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La generación del yo-yo y del ya-ya

Miguel Ángel Santos Guerra
jueves, 31 de mayo de 2018 (09:37:39)

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Me envía Cristina Gutiérrez, directora de la Granja Escola (Santa María de Palautornera, en el Montseny de Barcelona), una información sobre dos experiencias que van a poner en marcha. Una se refiere a la organización de “Colonias emocionales de verano”, la otra se denomina “La generación del yo-yo, ya-ya”. No he podido por menos de felicitarla por esta segunda iniciativa porque me parece que ha dado en el clavo.

Pienso con ella que estamos asistiendo a la aparición de un fenómeno inquietante, que es fruto de muchos factores confluyentes. Unos relacionados con la sociedad, otros con la escuela y algunos con la familia. Hablo del surgimiento de la generación del yo-yo y del ya-ya. No afecta a todos los niños y jóvenes de la sociedad, ya lo sé. Pero sí a una buena parte.

La denominación “yo-yo” hace referencia a ese egoísmo exacerbado de algunos niños y jóvenes que se consideran el centro del universo. Todo lo demás ha de girar a su alrededor. Yo, mi, me, conmigo. Esos son los lemas de su vida. Los principios que rigen su filosofía.

Cuando era estudiante de bachillerato, el profesor presentaba una máxima en el encerado cada semana. En una ocasión, escribió: “Lo mejor y lo primero, para mi compañero”. Un espabilado, digno de pertenecer a la generación que describo, corrigió: “Lo mejor y lo primero para mí, compañero”. Es la consigna que preside sus actitudes, sus pensamientos y su acción.

Sin haberse ganado nada creen merecerlo todo. Quienes les rodean, tienen que estar a su servicio porque ellos solo tienen derechos, no obligaciones. Padres y profesores son sus criados, sus sirvientes. Los primeros les entregan cosas (comida, ropa, dinero, diversiones, cuidados…); los segundos, les dan conocimientos. Y todos, afecto.

No hacen la cama, no ponen la mesa, no cuelgan la ropa, no limpian la casa, no recogen las cosas. Exigen dinero, buscan comodidad y se enfadan cuando no les compran lo que desean o les rompen la tranquilidad…

Para ellos solo importa el pronombre posesivo de primera persona: “mi” interés, “”mi” necesidad, “mi” satisfacción, “mi” gusto, “mi” comodidad, “mi” capricho… Lo que quieran o necesiten los demás es secundario o, lo que es peor, irrelevante. Dice el jansenista Pascal que “la naturaleza del egoísmo consiste en no amar más que a uno mismo”.

Cuento, para referirme a esa actitud individualista extramada, la anécdota de una madre que pide limosna con su hijo. En un momento determinado ella le dice a su vástago:

– Hijo, qué pena esta vida, tener que pedir limosna, con la vergüenza que da pedir, con la insolidaridad que hay. Unas veces a veces hace mucho frío, otras muchísimo calor…

El hijo escucha atentamente las palabras desoladas de su madre y le dice con enorme aplomo y convicción:

– Mamá, tú no te preocupes por mí. No te preocupes por mí porque estoy seguro de que el día de mañana yo voy a ser multimillonario y tú, mamá, ya solo tendrás que pedir para ti solita…

La generación del yo-yo es también la del ya-ya , es decir la que se caracteriza por mantener una actitud de urgencia en la satisfacción de los deseos. Quiero esto y lo quiero ya.

Mañana o pasado mañana son conceptos temporales insoportables a la hora de tener lo que quieren. ¿Para Reyes? Eso es como para otra vida. ¿Para el próximo curso? Es como decir para después de la eternidad. No. Para ellos y ellas solo hay ahora. Solo existe la inmediatez.

¿Por qué esta configuración psicológica egoísta? Pienso en algunas causas. Esos dos rasgos nacen de la ausencia de resistencia a la frustración. Los militantes de esa generación del yo-yo y del ya-ya no son capaces de recibir un no como respuesta a una demanda. Recuerdo haber leído hace unos meses en la prensa el caso de un adolescente que mató a su madre porque no le quiso comprar un i-pad o algo que demandaba con no menor dureza que urgencia.

Otra causa es la intransigencia. No hay diálogo posible. No hay razonamiento válido. No hay negociación posible. No se acepta ni un mínimo aplazamiento. Quieren esto, aquí y ahora. No importa el precio, no importa la distancia, no importa la conveniencia.

La tercera causa es la sobreprotección de la familia. Piensa por ellos, decide por ellos, trabaja para ellos. Se les ahorran los esfuerzos y se les da todo antes incluso de que lo pidan.

Una cuarta causa es el síndrome acumulativo. Haberlo conseguido una vez no solo no calma el impulso sino que lo retroalimenta, de tal manera que se convierte en una hábito. Estar acostumbrado a conseguir lo que se pretende no disminuye sino que incrementa el deseo de satisfacción del nuevo deseo.

Hay una quinta causa que es la comparación que hacen unos con otros. Es un motivo de orgullo mostrar la facilidad y rapidez con la que cada uno consigue las cosas en la casa. “Pues a mí me han comprado…”, “pues a mí me han regalado…”, “pues a mí me han permitido…”. Uno es más valioso y más importante en la medida del poder que manifiesta.

Mencionaré una última causa, entendiendo que puede haber muchas otras: el mundo de la publicidad se caracteriza por la instantaneidad. Esto está de moda, pero dentro de un momento ya no lo estará. La publicidad empuja a la compra inmediata, a la satisfacción automática del deseo. Todo es aceleración en el mercado.

Los adultos generamos y alimentamos las causas de esas actitudes egoístas. Nosotros les hemos hecho creer que no hay nada más importante en el mundo que ellos. Les hemos ido cubriendo con celeridad no solo las necesidades sino los caprichos. Si hay que ver un programa de televisión en familia, se ve el que ellos quieren; si hay que oír una cadena de radio, es la que ellos desean; si hay que elegir un restaurante, es el que ellos prefieren

Nos anticipamos a sus deseos, les premiamos por los éxitos escolares, les hacemos la cama, les ponemos la mesa, les compramos la moto y, luego, el coche. Ellos piden, reciben y exigen.

Padres y madres que han soportado carencias en su infancia se empeñan en que a sus hijos e hijas no les falte nada. Piensan que así serán mejores padres. “Puesto que yo carecí de todo, quiero que ahora a mis hijos no les falte nada”, vienen a decir.

La sociedad les tiende sus trampas a través de la publicidad y del comercio. Les hace pensar y sentir que, en la medida en que tenga más cosas y de que esas cosas sean de moda y de marca, serán más felices.

La escuela también pone su granito de arena rebajando la exigencia y aceptando unos comportamientos, unas indumentarias y unas actitudes carenes de respeto y de consideración. La permisividad como reverso de la exigencia.

Hay situaciones que agravan el problema. En caso de divorcio los hijos entregan su afecto a quien más les da. Porque entienden que quien les quiere les entrega cosas y les satisface los caprichos. Y así se produce una competición entre los padres divorciados: yo le compro más que tú, yo le doy más que tú, yo le permito más que tú… y así él me quiere más. La trampa es burda, peo muy eficaz.

Nos regimos frecuentemente por la ley del péndulo. Hemos pasado de un extremo al otro. De una etapa en la que los niños y las niñas solo debían callar y obedecer hemos pasado a otra en la que solo los niños hablan y mandan.

Hay que recuperar la cordura educativa. Sin esfuerzo, sin exigencia, sin capacidad de soportar la frustración, nuestros hijos y alumnos encontrarán muchas dificultades insuperables en la vida. Acostumbrados a satisfacer deseos y caprichos no van a saber hacer frente a los dificultades. Si de verdad les queremos, tendremos que poner límites, decir que no muchas veces y recordarles, de forma teórica y práctica, que tienen obligaciones y no solo derechos.








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