Miguel Ángel Santos Guerra
El adjetivo que he elegido para el título no ha sido fruto del azar. He dado algunas vueltas hasta llegar a él. El adjetivo malhadado quiere decir que el sustantivo al que acompaña es causa de desgracia, va acompañado de ella o la constituye.
De Vox tenía que venir la idea. Y tenía que venir como vienen a imponerse las ideas de Vox. No por la vía del razonamiento y de la persuasión sino por la también malhadada coyuntura de su poder. O se impone el pin parental (también llamado veto parental) o no hay presupuestos, o se implanta el pin parental o se rompe el pacto, o se acepta el pin parental o se acaba el gobierno. Eso ha pasado en la comunidad de Murcia y eso puede pasar en otras y también en la mía, Andalucía, donde Vox sostiene al gobierno conservador. Y vienen el PP y Ciudadanos y dicen amén, que así sea. O casi.
Quiero poner en antecedentes, antes de seguir, a los lectores y lectoras de otros países sobre esta polémica que hoy está en pleno auge en España. En la comunidad autónoma de Murcia, el partido ultraderechista Vox ha conseguido imponer el pin parental. Es decir, la exigencia de que los padres y madres puedan establecer el veto para que sus hijos e hijas asistan a las actividades complementarias que organice la escuela si los contenidos no son de su agrado.
El gobierno central, con acierto, a través de su ministra de educación, le ha dado un mes al gobierno de la comunidad de Murcia para que retire el pin parental. De no aceptar la retirada lo llevará a las tribunales por quebrantar derechos constitucionales. Los niños y las niñas tienen derecho a seguir el curriculum de la escuela de forma íntegra, sin cortapisas. Hay que defender el derecho del niño frente a los atropellos censores de las familias.
Sabido es que los señores (y señoras, no se olvide) de Vox piensan que eso de la “ideología de género” es una perversa creación de la izquierda. Para ellos el dato, por ejemplo, de que desde el 2003 hayan muerto más de mil mujeres en España a manos de sus parejas debe de ser una invención urdida por las fuerzas del mal (que son de izquierdas, de izquierdas radicales). Pues bien, supongamos que el colegio de su hijo organiza una conferencia sobre Violencia de género, y como eso supondría para su vástago una nefasta influencia, ejercerían el derecho sagrado a que ese hijo no asistiera a ella. Es decir que de padres machistas tienen que salir hijos (e hijas) machistas. (Como decía mi admirado Manuel Alcántara: de padres estériles, hijos estériles).
¿De dónde nace ese derecho? Según Vox, del artículo 27 de la Constitución que dice que los padres tienen la libertad de educar a sus hijos como deseen. Pero ese derecho no es omnímodo. Los padres no podrían, por ejemplo, impedir que sus hijos acudieran al Colegio. O maltratarles. ¿Y si una familia terrorista quisiera educar a sus hijos en su filosofía del asesinato? ¿Y si un matrimonio yihadista quisiera incorporar a su hijo a la ideología del exterminio de infieles?
Podríamos seguir preguntándonos: ¿Y si los padres rechazan el calendario de vacunas? ¿Y si les niegan el derecho a hacer una transfusión de sangre? ¿Y se les prohíben el derecho al aprendizaje? ¿Y si exigen ejercer la libertad de que sus hijos no sean educados en libertad?
Para defender esta postura, como muchas otras veces sucede, a los señores (y señoras) de Vox les vale todo. Le he oído decir a su líder, Santiago Abascal, que a sus hijos de 4 y 6 años les han obligado a realizar en el Colegio juegos eróticos. Han hablado hasta de corrupción de menores. El portavoz de Vox en el Ayuntamiento de Rincón de la Victoria (localidad en la que vivo), José Antonio Rodríguez, ha escrito este vomitivo tuit: “Han robado, secuestrado, violado y asesinado a lo largo de su historia, pero la prostitución de menores creía que era demasiado hasta para el PSOE… qué vergüenza”.
El asunto ha desatado una fuerte polémica. ¿De quién son los hijos y las hijas? Por una parte se dice que los hijos se inscriben en el registro civil, no en el registro de la propiedad. No son, pues, propiedad de los padres. No pueden hacer con ellos lo que quieran. No pueden maltratarlos, por ejemplo. No pueden negarles el derecho a la escolarización, como decía anteriormente. Por parte de los proponentes del PIN, los hijos son propiedad de los padres. Y pueden hacer con ellos lo que consideren oportuno.
El planteamiento de Vox nos llevaría a un laberinto sin salida. Supongamos que los padres republicanos niegan a sus hijos el derecho a que les hablen de la monarquía, o que los padres veganos impidan que sus hijos acudan a una sesión sobre nutrición. Y así hasta el infinito.
La postura de Vox es un ataque a la educación. Especialmente a la escuela pública. Porque considera que donde se adoctrina es en la pública, no en la privada que ellos eligen. Los defensores del pin parental no confían en la escuela. No se fían de los docentes. No respetan el curriculum. La escuela pública no adoctrina. Enseña a pensar, no qué pensar. El profesor es un maestro, no un fanático. Los casos que se inventa Vox son fruto de una imaginación calenturienta.
Dice Fernando Savater en un artículo publicado en El País: “Creo que uno de los más importantes objetivos de la educación es que los niños conozcan las alternativas que existen a los prejuicios de sus padres. Sobre todo en el campo de los valores cívicos: educamos para vivir en sociedad, no solo en familia. En democracia las leyes liberan y las tradiciones y costumbres esclavizan” .
Estos que no quieren que sus hijos asistan a una conferencia sobre homesexualidad (“los demás adoctrinan”) piden y exigen para todos clases de religión en las que se explica que la homosexualidad es antinatural y que su práctica es un pecado (“nosotros educamos”).
Sé que el pin parental es una cuestión que puede tratarse al margen del hecho de que haya sido una propuesta de Vox. De hecho el PP la ha hecho suya y la defiende con uñas y dientes. No porque sea una propuesta de Vox ha de considerarse una mala propuesta. Lo es porque lo es en sí. Pero el hecho de que sea una propuesta de Vox la hace peor de lo que en sí es. Porque se contamina de todas las otras malas ideas y actitudes que mantiene el partido: homofobia, racismo, sexismo, autoritarismo, xenofobia…
En el fondo, lo que plantea Vox es lo siguiente: puesto que yo soy machista, tengo derecho a que mi hijo sea también machista. Porque tengo libertad para dar a mi hijo la educación que yo desee. Y puesto que soy homófobo tengo la libertad de elegir para mi hijo una educación homófoba. Lo que no piensan los seguidores de Vox es que si es verdadera educación no puede ser homófoba, ni racista ni machista.
Además de la objeción básica que planteo a la implantación del pin parental hay otras objeciones. Y no es pequeña la objeción de que nos llevaría a un caos. ¿Por qué se pueden objetar las actividades complementarias y no todo el curriculum? El derecho es el mismo, según su exégesis de la Carta Magna. ¿Cómo ha de ser la información que reciban los padres, detallada o genérica? ¿Con qué anticipación tiene que ser conocida? ¿Tienen que decir lo mismo el padre y la madre? ¿En qué se ocupan quienes no pueden hacer las actividades regladas? ¿Qué sucede si el alumno quiere realizar la actividad que el padre prohibe?
Me repugna la repetición casi obsesiva de la palabra libertad por parte de los responsables de Vox porque son los mismos que aplauden y veneran a quien nos quitó todas las libertades a los españoles durante casi cuarenta años. Y los mismos que, si llegasen a gobernar, cercenarían las nuestras.
