Una IA me ha dicho que se escribió un libro en el que se abordaba este tema, no perderé tiempo en comprobar si es cierto, aunque parece bastante probable, este artículo no pretende ser riguroso, daremos por hecho que es cierto, lo que lleva a preguntarse: ¿qué nos puede enseñar una historia desde la perspectiva de un muñeco de nieve? Y yo me pregunto: ¿acaso no somos todos como un muñeco de nieve?
La vida de un muñeco de nieve, no es tan distinta de la de un ser humano, al menos en términos de angustia existencial. Su vida es breve y, aunque probablemente carezcan de la capacidad de raciocinio y por ende de conciencia, están destinados a la no existencia y a la irrelevancia. Puede ser que ese muñeco de nieve marque la vida de la persona que lo creó hasta límites insospechados, puede que en las memorias de una gran artista, de un gran líder político, o de un prestigioso científico, aparezca alguna vez destacado el capitulo donde la creación o contemplación de un muñeco de nieve proporcionará un giro inesperado de su vida, inspirando un gran teorema, un gran cambio social, o una innovación artística. Puede que cambie el rumbo de una nación, de la humanidad o del planeta. Con suerte un muñeco de nieve puede provocar eso, pero siendo honestos, lo más probable es que la existencia de la mayoría de los muñecos de nieve sea inútil, vana, ociosa e irrelevante.
Una persona puede poner toda su alma en hacer un muñeco de nieve, crearlo con mimo, con ternura, poner todo el esfuerzo posible, pero la naturaleza de ese muñeco es efímera, aun poniendo esfuerzo consciente por intentar preservar ese muñeco, guardado en una cámara frigorífica, llevado al punto más frío de la Tierra, eventualmente dejará de existir. Es inevitable, el humano que lo creó también morirá, en algún momento el sol lo derretirá, o quizás la lluvia, puede que el viento lo deshaga, la electricidad deje de alimentar el congelador que lo guarda, o se estropee el aparato. Si fue llevado a una cueva de hielo junto a la base Vostok en la Antártida, posiblemente el lugar más frío de la Tierra del que se tienen registros, seguramente el calentamiento global lo acabe derritiendo, si no es el calentamiento global, dentro de 5.000 millones de años, el sol se inflará y engullirá la Tierra.
Si depende del ser humano, ese muñeco de nieve correrá el mismo destino que el ser humano.
Ni siquiera los muñecos de nieve se libran de la desigualdad, característica heredada de sus creadores humanos. No todos los muñecos de nieve nacen iguales, tampoco tienen un texto o declaración universal que les otorgue simbólicamente esta igualdad. Existen muñecos de muy diversas formas y tamaños, algunos con diseños de lo más genéricos, también hay atrocidades deformes, existen algunos con formas aterradoras y los hay que fueron hechos pretendiendo insinuaciones eróticas. Pero más allá de la forma, los muñecos de nieve se enfrentan a la dramática realidad de las diferencias de clase social. La mayoría de los muñecos nacen y mueren completamente desnudos, unos pocos durante una parte de su vida gozan del privilegio de estar vestidos, con gorritos de lana, bufandas y otras prendas que irónicamente son de abrigo, por lo que son opuestas en concepto al frío, sustento vital de un muñeco de nieve. Lo más trágico son los muñecos que están privados de sentidos para la percepción, algunos muñecos tienen piedras para los ojos, y están debidamente de zanahoria ennarizados1, mientras que muchos de ellos durante su brevísima existencia son perpetuamente ciegos, y chatos.
Esos privilegios no sólo están acotados a la forma, aspecto, y pertenencias, las diferencias son también palpables en la muerte, pues no todos los muñecos abandonan la existencia con la misma dignidad, no todos se derriten sin más cuando el curso de la naturaleza les lleva al final. Algún muñeco ha sido destruido por ser la envidia de otra persona que no supo hacer uno tan bonito, puede que simplemente por fastidiar, y por hacer enfadar a otra persona, le destruyan su muñeco de nieve de forma prematura. Y ya no sólo están los motivos, sino las retorcidas maneras de ejecutar tales atrocidades, una patada, un lanzamiento colina abajo para crear una gran bola de nieve destructiva, o, una de las más desagradables y humillantes, orinando sobre ellos para que se derritan por el calor de la orina.
Aunque estas diferencias puedan deberse a meras casualidades circunstanciales, es un hecho que existe un norte global y un sur global de los muñecos de nieve, que casualmente, con la excepción de la Antártida, sus proximidades, y algunas cadenas montañosas, coincide en gran medida con el sur del planeta y el norte del planeta. Y estas diferencias se materializan en la esperanza de vida de esos muñecos de nieve. Un muñeco de nieve andaluz, si no tiene la fortuna de nacer en Sierra Nevada, lo más probable es que no llegue a un día de vida, su nieve se mezclará con el barro más pronto que tarde, el sol o la lluvia los derretirá. Mientras que un muñeco noruego, probablemente viva durante varios meses sin demasiado esfuerzo por parte de su creador, vestido, y con botoncitos negros en su pecho. No quiero insinuar que esto no deba de ser así, pues sería absurda una propuesta para cambiar esto, ya que seguramente esto se deba al orden natural, y en mi experiencia, nunca he visto a un muñeco de nieve quejarse, y si se quejasen, lo más lógico es que dejen de crearlos, puesto que provocaría mucha inseguridad a sus creadores, por no hablar del pánico social y las implicaciones éticas de que un muñeco de nieve manifestase o expresase por voluntad propia sentimientos no implícitos en su manufactura humana prevista.
¿Todavía seguimos hablando de muñecos de nieve?
El miércoles pasado, en clase de teatro, de la mano de Teatrados, en un ejercicio de improvisación se planteó una entrevista a un experto en un tema similar, si no casi idéntico, al título de este artículo.
No sé si a vosotros, queridos lectores, os ha podido pasar que una noche cualquiera, os invada la ansiedad provocada por la angustia existencial. Si le preguntas a un psicólogo, no le quedará otra que darte la razón, como lo haría la IA, pues nada es más racional y a la vez irracional que el miedo a la no existencia, a la muerte. Nadie se atrevería a decirte que es imposible que esa noche no despiertes, pues existe la posibilidad. Por estadística, todos moriremos. Por estadística, y por biología, por desgracia o por fortuna, por ley de vida, por el tiempo. Nadie te puede asegurar, a día de hoy de forma científica y racional, que no morirás nunca. Existe una probabilidad del 99.9% de que el 99.9% de todas las personas que existen a día de hoy, estarán muertas antes del 2148.2
Rafael J. Gutiérrez
- Participio plural del verbo “ennarizar”: Acción de poner nariz. Neologísmo de invención propia
- Sí, me he inventado estas estadísticas. Pero acepto apuestas que me demuestren lo contrario.

