La sala estaba en penumbra cuando comenzó la función. Apenas un susurro de expectación rondaba entre las butacas —un murmullo contenido, una respiración colectiva cargada de tensión. En el silencio, apareció el monarca: Berenguer IV, con su corona pesada y su porte altivo, como si llevara sobre los hombros el peso de un mundo marchito. Desde el primer instante, se sentía que algo iba a quebrarse.
La obra fue una sucesión de instantes estremecedores: la pomposidad de un rey que ignora lo inevitable; la desgarradora comprobación de que las órdenes ya no se obedecen; la certidumbre de que el reino, su reino, se desmorona. Los actores de Atalaya —con la maestría y la veteranía que los caracteriza— supieron transformar ese derrumbe en arte: voces que vacilan, gestos que tiemblan, pasos que se hunden en el escenario como si el suelo cediera. El humor, al principio ligero y burlesco, empezó a rasgarse hasta convertirse en angustia pura.
El público, en su asiento, sufrió con Berenguer. Algunos contienen la respiración, otros cierran los ojos. Se podía escuchar el latido de cada alma allí: miedo, compasión, dolor, rabia. Porque esa muerte anunciada —ese “morir antes de que termine la obra” que el guion proclama— era la suya, la nuestra: una metáfora cruel sobre la fragilidad del poder, del ego, de las certezas que creíamos inmutables.
Y cuando llegó el final —con su vehemencia, con su catarsis— la sala se vació de máscaras: no quedaba un rey, no quedaba un reino. Sólo seres humanos desnudos frente a su finitud, obligados a mirar la verdad de frente. Fue un instante de dolor, pero también de purificación: una llamada a reconocer lo efímero, lo frágil, lo esencial.
Alrededor de mí, hubo silencio primero; luego, un aplauso sostenido, cargado de emoción —tan largo que pareció contener alivio, gratitud, y quizá un poco de miedo por lo que hemos visto. Esa mezcla de lo ridículo y lo trágico, de lo absurdo y lo real: eso es lo que convierte a El rey se muere en una experiencia no sólo teatral, sino profundamente humana.
Salí al aire de la noche con el corazón apretado, pensando en lo que somos —y lo que seremos. Esa noche, en Almedinilla, asistí a una ceremonia con la muerte que, en realidad, nos devolvió la vida.





