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Almedinilla domingo, 15 de septiembre de 2019

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Una escapada cordobesa en busca del mejor aceite de oliva del mundo

ROSA MARQUÉS/La Vanguardia
lunes, 11 de febrero de 2019 (09:23:39)

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Manantiales, miradores, villas romanas y callejuelas con flores componen la fórmula idónea para pasar un fin de semana largo al sur de Córdoba, en la D.O Priego de Córdoba

Escultura en bronce del dios Hypnos del Museo Arqueológico de Almedinilla (Rosa Marqués)
Ya lo decía Plinio, El Viejo, considerado el mejor naturalista de la Antigüedad: “El aceite de la Bética, en el fértil triángulo de tierra comprendido entre Corduba, Astigi e Hipalis era uno de los mejores del imperio”. Y no se equivocaba. Más de dos mil años después, la D.O. Priego de Córdoba, que comprende cuatro municipios: Almedinilla, Carbabuey, Fuente Tójar y Priego, atesora más de 1.600 premios, nacionales e internacionales, entre ellos, por ser el más reciente, el de mejor aceite de oliva ecológico del mundo.

La variedad autóctona picuda es la gran protagonista, puesto que cubre el 60% de este territorio

“La gran mayoría de nuestro olivar es de sierra, con pendiente, tradicional y centenario/milenario y está anclado en el parque natural Sierras Subbéticas, declarado recientemente Geoparque por la Unesco”, comenta Paqui García, Secretaria de la D.O. quien añade que “ la variedad autóctona picuda es la gran protagonista, puesto que cubre el 60% de este territorio”.

Día 1: Priego de Córdoba

Por carretera, una vez que te adentras en el parque natural de Sierras Subbéticas, las suaves lomas de la campiña cordobesa se convierten en montañas de rocas calizas: riscos, tajos, manantiales y extensos campos de olivos. A medio camino entre Córdoba y Granada, la localidad de Priego desempeñó un papel estratégico durante la época musulmana.

Los olivareros ya llevan desde mediados de octubre recolectando la aceituna de la variedad picuda para obtener así el mayor número posible de matices (“nuestras almazaras elaboran aceites verdes e intensos”, nos comenta Paqui). “Después se continúa con la hojiblanca y picual”. En la ciudad, que le da el nombre a la denominación y el núcleo urbano más poblado de la zona, se vive una temporada alta casi constante. Independiente del atractivo del universo del aceite, desde los años noventa se ha convertido en una base de operaciones perfecta para senderistas y familias.

La ciudad fue capital de una de las Coras de Al Andalus, próspera en el siglo IX. También rica entre los siglos XVI al XVIII, gracias al cultivo de la seda, de todo ello hablan aún sus iglesias barrocas de las que presumen con razón los prieguenses.

Otra de sus señas de identidad es el turístico barrio de La Villa, al que se accede a través del entorno del castillo (una fortaleza árabe reformada del siglo XIII al XV), una pequeña red de calles estrechas que nada tienen que envidiar al Albaicín granadino, repletas de macetas, que las mujeres de familias humildes han cuidado con mimo.

Calle estrecha llena de flores en el barrio la Villa de Priego de Córdoba

Después de callejearlas se desemboca, de repente, en un mirador abierto al campo, al olivar y a las huertas, donde comienza a entenderse la relación de esta tierra con el oro líquido que produce. Es el llamado Adarve, un tajo de más de cincuenta metros de altura que garantizó durante años la inexpugnabilidad de Priego. Aquí tres fuentes emanan agua constantemente para “saciar la sed del caminante”, como reza el panel informativo, y es uno de esos lugares donde sentarse en sus balcones a ver el atardecer o el amanecer o una noche estrellada sin prisa.

Adarve, un mirador objetivo de muchos selfies

En este mirador la estatua de un niño agarrado a su baranda es el objetivo de muchos selfies; una estatua que sigue homenajeando a uno de sus hijos adoptivos predilectos: Joselito, El Pequeño Ruiseñor, quien rodó en este paraje la película Saeta del Ruiseñor (1957) y del que, minutos antes de adentrarnos en el barrio de La Villa, en la barra del restaurante Zahorí, hemos estado hablando. Su presencia es total. Una fotografía del Joselito actual, ajado por los años, y abrazado esta vez al propietario del restaurante Zahorí, cuelga de la barra del bar entre otros objetos de culto: vírgenes, santos y escudos futbolísticos…

Después sentados en la cálida terraza del Zahorí, tomando un aperitivo frente a la iglesia de la Señora de la Asunción y a una fuente cantarina, el propietario nos ha regalado un sinfín de anécdotas de Joselito que, al parecer, sigue siendo un incondicional más de esta localidad sembrada de fuentes.

Porque hay que decir que las fuentes de Priego es otra manera de recorrerla hasta caer rendidos ante la grandiosidad de la Fuente del Rey (del siglo XIX) con sus 139 caños de agua proveniente de la Fuente de La Salud (s. XVI), el manantial que abastece a toda la población. Y tampoco hay que pasar por alto las joyas barrocas que son en sí mismas sus iglesias, pero que alcanzan el clímax en la ermita de la Aurora, del siglo XV.

Iglesia del Calvario

Subir a la iglesia del Calvario, en la parte más alta es también una forma de hacerse una idea de la intensidad del Viernes Santo prieguense. Ese día grande, el Nazareno, en una alocada procesión cual Virgen del Rocío, asciende hasta aquí para echar la bendición a los hornazos que levantan todos los paisanos. Para los amantes de la Semana Santa, esta es una experiencia más que recomendable.

Día 2: Almedinilla y Zagrilla

La localidad de Almedinilla es otra visita obligada. Esta villa, a solo 10 minutos de Priego en coche, puede presumir de contar con una de las zonas arqueológicas más interesantes de la provincia, además de un bello casco histórico de fuentes y callejuelas de blanco impoluto como es denominador común de la zona.

El Museo Arqueológico de la ciudad organiza una visita guiada que parte de sus instalaciones y recorre los dos yacimientos más importantes de Almedilla: el poblado íbero y la villa romana. En el lugar que ocupó un antiguo molino harinero que también fue almazara, sorprende este espacio museístico bien nutrido, abrazado por un paraje de esos que ya por sí solos merecen una visita. Está a los pies de la Sierra de Albayate y se conoce como la Fuente de Ribera. Desde aquí parten las acequias que riegan las huertas y diferentes rutas senderistas, como la que te lleva en paralelo al río, y que alcanza la cascada del Salto del Caballo (un paseo encantador de 1 km entre la ida y la vuelta). Otros senderos conectan con el poblado íbérico del Cerro de la Cruz y la Villa Romana del Ruedo (ambas incluidas en la visita que se organiza desde el propio museo).

Escultura en bronce del dios Hypnos del Museo Arqueológico de Almedinilla

Una de las salas de este está completamente dedicada al olivo y a los aperos antiguos del trabajo en el campo. En otra, vemos cerámicas, armamento, ajuares funerarios íberos… y en la dedicada a la Villa Romana de El Ruedo, nos tropezamos con la escultura en bronce del dios grecorromano Hypnos, divinidad del sueño, encontrado en el yacimiento, “la personificación en bronce de un dios risueño, con unas alas en la cabeza que lo llevan volando por el mundo y esparciendo la noche”. Por cierto, como curiosidad “en una de las manos lleva opio con el que va generando el sueño de la población”, explica el guía. Ahora entiendo mejor por qué tiene esa risilla.

Tarta de queso de Zagrilla, según los lugareños, la mejor del mundo

Después de la visita que finaliza a las 13.30 en la villa romana, es hora de almorzar. La localidad ofrece numerosas opciones, pero decidimos poner rumbo a Zagrilla, otra aldea próxima, a unos 20 minutos en coche, donde se encuentra uno de los restaurantes más pintorescos de la zona: Fuente de Zagrilla. Y como el tiempo lo permite, estamos dispuestos a pasar una larga sobremesa en su terraza.

El restaurante, a pie de un manantial es el lugar perfecto para que niños y adultos puedan esparcirse un rato sin más tarea que mirar los patos nadando en una fuente, escuchar el rumor del agua que brota del manantial, y probar algunos de los platos locales más conocidos: el remojón de bacalao, una ensalada a base de este pescado y acompañada de naranja, aceite de oliva, pan de higo casero, granadas y cerezas (regado con aceite de oliva virgen extra); las típicas collejas, una planta silvestre que se come en un revuelto de huevo; y el solomillo zagrillero al horno, relleno de jamón, champiñón y almendras, además de unos postres para quedarse a vivir: las gachas y la que dicen aquí “es la mejor tarta de queso del mundo”, y con razón.

Durante la comida, los paisanos vienen y van a rellenar sus garrafas de agua en el propio manantial que brota de las piedras: “Mi abuela siempre venía aquí con su botijo para llenarlo de agua fresquita y yo, cada vez que vengo al pueblo hago lo mismo”, nos comenta Jose, que está pasando unos días en la antigua casa de sus abuelos. A unos metros, en un antiguo lavadero que aún se conserva, otro vecino rellena varios recipientes. Los niños lo miran, sonríen, y él se saca del bolsillo una bolsa con magdalenas recién horneadas y las reparte entre ellos antes de cargar su vehículo con la garrafas y marcharse por donde vino saludándonos cariñosamente. Un abuelo universal.

Día 3: El olivar milenario

La mañana despierta cubierta de niebla. Amenaza con llover y barajamos la posibilidad de cancelar la última visita. Pero marcharse sin conocer uno de los olivos más antiguos de la península, que está a otros veinte minutos en coche, sería perder una oportunidad. El llamado Olivo Gordo, que goza de plena salud, tiene más de 1.000 años y se encuentra ubicado en una finca privada en Brácana, a seis kilómetros de Almedinilla, un terreno propiedad de la familia de Aceites Vizcántar y a la que pertenece Fermín Rodríguez, encargado de realizar la visita y la cata posterior, y con quien hablamos: “Yo llevo más de una década organizando esta ruta. Me siento honrado con este olivar y estoy viendo cómo ponerlo aún más en valor porque es una joya. Esta excursión la llamamos la Ruta por los Olivos Milenarios y es una de las más especiales a pie de olivar porque se dan a conocer algunos de los ejemplares más antiguos que tenemos”, nos cuenta.

La longeva vida de los olivos se asocia la altitud a la que se encuentran y a la piedra caliza de la tierra

Durante la hora y media que dura Fermín desarrolla una auténtica clase práctica de historia del olivar, de variedades, de la edad de cada una de ellas, del cultivo, de la poda… “También me gusta contar por qué duran tanto tiempo sin morir estos olivos, un hecho que tiene mucho que ver con la altitud a la que se encuentran, a 650 metros sobre el nivel del mar, y por la cantidad de piedra caliza que tiene esta tierra, que conserva mucho más el jugo de la lluvia”.

Precisamente la lluvia ha aumentado de intensidad y en el grupo que tiene hoy Fermín, con gente venida de todo el mundo, se da por hecho que la visita no se pospone. Le pregunto si con este tiempo vamos a poder acercarnos al olivar, y me mira sorprendido: “Aunque nos embarremos bajamos. ¡Es una oportunidad única!”. Cuando ya estamos a unos metros entiendo lo que quería decir: El Gordo es único, es bellísimo, es una presencia con una fuerza telúrica tremenda. Sus formas se retuercen como arrugas de un rostro que mira sobre el tiempo. Es como estar ante un dinosaurio vivo. ¡Sí, exacto! ¡Es un ser vivo de 1.000 años de antigüedad! Lleva hundiendo las raíces en esta tierra tanto tiempo que podría haber dado sombra a decenas de personajes de todas las épocas…

Este olivar es el resumen de todo cuanto hemos estado escuchando estos días. Él es el aceite. Él es el pasado y el presente. El centro de todo. La divinidad. El patrimonio es él. Cuando nos acercamos a su peana, a pesar de la lluvia, se hace un silencio. Todos lo miramos embelesados. Cada uno lo percibe a su manera. Minutos después, la voz de Fermín se escucha entre la lluvia: “Ahora sí”, nos dice. “Ahora sí podemos volver sobre nuestros pasos e iniciar la cata a aquellos a los que le apetezca”.

Cuaderno de viaje

Cómo llegar: Para moverse entre las localidades que están muy próximas unas a otras, lo mejor es disponer de vehículo propio. Priego está a unos 100 km de Córdoba, y en la estación de autobuses de esta última, frente a la de trenes, se puede alquilar un coche para estos días.

Dónde dormir: Existen numerosas posibilidades para todos los gustos y para todos lo bolsillos, aunque al ser un destino de senderistas y cicloturistas, el número de oferta rural es mayor. Si decidís alojaros en Priego, en el barrio de La Villa (aunque habrá que aparcar el coche en un párking porque hasta aquí no se puede acceder) encontraréis decenas de posibilidades de casitas rurales: Casa Azahar, La Posada Real… aunque probablemente una de las mejores ubicadas sea La Casa del Mejorato, con vistas al Adarve, aunque también Ekotel ofrece estas fantásticas vistas. Para los que prefieran un hotel con historia, en la ciudad, la Hospedería San Francisco (del siglo XVI) es un antiguo convento. También el hotel Patria Chica, una casa solariega de de 1913.

Alojarse en Almedinilla también es otra posibilidad. En la Hospedería La Era se ofrecen numerosas actividades por el entorno, además de calidez y una cocina local hecha con cariño. Casas rurales por la zona hay multitud. Pero si el encanto de Zagrilla, a 7 km de Priego, te enamora y quieres pasar unos días en una casa de pueblo, con piscina abierta todo el año, Fuente Zagrilla I y II, es perfecta. También por la zona se encuentra el Hotel Villa de Priego, cuya arquitectura recrea un pueblo cordobés con 52 villas-apartamentos.

Dónde comer: Degustar una cocina donde “se mima el aceite de oliva”, como reza su eslogan, y se preparan platos típicos de la zona como revuelto de collejas, rabo de toro, flamenquines, etc… hay muchas posibilidades. Pero en Priego son sobre todo recomendables los restaurantes La Ribera, pequeño y acogedor, que hace maridajes con sus aceites; el restaurante Río, en cuya planta alta podrás probar los platos más típicos de la zona, y la hostería Rafi, además de El Balcón del Adarve. En Zagrilla el restaurante Fuente de Zagrilla es uno de los más pintorescos de la zona, y en Almedinilla, la Hostería La Era y El Rincón del Acebuche.

Otras visitas: Por proximidad y porque si vas con niños (o no tan niños) la escapada merece la pena, la Vía Verde de la Subbética, por donde discurría el antiguo tren del aceite, ofrece unos paisajes bellísimos rodeados de olivares que se pueden hacer o bien caminando o en bicicleta, que podrás alquilar en Doña Mencía, a pie de Vía Verde, en el Centro Cicloturista Subbética. Allí os diseñarán una ruta a vuestra medida, además de ofrecer la posibilidad de devolver al grupo al punto de retorno para mayor comodidad, además de otros servicios.








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