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OPINIÓN | Educación
La vaca, el zorro y el pajarito

Miguel Ángel Santos Guerra
lunes, 21 de enero de 2019 (17:05:29)

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Conozco desde hace muchos años una fábula que han devuelto a mi mente algunas preocupaciones educativas recientemente estrenadas. Tengo una hija que está dando sus primeros pasos en la adolescencia. Y la veo tan ingenua, tan confiada, tan desvalida ante los peligros que la acechan, que la quiero dedicar esta fábula antes de que sea tarde. Va dirigida también a todos los padres y madres que tienen hijos o hijas en esta etapa en la que sus vástagos han dejado la niñez y no han llegado a la vida adulta. También va dirigida a todos aquellos educadores que trabajan con esta compleja etapa en la que los alumnos piensan que lo saben todo y que quienes les aconsejan no saben nada del nuevo estilo de vida del que ellos son maestros, no aprendices.

Cuento primero la fábula y luego aplico las tres moralejas a los hechos de una realidad inquietante. Sé que no es fácil escarmentar en cabeza ajena. Sé que estas lecciones suelen resultar inútiles para quien piensa que no las necesita. Aquí está, por si acaso.

Una vaca está pastando tranquilamente en el prado cuando ve que un pajarito se cae del nido cerca de donde corretea un zorro. La vaca, enternecida y temerosa por el peligro que corre el pajarito, defeca sobre él para ocultarle a los ojos del zorro. Si no le ve, si no le huele, podrá salvarse del inminente riesgo. Luego tendrá ocasión de limpiarle a lametazos convenientemente cuando el zorro se haya ido. Pero el pajarito, que se asfixia debajo de la capa caliente de la bosta, comienza a piar de forma desesperada. El zorro levanta sus orejas prestando atención y tratando de identificar el lugar de donde procede el angustioso piar. Corre veloz hacia el montón de plasta y escucha los piidos del pajarito. Lo coge con la boca, lo lava en el río y se lo zampa en un instante.

De la fábula se desprenden de manera evidente tres moralejas. Primera: alguien te puede llenar de mierda con buena intención. Segunda: Alguien te puede sacar de la mierda con mala intención. Tercera: Cuando estés lleno de mierda no digas ni pío.

Los padres y los profesores exigen a los hijos y a los alumnos muchas cosas que no quieren hacer, les plantean recomendaciones que no les gustan, les ponen límites que ellos desean traspasar, les reprochan aquello que no hacen bien, les niegan permisos que solicitan sin cesar, hasta les castigan para que se enmienden cuando se han portado mal. Restricciones en el uso de móvil, recortes en lo horarios de regreso, negativas en la solicitud de regalos, demandas contundentes sobre el comportamiento, exigencias respecto a los estudios, reconvenciones sobre los amigos, colaboración en el establecimiento del orden en la casa… Todo necesario. Nada placentero.

Acabo de recibir al respecto una anécdota significativa. Está contada en inglés. Presento aquí la traducción de lo que el padre va diciendo al describir y explicar las imágenes que va grabando desde un coche que sigue despacito los pasos de una niña que va caminando con su mochila escolar a la espalda.

“Buenos día y feliz lunes para todos. Es un feliz lunes para algunos de nosotros. Un breve contexto para el vídeo que estoy grabando. Esta hermosa dama es mi hija de diez años que por segunda vez ha sido expulsada del autobús escolar por hacer bullying a otro estudiante. Déjenme ser extremadamente claro: el bullying es inaceptable, especialmente en mi casa. El viernes pasado me trajo la notificación de su expulsión del transporte escolar. Ella me dijo: Papi, me vas a tener que llevar al cole la próxima semana. Como ven, esta mañana ella está aprendiendo la lección de otro modo. Muchos chicos, hoy en día, creen que lo que hacen sus padres por ellos es un derecho y no un privilegio, como llevarles a la escuela por la mañana o trasladarlos en autobús por las mañanas. Por eso hoy mi hermosa hija va a caminar 5 millas (ocho kilómetros) para ir a la escuela con 36º de temperatura (2º C). Sé que muchos padres no estarán de acuerdo conmigo. Creo que estoy haciendo lo correcto para darle a mi hija una lección y que no siga acosando”.

No sé si yo hubiera actuado así en un caso similar. Tengo mis reservas sobre los castigos. Porque temo que, con ellos, se aprenda a hacer las cosas bien por el miedo a recibirlos y no por el sentido del deber.

Voy a la primera moraleja. La “caca” de la dureza, de la exigencia, del dolor, molesta y huele mal. Preferiríamos estar lejos de ella. Preferiríamos no verla, no sentirla. Alguien nos la pone encima por nuestro bien. Para protegernos de los enemigos que nos pueden destruir: la indolencia, el abuso, la insolidaridad, la falta de respeto, las pésimas influencias, la destrucción…

Sin esa protección que resulta a veces dolorosa, sin esos límites, sin esas negativas, sin esa “caca” que molesta, el pajarito (el adolescente) no hubiera seguido vivo un segundo. Si se hubiera quedado calladito al resguardo de la coraza brindada por su protectora, se hubiera salvado.

Segunda moraleja. Existen personas que te quieren apartar de esas exigencias dolorosas con mala intención, con la intención de conducirte a la pereza, a la desobediencia, a los porros, al alcohol, a la delincuencia.

Hay personas que pretenden sacar a otros de esa capa de severidad y de exigencias que imponen los padres y los profesores. Este proceso es frecuente en la adolescencia, una etapa en la que los pares tienen una influencia extraordinaria. Más importante que lo que digan las familias y la escuela es lo que diga la pandilla. Hace falta ganarse su beneplácito. Y se gana siguiendo sus recomendaciones, sus consejos, sus decisiones.

Esas personas que buscan víctimas están camufladas bajo la máscara de un programa de televisión, de un unos anuncios tramposos, de unas organizaciones mafiosas, de unas pandillas sin moral.

El incauto pajarito caerá fácilmente en la alegría de la liberación. No más normas, no mas “caca”, no más exigencias trasnochadas.

La tercera moraleja se refiere a aquellos mecanismos que permiten al enemigo detectarnos. Cuando estamos cubiertos por la capa de la severidad, es fácil caer en la tentación de quejarse, de despotricar contra quien te exige, de maldecir la suerte de la obediencia. Ese piar nacido de la desafección y el malestar hace que se acerquen quienes han descubierto así la víctima propicia.
El enemigo te limpiará de obligaciones y de protecciones exigentes con la finalidad exclusiva de hacerte suyo y devorarte:

– No le hagas caso a tus padres, son unos rancios y unos anticuados.
– Olvídate de los consejos de tus profesores, son unos carcas.

Si no está uno precavido, es fácil caer en esa trampa. Piar y piar de manera imprudente, alertará a quien está buscando una presa. Se puede piar presencialmente, se puede piar telefónicamente, se puede piar en la red. No conviene olvidar que hay quien está muy atento a las señales que emite una víctima. Los lamentos resultan luego tardíos. El pajarito de la fábula no tuvo tiempo de emitirlos. Fue devorado sin contemplaciones. Era tarde para cualquier rectificación.








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