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¡Te pillé!

Miguel Ángel Santos Guerra
sábado, 17 de noviembre de 2018 (09:46:12)

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Conozco docentes obsesionados porque los alumnos no les engañen en las evaluaciones. Y para ello ponen todos los medios posibles e imaginables al servicio del control: les retiran los apuntes donde no puedan ser alcanzados, cuentan minuciosamente las fotocopias de las preguntas (si falta una ha podido ser sustraída fraudulentamente), colocan a los alumnos en lugares distantes para que no puedan susurrarse las respuestas, vigilan de forma intensa, tratan de detectar la copia cuando corrigen, procuran descubrir los cientos de estrategias que se han inventado en el arte de la copia…

Cuando encuentran a un alumno copiando, cuando sorprenden a una alumna que está haciendo una trampa, tienen un sentimiento incontrolado de victoria:

– ¡Te pillé!, dicen orgullosos de su astucia.

También he conocido alumnos que han intentado (y a veces conseguido) el éxito a base de trampas. Han conseguido los exámenes previamente, han copiado o han dado el cambiazo del ejercicio que han hecho por otro que llevaban preparado. Algunos realizan unos esfuerzos tan sofisticados para aprobar fraudulentamente que supera el trabajo que tendrían que hacer para conseguirlo de forma honrada.

Sé que hay estrategias tramposas no solo individuales sino colectivas, es decir de todo el grupo. Una profesora de historia dictaba las preguntas del examen mientras pasaba las páginas del libro delante de sus alumnos. Nunca las anotaba. Cinco preguntas siempre. Los alumnos acordaban contestar a cinco preguntas que habían seleccionado y preparado previamente (todos la misma, claro). Un acto solidario en busca de resultados. Un engaño masivo.

En la medida en que la evaluación se realice a través de exámenes habrá más posibilidades de que haya trampas. Si la evaluación fuese continua, habría menos posibilidades de distorsión y mucha más confianza en que todo transcurriría de forma confiada y transparente.
Pero, claro, hay pruebas que no pueden sustituirse por la evaluación continua. Pienso, por ejemplo, en las oposiciones o en las pruebas externas en general.

Nunca he estado obsesionado por ganar ese pulso de astucia. Probablemente me hayan considerado un ingenuo. He preferido confiar plenamente en mis alumnos y alumnas y, de la misma forma, he querido que ellos y ellas confiasen en mí. He preferido ser ingenuo a ser justiciero. Ser comprensivo a ser cruel.

De todos modos, creo que es necesario crear un clima de transparencia y de honradez. No me gustan las trampas. Ni las que tienden los profesores a los alumnos ni las que practican los alumnos para engañar quienes les evalúan.

He recibido una historia muy significativa al respecto. La voy a compartir con mis lectores y lectoras. Creo que encierra algunas interesantes enseñanzas.

Tres estudiantes no se prepararon para un examen y decidieron no presentarse con el fin de ganar tiempo y poder hacerlo. Elaboraron un plan para conseguir que el profesor hiciera una nuevo examen a los tres. Se ensuciaron con grasa negra, aceite y residuos del escape de un coche. Y fueron a ver al profesor con cara da de inocentes.

– Profesor, le pedimos disculpas. No pudimos venir al examen ya que fuimos a una boda y, de regreso, el coche tuvo un accidente. Por eso estamos tan sucios, como puede ver.
El profesor aceptó las excusas y accedió al aplazamiento. Les dijo:

– Podéis preparar el examen durante una semana y, una vez finalizada, fijamos la nueva fecha.
Pasada la semana de estudio de los tres estudiantes, el profesor fijó la nueva fecha, indicando el lugar y la hora. Llegado el momento, colocó a cada uno en un aula diferente. Y les entregó en un sobre las 4 únicas preguntas que debían responder:

1. ¿Quién se casó?

2. ¿A qué hora se accidentó el coche?

3. ¿Dónde exactamente se produjo el accidente?

4. ¿Cuál es la matrícula del vehículo?

Debajo de las preguntas aparecía la siguiente nota: Si las respuestas son idénticas, tendrán la posibilidad de hacer el nuevo examen. ¡Buena suerte!

Se puede deducir fácilmente cuál fue el resultado de aquel curioso examen. De lo cual se derivan dos moralejas complementarias:

Moraleja 1: Hagas lo que hagas, jamás pretendas hacer tonto a alguien más viejo que tú, más leído que tú, más viajado que tú y más trajinado que tú.

Moraleja 2: ¿Quieres un 10? Te lo pongo. La vida se encargará de suspenderte y ponerte un cero.

Hasta aquí, el relato que he recibido. Respecto a las moralejas he de hacer dos salvedades. La primera encierra un planteamiento peligroso. Es la idea de quién engaña a quién. Es el desafío que se produce cuando tratamos de ver quién es más listo o más sagaz que el otro. No me gusta ese modo de actuar. Yo prefiero hacerlo desde la confianza y no desde la sospecha, desde la sinceridad y no desde el engaño. Hay que actuar honestamente no porque no se pueda engañar al otro sino porque no se quiere ni se desea hacerlo. Creo que esta primera moraleja peca por defecto de lo que la segunda plantea por exceso. No es verdad que la vida corrija siempre esa forma de proceder tramposa. Muchas veces la acrecienta y la subraya. Es como si el ejercicio de las trampas te hiciese más eficaz en su manejo y en sus resultados.

En lo relacionado con las trampas que se pueden hacer en la evaluación mantengo una postura que está alejada de la obsesión por el control y de la ingenuidad bobalicona. No me gustan las trampas, ni la copia, ni el plagio, ni la falsedad. No todos los evaluados son tramposos potenciales. Y tampoco me gusta la estupidez de quien da pábulo a la falsificación y al engaño. No todos los evaluados son honestos. Abogo por la confianza en las personas y por la honradez en las prácticas.
Si descubriese a alguien copiando, no diría con satisfacción victoriosa: ”te pillé”. Me preguntaría con inquietud y tristeza: “¿en qué he fallado?”.








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