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RINCÓN LITERARIO

RINCÓN LITERARIO |
Una fábula cotidiana

José Manuel Muñoz Serrano
martes, 14 de enero de 2020 (16:41:28)

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Relato completo extraído del libro "Trece relatos y una carta de amor"


La historia que estáis leyendo en este momento podría comenzar por el socorrido recurso de «Érase una vez…» o bien «Hace muchos, muchos años…», pero ese no es el inicio que he pensado otorgarle. Aunque contenga algún que otro elemento de los cuentos clásicos, se trata de una pequeña fábula cotidiana, de esas que podemos encontrarnos por casualidad en cualquier momento de la vida, mientras paseamos por nuestro pueblo o ciudad. Así es, porque tal vez si captásemos aquello que, equivocadamente, creemos que es insignificante y le prestáramos la atención que merece, le encontraríamos, sin lugar a dudas, una belleza por descubrir o un gesto tierno y sincero.
De los dos protagonistas, no es necesario conocer su nombre. Tan solo podría deciros, para identificarlos de algún modo, que él es una estatua viviente, de esas que se ven en calles, bulevares, junto a tiendas de perfumes y bisutería, o en alguna que otra plaza o parque público, como un elemento más del mobiliario urbano; y de ella, os comentaría que es una joven opositora, tímida y sencilla, una de esas personas que pasan desapercibidas allá por donde transitan. Sin embargo, más que una estatua viviente y una bella estudiante, si los miramos con otros ojos, con los que van más allá de analizar la capa superficial de lo que hallamos a nuestro alrededor, él sería un príncipe de hielo, hechizado por su vanidad y por desconocer el significado de la palabra amor; y ella, en cambio, una princesa cultivada y errante que vaga por el mundo de las emociones y, cuyo corazón atribulado, busca curarse de las cicatrices del desamor.

Sin más preámbulos, os diré que esta pequeña fábula cotidiana comenzó en una cálida mañana de primavera. La bella princesa se sentó en un banco de hierro forjado de un parque de la ciudad, rodeado de forsythias de bellas flores acampanadas, de glicinas malvas y rosales de una variedad cromática que extraían del día su mejor color. Sin embargo, color en las mejillas era lo que le faltaba a la princesa. Con la tristeza reflejada en su mirar, sacó varios libros de derecho penal de su bolso y fue incapaz de concentrarse en su estudio. Un pañuelo le servía de barrera a las lágrimas que pugnaban por inundar sus acaramelados ojos. Silenciosa, hacía girar un anillo en el dedo anular de su mano izquierda. Frente a ella, un príncipe de hielo permanecía impertérrito, mirándola fijamente, con un semblante de pocos amigos. Parecía encantado por transmitir un porte señorial, una gallardía marmórea que reflejaba en su vestimenta y en la espada que portaba. Por un breve instante, las miradas de ambos se cruzaron y una leve sonrisa alumbró el rostro de la joven. Pero aquello fue una especie de oasis en su desolación. En un brusco gesto recogió los libros, los volvió a introducir en el bolso, y con la misma presteza de movimientos, retiró de su dedo el anillo de compromiso, se acercó a una papelera y lo arrojó dentro, junto a su paño de lágrimas. Se retiró apresurada del banco y solamente se detuvo apenas un segundo para depositar unas monedas a los pies del príncipe de hielo. Éste, con su inconmovible rictus, ejecutó una reverencia a la princesa, que volvió a desbordarse en llanto.

Poco más tarde, el príncipe despertó de su pétreo letargo y se acercó al asiento que sirvió de refugio a la bella joven. Oculto por la inmundicia, el reflejo de un precioso anillo de oro despertó su curiosidad. Sin dudarlo ni un instante, los dedos de hielo lo rescataron y un oculto bolsillo del jubón blanco lo custodió. Aquel anillo podría sacarlo de un pequeño apuro económico, puesto que su reino no era, lo que se suele decir, solvente en bienes materiales. En realidad, así lo pensó en un principio. Pero las iniciales que aparecían impresas le hicieron recapacitar. ¿Cuál de ellas correspondería a la joven? Fantaseó —antes de volver a su realidad de príncipe destronado— con la idea de que una de esas iniciales pudiera corresponder, en un futuro, a su propio nombre.
Al día siguiente, la princesa no apareció por el parque, ni al otro, ni tampoco al otro… Y el príncipe de hielo continuó inmóvil, atento a su llegada y esperándola infatigable día tras día, haciendo contraste con el florecer del parque.

Una tarde, la joven llegó con su séquito de damas, que tomaron asiento en el mismo banco de forja. Ya no había trazos de tristeza en su rostro, e incluso charlaba de manera distendida con sus acompañantes. De vez en cuando, su mirada se cruzaba con la del príncipe y le regalaba una sonrisa. Pero éste sólo le devolvía silencio y un rictus serio e inconmovible. Cuando la princesa y las damas se retiraron, la joven detuvo sus pasos y volvió a depositar unas monedas junto a su trono. Él recibió la acción de la bella princesa con la acostumbrada reverencia, que ejecutaba con garbo a todo aquel que le rendía pleitesía. La princesa le respondió con un gesto de despedida, retirándose discretamente y con ella, adherido a su piel, se fue un suave y embriagador perfume a azahar.
Posiblemente, así hubieran continuado días, meses, años… Sin embargo, cuando la joven se alejaba, la mayoría de las veces acompañada por su fiel séquito de damas, ella dejaba de ser princesa y él, por su parte, estatua de hielo. Ella se confundía entre el bullicio de la ciudad y él recogía sus escasas pertenencias, dirigiéndose a su humilde morada. El hechizo se rompía en el corazón del parque, donde la naturaleza era fiel testigo de las transformaciones de ambos.
Un radiante día de sol, la princesa volvió a acudir a su banco de hierro forjado. Esta vez, acompañada únicamente de sus libros, como el primer día en que ambos se vieron por primera vez.

Una vez acomodada en el asiento, la joven no pudo disimular su sorpresa al descubrir, en un colgante que pendía del cuello del imperturbable príncipe de hielo, su inconfundible anillo de oro. Estuvo tentada de dirigirse a él, de arrebatárselo y arrojarlo a la basura, pero un fugaz pensamiento la detuvo: posiblemente el portador del anillo quería demostrarle que podría vencer su mal de amores, si era capaz de restar importancia a aquel objeto simbólico, que en su momento fue el compromiso previo a su boda, y cuya ruptura, cruel punto final a años de amor por parte de la persona que tanto quería, le provocó interminables desvelos.

Ella debía concentrarse en sus estudios, conducentes a la obtención de una plaza de juez de instrucción. No se conformaba con ser la simple princesa de un reino de hadas, sino que deseaba centrar su atención en otros menesteres más mundanos. Y así, con el corazón atribulado, agradeciendo el gesto del portador del anillo, pero sin expresárselo de manera directa, abrió uno de los libros y comenzó a leer en voz alta, en un guiño de complicidad a su silente príncipe, artículos y disposiciones legales, hasta que, exhausta, se despidió de él, se desprendió de unas monedas que colocó con mimo en un cepillo forrado en papel de plata y le lanzó al aire un pequeño beso con la mano.

Aquellos encuentros, interrumpidos por tediosos días de lluvia, fueron prolongándose en el tiempo… En el príncipe de hielo renacieron emociones olvidadas. La sonrisa se abrió hueco en sus esculpidas facciones dulcificándolas y, cada vez que la princesa se detenía leyéndole los resúmenes de los temas que iba aprendiendo, al levantar la vista, encontraba a su peculiar oyente paralizado en una nueva pose, en un grácil escorzo, en el que ya iba demostrando más delicadeza y menos altivez. Paulatinamente, dejaba aflorar en su cuerpo todo un mar de emociones contenidas…
Un atardecer, la princesa permaneció en su asiento largo rato contemplándolo. Cuando se disponía a marcharse, el destinatario de su mirada le ofreció una rosa roja, tan roja como la sangre que circulaba por el hielo de sus venas.

Aquel sencillo gesto hizo que la joven no pudiese conciliar el sueño. Una y otra vez le daba vueltas a algo que hacía días pensaba ofrecerle, pero que no se había atrevido a llevarlo a cabo hasta el momento…

Al amanecer, la joven se dio un prolongado baño y se maquilló imprimiendo a sus mejillas un rosado arrebol. A continuación se puso su mejor vestido, que realzaba su figura. Tras colocarse el calzado que había comprado para la ocasión y frotar sus muñecas con un nuevo perfume a azahar, se dirigió al parque.

Aquel cambio en su aspecto no pasó desapercibido en el príncipe, que lo celebró con una discreta y divertida danza, antes de volver a la quietud. La respuesta de su princesa fue una cantarina risa y la lectura de unos poemas de amor, con los que quería agradecer los buenos momentos que había pasado teniendo frente a ella su compañía. Cuando se retiró del banco de hierro forjado, ella no introdujo en el cepillo dinero, pero sí en cambio un libro primorosamente encuadernado en piel. El destinatario le respondió de forma inmediata, regalándole un beso en el aire y una solemne reverencia y, ella, en consecuencia, un gracias por todo y unas lágrimas emocionadas.

Al día siguiente, la princesa llegó al parque sin su bolso lleno de libros, pero con la rosa prendida en sus rubios cabellos. Cuando se acercó al lugar donde su príncipe helado se colocaba mañanas y tardes y no lo halló, sintió una profunda congoja. Las piernas le flaquearon y sintió que iba a desfallecer. Se acercó al banco y, nada más sentarse, se dio cuenta de que el libro que le entregara la víspera había sido colocado en una esquina del mismo. Abrió su centenar de páginas en blanco y se detuvo en los trazos de una cuidada letra que atravesaban en diagonal la segunda hoja. Se disponía a leer la breve línea impresa, cuando una penetrante voz a su espalda le susurró: «Tal vez este libro deberíamos escribirlo con nuestra historia…».

Silencio y lágrimas por toda respuesta, y dos corazones latiendo al unísono. Ya no existía ninguna princesa ni ningún príncipe de hielo, sino un hombre y una mujer que, sin ser conscientes de ello, siempre se habían buscado. Por circunstancias de la vida, se habían encontrado en un anodino parque de ciudad, cuando sus vidas estaban a punto de naufragar en un embravecido océano de sentimientos.








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