Cuando era un adolescente, allá por 2010, vi una película que me obsesionó, no era una película muy sesuda, todo lo contrario, una comedia ligera para adolescentes, Zombieland. Esa película definió mi personalidad, ya había visto otras pelis de zombies, malísimas algunas como Resident Evil, que por entonces me gustaban abiertamente, y ahora se han vuelto más complicadas de ver. También hubo otras como 28 días después, 28 semanas después, Shaun of the Dead, El amanecer de los muertos, Planet Terror, algunas mejores que otras, alguna terrible. O series como The Walking Dead. Todo esto fue acompañado de videojuegos, como Dead Rising, la saga Resident Evil, House of the Dead, Dead Island, el modo zombie de Call of Duty Black Ops 2… Estos productos audiovisuales tenían una cosa en común, los zombies, con enfoques completamente diferentes, el terror, la acción o la comedia.
No entendía muy bien qué era lo que me gustaba de ese género, los zombies, la idea, el concepto, es algo terrorífico: personas que dejan su humanidad. Ya sea por un virus o por una maldición vudú, se convierten en cascarones vacíos que sólo buscan saciar su hambre, o contagiar su condición. Muertos vivientes, o vivos que han perdido el control sobre sí mismos. La incertidumbre de si queda algo ahí dentro, o si ya se fue. Los zombies también son una fantasía de poder divertida, sobre todo en videojuegos. Viéndolo fríamente, en los videojuegos de zombies, la diversión está en disparar a seres deshumanizados que son muy poco inteligentes. Sólo tienes que preocuparte de que no te falte munición, de que no te rodeen y, en caso de verte superado, de que corran menos que tú. Suena bastante cínico dicho de esta manera, pero creo que lo principal que hace que alguien —o el Rafa adolescente—, se obsesione con este género, el de los zombies, es un asunto mucho menos cruel, y está ineludiblemente relacionado con esa etapa vital, la adolescencia.
Cuando uno es adolescente, suceden muchos cambios, y no sólo a nivel corporal. En la adolescencia aprendes por las buenas o por las malas todas las cosas que no aprendiste de niño, ya sea por sobreprotección, por ser tabú, o por puro negacionismo, paternal o propio. De estas cosas, la que más tiene que ver con los zombies, es descubrir que el mundo, la sociedad, los seres humanos, a pesar de inventar leyes, a pesar de inventar castigos y recompensas en el más allá, a pesar de que existan abogados, jueces, tribunales, policías, sacerdotes y educación para la ciudadanía, a pesar de todo, nada es justo. Ni karma, ni plan divino, ni energías místicas. El mundo es una jungla, aunque no quieras hacerle el mal a nadie habrá gente que te odie, aunque te guste una chica y hayas sido bueno con ella, si no le gustas, no le gustas, aunque te hayas esforzado y estudiado, te puede salir mal el examen. Habrá auténticos capullos, que vayan intentando joder a la gente y todo el mundo les adore, tratarán mal a una chica y ellas se enamorarán de ellos, no estudiarán y sacarán buena nota. Puedes frustrarte, puedes enfadarte con el mundo, pero no vas a cambiar nada.
Ahí entran los zombies, o cualquier fantasía postapocalíptica, imaginas un mundo donde todo eso da igual, que el mayor de tus problemas es que no te coman, donde la gente vale lo que es capaz de aportar, sin importar el dinero que tengas, sin importar las notas que saques.
Aún a día de hoy, de vez en cuando planteo con algún amigo cuál sería el mejor sitio del pueblo para refugiarnos en un apocalipsis zombie, o al llegar a un sitio montamos planes de escape y supervivencia en caso de azote vírico zombie. Ahora, si ocurriera algo similar, estaría aterrado, me maldeciría a mí mismo por haber especulado tantas veces con la posibilidad.
Sería una situación terrorífica, aunque parece que nos estamos acostumbrando a ella. Recuerdo perfectamente cuando se anunció que nos encerraríamos por el covid, montamos una reunión de emergencia para ver si con un paquete de arroz, otro de macarrones y media pastilla de Avecrem podríamos sobrevivir, estando saqueado el Mercadona de nuestra calle, o si era mejor volver al pueblo. También recuerdo pasar el día del apagón tumbado boca abajo en la cama escuchando la radio, a ver si decían cuándo se restauraba el suministro eléctrico, porque si no no podía seguir redactando mi programación docente para presentarme a las oposiciones. Recuerdo cuando empezó la guerra en Ucrania y en toda Europa recomendaban preparar una mochila de supervivencia. Ahora están avisando de que una IA rebelde puede tomar el control de la economía vulnerando todos los sistemas de seguridad de los bancos y la bolsa, y obligarnos a desconectar internet. Supongo que los que no se mueran de hambre tendrán que volver al trueque. En fin…
Me estoy dando cuenta de que es posible que el apocalipsis zombie ya haya llegado, y puede que yo ya esté infectado, y posiblemente tú, que me estás leyendo, también. Y el virus zombie nos lo hemos comprado nosotros mismos, y lo llevamos en el bolsillo, o en la palma de la mano. ¿Acaso no somos zombies cuando nos quedamos viendo reels, shorts o tiktoks? ¿Acaso no somos zombies cuando nos quedamos sin hacer nada ante un genocidio en Gaza? ¿No somos zombies infectados de odio cuando nos bombardean con propaganda partidista y no somos capaces de ver a los que están al otro lado del espectro político, o de una frontera, como personas?
Lo que da más miedo de un zombie es no saber si queda humanidad en su interior, no saber quién mueve ese cuerpo, no saber si la persona sigue ahí dentro. ¿Y en tu interior?
Por favor, no apagues el cerebro, no te dejes manipular, piensa en lo mejor para ti, y para las personas que te rodean, intenta no ser un zombie más, intenta sobrevivir, para ello necesitas mantenerte consciente, y ver que estás rodeado de personas, no pierdas la humanidad, es lo último que nos queda.
No sé si vamos camino del fin, por una cosa o por otra, pero el futuro asusta, bastante más que una peli de zombies.
Rafael Gutiérrez

