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RINCÓN LITERARIO

RINCÓN LITERARIO | Cartas de amor y/o desamor
Querido esposo:

Noemí Parodi Piñero (*)
lunes, 15 de febrero de 2016 (17:30:07)

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Ahora que hemos terminado me doy cuenta de cómo son realmente las cosas. Entre las manos sostengo la carta que me enviaste por email, que yo misma imprimí con la agonía masoquista que caracteriza y que siempre caracterizó a mi dolor. Está escrita a ordenador, pero en ella veo impresa tu letra fuerte y desordenada, escrita con el bolígrafo cogido de esa manera tan tuya, con los tres dedos muy unidos, en una postura casi imposible, con el folio totalmente en horizontal y en línea firme y recta. Dicen que la letra dice mucho de la persona que escribe y de ti ella siempre dio idea de tu seguridad y tu amor propio. Todo lo contrario que la mía, curva y ligeramente inclinada hacia abajo...

Dices que tenemos que hablar, que hay cosas pendientes; pero sé perfectamente que esas “cosas” no son más que todos los objetos que ahora me rodean y que tanto me sobran en tu ausencia. No quieres solucionar nada más. Hemos de repartir bienes y cerrar para siempre la puerta de nuestro pasado en común, de nuestra vida compartida, de nosotros. Sé que es una decisión que tomamos ambos y sé que, en el fondo, es lo mejor; pero es tan difícil...

Descorro las cortinas del salón que nos regaló mi madre cuando nos casamos, su seda azulada y suave acaricia mi rostro, aún enrojecido por las lágrimas de las veinte últimas noches, desde que te marchaste, cariño, desde que nuestra cama de matrimonio se me hace demasiado grande, demasiado vacía, demasiado...

Miro a la calle, tan llena de vida como siempre, preguntándome qué ha sido de la mía y cómo hemos podido llegar a este punto en el que nuestras citas se han convertido en meras reuniones donde regateamos las cosas que un día fueron nuestras y que ahora que ese pronombre ha perdido el sentido han perdido parte de su dueño.

Me siento en el sofá y abro uno de los álbumes de fotos que últimamente me dedico a ojear, hundiéndome poco a poco en la desgracia de haberlo dejado pasar, de tener la certeza absoluta de que nunca volverá a repetirse, de saber que se acabó y que fue para siempre... Como para siempre juramos amarnos en esa foto en la que éramos tan jóvenes y teníamos tantas expectativas y tan pocos conocimientos; para siempre prometimos estar juntos en esa otra de nuestra boda, con muchas más ilusiones y muchísimos más sueños; para siempre dice ese anillo que aún no puedo sacarme del dedo, para siempre...

Cierro los álbumes y cojo esa hoja de papel en la que he ido apuntando, cuando me sentía con fuerzas y lograba reunir hacia ti el suficiente odio, las cosas que quiero quedarme para mí cuando la ley intervenga definitivamente en nuestra ruptura sentimental y ésta deje de ser una discusión para ser, real y firmemente, un divorcio.

“Espejo del cuarto, las sábanas de ositos, las cortinas del salón, el armario de caoba...” Y una pregunta retumba en mi mente ante aquella elaborada lista: ¿Por qué? ¿Por qué tengo que hacer esto, por qué tengo que elegir? ¿Por qué creo que esto es lo mejor que puedo llevarme de esta casa?

Entonces, me doy cuenta. La sensación de vacío y la claridad con la que he visto las cosas en los últimos días. La infelicidad y la necesidad de estar mirando continuamente las fotos y los regalos que nos hicimos; las cartas que te escribí, las rosas que sequé. “A las cinco del Sábado en la Plaza Mayor.” De este modo terminaba tu email, con la “cita definitiva”. Cojo la lista de cosas y la rompo. No la necesito. Son las cuatro y media del Sábado pero no necesito tiempo, porque no voy a acudir a la cita. No puedo hacerlo. No debo hacerlo.

Lleno de ropa las maletas y guardo, celosamente, algunas fotos y los regalos que me hiciste cuando tu corazón aún latía por y para mí. Me siento en la mesita del cuarto que tantas cosas me ha visto escribir y comienzo la última carta que escribiré sobre ella, la última para ti. Esa carta que no es más que esta que tienes entre tus manos, que no deja de ser más que mi declaración de bienes, la confesión de las cosas que he decidido llevarme y que dudo que quieras discutirme. Después de tanto tiempo, sé que dejarás que me lo lleve.

Quédate el coche, que tanto te gusta, que pagamos a medias pero que te regalo con todos los accesorios, tal y como lo compramos. Yo me quedaré con aquel día en que nuestras manos se unieron en la palanca de cambios, cruzamos una mirada cómplice y tuvimos la certeza de que estaríamos juntos el resto de nuestra vida.

Te dejó también el aparato de música, porque la música ha perdido parte de su sentido sin ti. Te lo dejo con todos los cds, tuyos, míos; de ambos al fin y al cabo, porque soy incapaz de separarlos y me gusta la idea de que, al menos, ellos sigan juntos. De su música sólo me quedo con una canción en mi memoria, aquel “When a man loves a woman” que fue nuestra canción desde el primer día, que nos empujó a nuestro primer beso y que tantas veces hemos bailado en nuestro salón.

Quédate el sofá del salón y los sillones; aquellos mullidos lugares donde tantas veces nos acurrucamos. Yo me quedo con la sensación de seguridad que me daba estar entre tus brazos, con tu calor y tu ternura, con el amor que desprendían cada uno de tus gestos, desde hacerme sitio a tu lado hasta acariciar con dulzura mi pelo mientras yo dormitaba sobre tu pecho.

Para ti nuestra cama, para que la compartas con quien quieras; yo no podría volver a compartirla con nadie más. Tiene tu aroma, tiene tu forma, tiene tu esencia para siempre. En ella he dejado yo mi presencia espiritual y efímera, por si un día, al tumbarte, me recuerdas. De ella me llevo todas las noches de pasión, los abrazos nocturnos, los besos de madrugada. Todos esos recuerdos de los que no pienso desprenderme.

Te regalo, por último, nuestra casa. Sé que pensabas regalármela para que viviera yo en ella, pero me es imposible. Está tan cargada de nosotros que un simple “yo” quedara demasiado solo. No podría superarlo nunca. Tu ausencia y mi soledad son mucho más fuertes entre estas cuatro paredes y dudo que pudiera vencerlas jamás.

En fin, que no hay “cosas” pendientes entre nosotros. Al menos, no nada importante. Lo demás, eso que tú obvias y que para mí es todo lo que queda, me lo llevaré conmigo. Sé que hubo muchas discusiones, que al final ya no éramos felices. Pero creo que no nos tomamos tiempo suficiente para medir si lo que nos separaba era mayor que aquello que nos unía. Mi corazón, destrozado, me confiesa que no era así.

Pero no te preocupes. Todo eso me lo quedo yo. Todos los recuerdos, resumidos en ese par de regalos y esas fotos que te he robado, son para mí. Los enterraré en el cementerio de los sentimientos, allá donde descansan todas esas cosas que un día fueron importantes para nosotros y que otro, sin saber cómo ni por qué, dejaron de serlo, sin que pudiéramos tomar en esa decisión partido alguno. Descansarán a la espera de resucitar de la mano de algún recuerdo malintencionado, (o tal vez bienintencionado, depende de las circunstancias), y poder regresar junto a nosotros con la misma fuerza que antes o incluso con más aún. En ese cementerio enterraré todos los gritos, todo el odio, todas las frustraciones y desilusiones que nos separaron; tan profundamente que perderán su sentido y al final nos preguntaremos por qué se terminó, y aún separados por el tiempo y la distancia, acabaremos con la bruma del olvido y, tal vez, uno u otro levante el teléfono y busque, al otro lado de la línea, una respuesta a preguntas que ya no tienen ningún significado.

Ahora, simplemente, me marcharé para siempre de lo que un día fue mi hogar. Apenas me llevo nada, pero sé que, en el fondo, me lo llevo todo, incluido el amor por ti que sin querer aún siento. Quédatelo todo, porque nada de eso es importante. Yo me llevo, ocultas en mi corazón, las cosas que realmente importan... Las que nadie me podrá quitar jamás.

Te Quiere:Tu mujer.

SEUDÓNIMO: La mujer de manos frías

(*) Segundo premio del II Certamen "Universo de Cartas de amor y/o desamor"

 








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