento que encuentran en la boca de los cocodrilos y, al mismo tiempo, les limpian los dientes.
El pluvial es un ave de la familia Pluvianidae que vive en África. Sus áreas son zonas húmedas como ríos y charcas y los podemos encontrar en casi todos los países africanos menos en el sur y algunos del norte. Incluso durante mucho tiempo lo pudimos ver en Canarias, pero ahora está extinto en estas islas. Está bastante extendido en Egipto.
Lo curioso deeste pequeño pájaro es que es el dentista de un gran y peligroso animal: el cocodrilo. Y ¿cómo se puede ser el odontólogo de este reptil? Sencillo: este pájaro se sitúa en la boca del cocodrilo cuando este la abre y picotea en sus dientes la comida y restos que le quedan. Esta relación hace que el cocodrilo se ahorre algunas infecciones y problemas en sus dientes y el pluvial tiene la comida que necesita. Curiosa simbiosis.
La relación es positiva para ambos aunque demuestra la valentía de esta pequeña ave. Claro que si el cocodrilo se alimentara de este pájaro perdería a su dentista particular. Además su canto le advierte de posibles peligros.
Los humanos han utilizado mucho tiempo a los pluviales como señal de que en la zona había cocodrilos, para poder evitar el encuentro con uno de ellos.
Otro hecho curioso es que los cocodrilos tienen aproximadamente ochenta dientesque cambian de forma continua, llegando a sustituir la piezas viejas por nuevas entre2 y 3 veces al año. Su mordida tiene una fuerza de más de 2000 kilos por cada 2 centímetros cuadrados, la más fuerte en el reino animal.
El pluvial por su parte mide de 19 a 21 cms de largo cuando es adulto. Tiene la corona, la espalda, la banda de los ojos y la parte inferior negra, y el resto blanco. Su plumaje del dorso de las alas es gris azulado y naranja, por tanto su esplendor sucede en el vuelo.
Me vienen estos hechos como anillo al dedo para hablar de las actividades de cooperación y ayuda mutua que son tan beneficiosos para unos y otros. Las personas, y en especial los amigos, se prestan mutua ayuda.
En una cultura tan asentada sobre el individualismo, qué ejemplo más hermoso nos ofrece la naturaleza, de colaboración y ayuda. El cocodrilo tiene el beneficio de la limpieza de su dentadura y el pájaro pluvial encuentra un alimento seguro.
La naturaleza nos ofrece estos magníficos ejemplos de colaboración, que contrastan con tantos comportamientos de los humanos, comportamientos en los que unos dañan a los otros sin consideración alguna, incluso con daño propio.
Hijos que maltratan a sus padres con desprecio, burlas, amenazas y pequeñas o grandes agresiones.
Amigos que traicionan la amistad de los mejores amigos por intereses mezquinos.
Políticos que venden a los miembros del partido para medrar en un grupo adversario.
Empleados que se chivan de compañeros y que, incluso, se inventan bulos con el ánimo de destruirlos.
Vecinos que denuncian a sus vecinos y les hacen la vida imposible.
Ciudadanos y ciudadanas que se saltan las reglas del confinamiento sin tener en cuenta el posible contagio.
Los seres humanos nos necesitamos como se necesitan el cocodrilo y el pájaro pluvial. Es el primer paso del buen hacer. Do ut des. La simbiosis que ayuda a quien da y a quien recibe con reciprocidad. “No existe mejor prueba del progreso de un civilización que la del progreso de la cooperación”, decía John Stuart Mill.
Pero existe otro paso que los seres humanos podemos dar hasta llegar a la generosidad, que es dar la a los demás sin esperar recibir nada del beneficiario. Ni siquiera su gratitud. Hay personas que, de forma heroica, hacen la entrega de lo más valioso que tiene, que es la vida. Decía San Agustín: “En ti debe haber una fuente, no una bolsa”. Lo estamos viendo hasta la saciedad durante la crisis.
Existe mucha generosidad en el género humano. Hay muchas personas que dan gratuitamente el conocimiento, el dinero, el tiempo, a otros seres humanos necesitados.
Estamos más dados a visibilizar el egoísmo, el engaño, el robo, la maldad. Solo es noticia aquello que nos presenta como seres crueles y perversos. Pero existe una parte bondadosa, generosa y amable en el corazón de las personas de la que muchas veces nos olvidamos. Personas que dan en silencio e, incluso, con alegría. Personas que siguen al pie de la letra el consejo de Eduardo Marquina: “Hay que dar cantando como la fuente, no chirriando como la noria”.
¿Cómo no ver que hay millones de individuos que se dedican a través de ONGs o de forma individual a ayudar a personas que sufren hambre, enfermedad, opresión, sufrimiento o ignorancia? ¿Cómo no admirar y elogiar a quienes, sin el menor interés personal, dedican su tiempo a ayudar al prójimo? ¿Cómo no reconocer a quienes durante la crisis están arriesgando la vida por los demás? Decía Paul Claudel que “no hay más que una cosa necesaria: las personas a las que somos necesarios”.
Ser generoso y solidario en un mundo de depredadores, puede tildarse de ingenuidad extrema. En el epitafio de estas personas admirables algún cínico podría escribir: “Era tan bueno que parecía tonto”.
Hay miles, millones de ejemplos. Que no son noticia, pero que son una feliz realidad. Pueblos enteros que practican la solidaridad, grupos organizados para la ayuda, familias que se desviven por otras más pobres, individuos que, de forma aislada y persistente, hacen mejor este mundo. Hoy quiero pensar en ellos. Quiero rendirles un humilde homenaje. Un homenaje de gratitud y de felicitación. También de ánimo, porque tienen que avanzar contracorriente.
En una cultura cargada de individualismo, competitividad, obsesión por la eficacia y relativismo moral, no podemos olvidar que existe un inmerso número de personas que, de forma gratuita, ayudan a los demás sin necesidad de que se lo pidan expresamente. Lo estamos viendo cada día durante esta terrible crisis. La solidaridad nos salva de la destrucción, nos dignifica y nos redime como especie. La solidaridad, dice Tomás Borge, es la ternura de los pueblos.
