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Vamos, vamos, que es gerundio

Miguel Ángel Santos Guerra
domingo, 18 de febrero de 2018 (19:22:58)

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Cinco de los doce hijos de Leopoldo Abadía Pocino han escrito un libro titulado “No seas pájaro de paragüero y otras babladurías”. En él recogen frases hechas, pero mal entendidas o formuladas por algún error de concepción o de expresión. O por algún lapsus linguae. O, quizás, por el ingenio elaborado que construye el humor. El padre alcanzó notoriedad por algunos libros en los que explicaba de forma clara y asequible la crisis económica (“¿Qué hace una persona como tú en una crisis como ésta?”, “La crisis Ninja y otros misterios”, “La hora de los sensatos”…). No había programa de televisión o de radio en el que no le reservasen algunos minutos. Pues bien, el padre prologa el libro de sus hijos y en él muestra su alegría por la recopilación de esos dichos que han sido objeto de bromas durante años en la familia. Llama en la introducción a esas frases hechas (mal hechas, mal dichas) “herejías lingüísticas”. Una de ellas preside estas líneas.

Desde 2012 han ido recogiendo estas expresiones que despiertan en el lector o en el oyente una sonrisa indulgente o una carcajada explosiva. Me gusta el sentido del humor de esos cinco hermanos (y el de su padre, que también lo tiene por lo que le he leído y oído), su talante optimista, su forma de jugar con las palabras para regocijo de quien las lea o las oiga.

Bien se sabe que cuando alguien busca algo, lo encuentra incluso de forma inesperada. Serendipidad en estado puro. No me extraña que, sabedores de su afición, conocidos, amigos y familiares les hiciesen partícipes de nuevos y sabrosos hallazgos. Es como cuando hablas de una enfermedad o de un accidente y todos los interlocutores cuentan variantes curiosas sobre la cuestión, propias o de sus familiares y amigos o amigas. El grupo de whatsapp de los hermanos Abadía, según cuentan, echaba humo. En la calle, en los comercios, en el trabajo, en las reuniones familiares y sociales, escuchaban y luego anotaban estas frases-lapsus. Una forma de sacudir la pereza recopiladora a la que alguna vez he hecho referencia. Cuando el número llegó a 500 le propusieron a la editorial Espasa publicar el libro.

La magia del lenguaje nos brinda estas joyas que son fruto de la ignorancia unas veces, del despiste otras, del ingenio refinado o de la rutina sociolingüística que consagra errores de generación en generación.

En un programa de radio en el que se hacía referencia al libro, llamaban los oyentes y aportaban algunas de estas herejías lingüísticas que añado a las del libro y a las que sumo alguna que yo aporto. Por cierto, los autores no son meros recopiladores. Explican en una página cuál es el verdadero sentido de la frase y cómo se llegó a su formación y en otra página presentan de forma llamativa la herejía en cuestión. Una versión menor de los libros de Fernando Lázaro Carreter “El dardo en la palabra” y “El nuevo dardo en la palabra”. Qué maravilla navegar por los mares lingüísticos del profesor Lázaro Carreter.

Algunas de estas frases son fruto de la torpeza, del desconocimiento del significado de las palabras: “Yo leo el periódico espasmódicamente”, “se ha encontrado con la hormona de su zapato”, “este régimen esteriliza mucho a la mujer”, “se puso como un obelisco”, “el coche chocó contra un muro de repostería”, “no hay que mezclar las chulas con las meninas”, “en este lugar hay muy poca cubertería”, “después de comer siempre me entra la morriña”, “tuvo una carrera meteorítica”, “esto es como enhebrar una aguja en un pajar”, “este programa tiene mucha audición”, “podríamos pasar horas hablando del sexo y de los ángeles”, “fue al médico a que le hiciera un cacheo general”…
Otras son el resultado del ingenio. No me imagino a alguien que diga (porque no conoce el contenido semántico), lo siguiente: “nadar en la ambulancia”, “Sodoma y Gomera”, “poner el Cristo en el cielo”, “de higos a peras”, “mi marido es un morbo” “crees que me he caído del quinto”, “he amortiguado el dinero invertido”, “está cayendo chumichurri”, “todo quedará en agua de borrascas”, “elevaduras eléctricos”, “este es un tema vudú”, “no hay que arriesgar las vestiduras”, ”ni siente ni lo parece”, “ahora solo falta que lo vea el médico florense” …

Hay frases que resultan graciosas o chocantes como fruto de un error (intencionado o no) de dicción: “Andaban de putillas”, “pobrecitos míos, se agarran a un rabo ardiendo”, “el jefe de personal la inseminó dos veces, “aquello parecía el Danubio universal”, “se va a quedar como una sífilis”, “tiene orejas de soplido”, “tu padre, como siempre, al pie del camión”, “sin quererlo ni comerlo”, “tiene acuíferos en los oídos”, “ya sé que lo dijo para adorarme la píldora”, “tienes a tus hijos desperdiciados por España”, “y lo digo sin actitud hacia nadie”, “al cantante le han blindado un homenaje”, “trabajas en beneficio de la comodidad”, “perder la loción del tiempo”, “le encontraron en postura fecal”, “estar en el candelabro”…

Los arcanos del lenguaje sin infinitos. Qué apasionante mundo. Cuántas veces pienso en las palabras que no conozco. Cuando voy por el campo, veo los cientos y cientos de plantas cuyos nombres ignoro, cuando subo a un barco o a un avión pienso en los nombres de cada objeto, de cada lugar que desconozco. Pienso en las veces que utilizamos genéricos que ocultan nuestra supina ignorancia: ese “árbol” se ha secado pero, ¿qué árbol es?, se posó un “pájaro” en mi ventana” pero, ¿qué pájaro era?, dame “eso” pero, ¿cuál es su nombre específico?, ese “objeto” no me gusta pero, ¿cómo se llama exactamente?, ese “chisme” es horrible pero, ¿cuál es su nombre?…

Hace unos días, viendo el programa Pasapalabra, el locutor, al llegar a la letra zeta del rosco preguntó: nombre de la mujer que revende frutas y otros comestibles. Me quedé paralizado cuando el concursante contestó con aplomo: “zabartera”. Y escuché, con más asombro aún, que el presentador dijo: ¡Correcto! Releyendo el libro “El nuevo dardo en la palabra”, de Fernando Lázaro Carreter, acabo de leer la palabra “burdégano” (página 214). He tenido que recurrir al diccionario para saber lo que significa.

¿Cómo es posible que no haya oído nunca en 75 años de lectura y de estudio esas palabras y cientos y miles de palabras más que desconozco de mi lengua materna? ¿Cómo puede prometerte alguien que va a enseñarte a dominar un idioma en quince días?

Cuando leo, siempre tengo a mano una hoja en la que anoto aquellas palabras que desconozco. Luego las paso a una libreta que ya va teniendo un volumen considerable.

Mi querido cuñado José Manuel García Montes, biólogo impenitente, ha escrito con su colega Rafael de la Cruz Márquez, un hermoso libro titulado “Las plantas de la Alhambra. 80 especies imprescindibles”. Un libro maravillosamente ilustrado por Pilar Campos Fernández-Figares con láminas de las plantas en acuarela. Al finalizar el libro hay un glosario de términos. Los he repasado despacio. ¡Cuántas palabras desconocidas! Algunas relacionadas con particularidades técnicas de las plantas, pero otras de carácter general. ¿Sabe el lector lo que significa “escábrido”, por ejemplo?
Hay que hablar y escribir con propiedad, con rigor, con precisión. Para ello hay que leer mucho, hay que leer de manera que podamos enriquecer nuestro vocabulario. Hay que avivar la curiosidad por el lenguaje.

No hay ciencia infusa. Dominar el lenguaje supone interés, esfuerzo, estudio, pasión y tiempo. El resultado será no solo la corrección y la elegancia sino la satisfacción y el disfrute. Porque el lenguaje es complejo, desafiante e intrincado pero también es hermoso, divertido y apasionante.








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