M. Fernández
Hoy es un dia importante. Y además es sábado lo que incluso a los que trabajan en esta fase de confinamiento les permitirá un día tranquilo para una pequeña reflexión.
Hoy es 25 de Abril y cuarenta y seis aniversario de la Revolucion de los Claveles en Portugal. Ya solo el nombre de esta revolución debiera hacernos pensar. Pensar en un pueblo, el portugués, que, al margen de cualquier consideración ideológica o política que podría discutirse o ser evaluada, fue capaz de hacer una revolución sin violencia, con claveles en las bocas de los fusiles y cañones. Un pueblo que hoy, en 2020 está dando muestras de una sensatez, de un sentido ético y de un pragmatismo y solidaridad incomparables no ya solo con España sino con casi todos sitios.
Un país en el que la oposición le desea suerte al primer ministro en el Parlamento por «su suerte será nuestra suerte», un país que sin brillar por sus recursos legaliza de golpe a todos los sin-papeles para que tengan asistencia sanitaria pues, más allá de los buenismos y acciones efectistas, son conscientes de que protegerlos es también proteger al país. Un país que con todos su defectos, que también los tiene, ha adquirido unas posiciones institucionales en el mundo sin comparación con su tamaño o su peso especifico, presidiendo la ONU etc.. etc…
Un país que se atreve a darle nombre a las cosas, «repugnante» se califican las palabras de cierto mandatario neerlandés, incluso en un ámbito como el diplomático donde impera la norma de la «la langue de bois» en la que lo que no se nombra no existe, en beneficio de una supuesta cordialidad.
Un país en el que tampoco se consiguió lo que se hubiera deseado. Pero una revolución que más allá de sus resultados refleja mejor que nada la naturaleza del pueblo portugués. Solidario, respetuoso de la libertad y grande. Revolución, fusiles, claveles, capitanes (no generales) y una población en busca de Libertades, sí, en plural.
Y acabemos con Grândola Vila Morena con la que arrancó aquella noche del 24 al 25 de Abril de 1974. La canción que arrancó aquel movimiento. Una canción con la que, habiéndose interrumpido por el público la intervención del primer ministro Passos Coelho en el Parlamento en febrero de 2013, el propio Primer ministro dijo, al retomar sus palabras: «de todas las maneras en que puede interrumpirse una intervención en este parlamento, esta es sin duda alguna la de mejor gusto». Una canción con la que empezó a reconstruirse el maravilloso país que es hoy Portugal.
