Para el estándar de longevidad que tenemos en este primer mundo en el que vivimos, 38 años no es mucho. Para los tiempos del imperio romano, el de los habitantes de la villa romana de El Ruedo, podría ser la media. Pero es que para un festival flamenco de un pequeño pueblo de menos de 2500 habitantes, 38 años es una eternidad sujeta a mil vicisitudes, cambios e idas y venidas. Mantenerse es más que un reto, es un milagro, un acto de fé de peñistas, entidades colaboradoras y sobre todo, de una junta directiva, la de la Peña Flamenca, que cree en mantener y fomentar el patrimonio artístico y cultural de su pueblo.
No ha sido fácil sacar adelante esta trigésima octava edición. Los problemas acechan siempre a la vuelta de la esquina, y solo a final de agosto se pudo confirmar fecha y cartel.
Fue finalmente el miércoles 10 de septiembre la fecha elegida, y el lugar el parque Alameda con la colaboración del catering El Vergel, que ya tenía todo preparado para la inminente Ferial Real 2025.
Desde Motril, un Julio Fajardo implicado en alguna que otra actividad anterior de Almedinilla, con un cante limpio y sereno de los que sienten con la voz y cantan con el corazón, desgranó un repertorio de soleares, bulerías, colombianas, alegrías, farrucas, entre otros palos, para cerrar con unos fandangos y con un guiño al flamenco granaíno de Enrique Morente.
Pero claro, el cante demanda siempre guitarra, y al toque le acompañó Fran Hurtado, con un toque fino y elegante, capaz de darle a cada palo el aire que necesita, arropando con sus notas la voz de Julio. Conocido en el mundo flamenco como «morilito», el de Montilla hizo brillar a su compañero de escenario, logrando entre ambos una actuación redonda, variada y llena de matices que agradó enormemente al público entendido.
La segunda parte del recital, lo completaba un cuadro oriundo de Córdoba capital en casi su totalidad, con la peculiaridad de que la madre del guitarrista tenía familiares almedinillenses.
Alba Herencia y Sonia Monje (bendito apellido flamenco), mezclando frescura, juventud, elegancia, técnica y sentimiento, nos hicieron sentir el latido auténtico del flamenco en su estado más puro, acompañadas al cante profundo y con personalidad de Miguel del Pino, y de José Prieto, versátil y lleno de matices. Al toque, Manuel Martínez, y al cajón Rafael del Pino, marcaban el compás y las notas flamencas que emocionaron al respetable en más de una ocasión junto con el estético baile de Sonia y Alba que se alternaban en el escenario unas veces y otras se nos presentaban a dúo para regocijo de los asistentes.
En definitiva, un gran festival que pudo no ser, pero que fue a la postre, el sabor en el paladar de un bocado delicado que llenó los sentidos anhelantes de flamenco, y que nos dejó el deseo de un próximo festival y de un conjunto de actividades flamencas durante todo el año.
Marie Curie, que tenía una gran visión de la trascendencia de nuestros actos, dijo que «uno nunca se da cuenta de lo que ha hecho, uno solo puede ver lo que queda por hacer». A pesar de esa opinión, valoremos lo hecho a hombros de gigantes en 38 años y mantengamos la vista en el horizonte, porque le queda mucha vida a este festival flamenco. Toda la que, como pueblo, queramos darle. Esperemos que 38 sean pocos.
Concejalía de Cultura




