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OPINIÓN | Educación
Enseñar desde el cerebro del que aprende

Miguel Ángel Santos Guerra
lunes, 18 de febrero de 2019 (20:36:35)

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El foco de la didáctica debe trasladarse del que enseña al que aprende. No tiene mucho sentido decir que enseñamos muy bien si nadie aprende. No es lógico hablar de calidad de la enseñanza cuando no existe un buen aprendizaje. Es como el comerciante que dice: ”Yo vendo, pero no compran”. Si nadie compra no se podrá pensar que tenemos un buen vendedor. O lo que vende no vale para nada, o pone unos precios excesivos, o hay una competencia eficaz, o quien vende tiene un carácter insoportable, o no está en el mercado a las horas en que los clientes compran. No hay calidad de ventas si nadie compra.

José Antonio Fernández Bravo, excelente profesor, magnífica persona y entrañable amigo, publicó en 2017 un opúsculo que lleva por título el que le he pedido prestado para este artículo. Con algunas de las ideas y anécdotas de ese opúsculo (se las he escuchado también en alguna conferencia) está circulando un vídeo por la red en el que, con algunos significativos ejemplos, hace patente su idea matriz: hay que enseñar partiendo de la mente del que aprende.
Me remito a algunos de esos ejemplos y añado otro que me ha llegado de muy lejos.
Un día le pregunta a un niño:

– Si tienes tres caramelos, ¿puedes comerte cinco?
El niño contesta con aplomo:
– No.
– Muy bien. ¿Por qué?, pregunta el profesor.
– Porque vomito, responde el niño.

José Antonio, que goza y nos hace gozar de un agudo sentido del humor, dice: “busqué la foto del niño y, en su expediente, escribí: No razona”. “Días después, añade, la madre del niño me dijo que había comido muchas chucherías y se había puesto malo. Descubrí entonces que el niño estaba aplicando una lógica implacable. No puede comer cinco caramelos porque vomitará”. Una lógica secreta que hay que descubrir. No es que no tenga lógica, es que tiene una lógica subrepticia que hay que conocer para saber cómo funciona su mente.

Cuenta José Antonio que un día preparó la programación del aula tratando de hacerles distinguir el objeto en sí de su representación. Buscó una lámina de un plátano y preparó la sesión. Les diría que se comieran el plátano y ellos responderían que no era posible porque no se podía comer, porque no había un plátano sino un dibujo del mismo.
Llegó la hora de la clase. Les mostró la lámina.
– ¿Qué es eso?, preguntó
– Un plátano, respondieron a coro.
– Ahora vais a comerlo.

Él esperaba que dijeran que no se podía comer, pero todos hicieron el consabido gesto de la mano llevada a la boca mientas decían ñam, ñam, ñam…
– ¿Está rico?
Y ellos dijeron con entusiasmo:
– Síiiii.
– Mi abuelo dice que tengo que comer uno cada día, dice un niño.
– Mi abuelo se va a venir a vivir con nosotros, dice otro.

José Antonio concluye que el eje temático, a partir de ese momento, no fue ya el objeto y su representación. El núcleo de trabajo comenzó a ser el abuelo. Los niños le llevaron a otro tema, a su tema de ese momento.

José Antonio habla de lo importante que es escucharles, observar con atención lo que hacen, analizar con rigor lo que dicen. Es muy importante saber quién es el que aprende, cómo piensa, por

qué dice lo que dice, por qué hace lo que hace.
“Tus silencios son los que conquistan su voz”, dice José Antonio. Con cuánta razón. Dice que fueron los aprendices quienes le han enseñado a enseñar, quienes se han convertido en sus maestros. Añade que aprendió a imaginar respuestas que jamás se le hubieran ocurrido.

Un día les pregunta en la clase:
– Quién me dice el nombre de tres futas.
– Tres melocotones, responde un niño.
– Te pregunto el nombre de tres frutas, precisa el profesor.
– El niño insiste:
– Tres melocotones son tres frutas.

El profesor, con la ayuda de otros compañeros del niño, acaba consiguiendo que diga el nombre de tres frutas: melocotón, pera y plátano.

A los pocos días leen los niños en el libro de texto el siguiente enunciado: En una cesta has tres melocotones y dos peras, ¿cuántas frutas hay?
Un niño contesta:
– Dos.

José Antonio comenta con ironía: Claro, es que tiene razón. O la lié yo antes o la ha liado él ahora. Esto tenemos que aclararlo. Se pregunta: ¿qué me enseñaron los niños? Y se responde: todo. No existe método de enseñanza superior ala capacidad de aprendizaje del ser humano. Cuando el método falla, cuando no produce aprendizaje, hay que cambiar el método.

Hay miles de anécdotas al respecto. Cada docente podría aportarlas a cientos. Aportaré una más Diré dónde la he encontrado. Me regaló mi amigo Perico, Director de la Editorial Homo Sapiens, un CD con historias del humorista argentino Luis Landrisina. Hay varias que, según él mismo dice, le han contado algunos maestros. Voy a hacer referencia a una de ellas porque tiene que ver con ese pensamiento mágico, con esa lógica peculiar de los niños de la que algunas veces he hablado en este mismo espacio.

Un maestro les dice a los niños en el aula que no todas las culebras son peligrosas y dañinas. Al contrario, algunas, además de inofensivas, son beneficiosas para la zona que habitan. Uno de los niños de la clase levanta la mano:
– Maestro, ¿qué significa inofensiva?
El maestro, como tantas veces sucede, echa mano de un símil.
– Mira, le dice, tú has visto que hay petardos que hacen daño y otros que no lo hacen. Los que no son perjudiciales llevan en la cajita este texto: Petardos inofensivos. ¿Lo has entendido?
– Sí, maestro, dice el niño con aplomo.
– ¿Qué significa entonces que una culebra es inofensiva?
– Que no explota.
Su lógica no es la que nosotros esperamos, pero es su lógica. Tenemos que saber cómo se produce ese razonamiento. Es preciso conocer cómo funciona la mente de los niños y de las niñas. Lo he dicho muchas veces: para enseñar latín a John, más importante que conocer latín es conocer a John.
Hay algo más en los textos, en las conferencias y en el breve vídeo de José Antonio. Se nota una gran cercanía emocional a los niños y a las niñas, una gran pasión por la tarea, un profundo amor a la infancia: “Me hice maestro, dice, para actuar con amor sobre el espíritu del aprendizaje”. Ahí está la clave.








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