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Generosidad o estupidez

Miguel Ángel Santos Guerra
viernes, 02 de febrero de 2018 (09:55:59)

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Quiero compartir con mis lectores y lectoras una inquietud que me asedia desde hace tiempo. Me refiero al hecho de aceptar invitaciones a impartir conferencias, seminarios o talleres en Congresos de forma gratuita.

Por una parte pienso que el conocimiento y la experiencia que se han adquirido en la vida deben compartirse con los demás porque, aunque nadie te haya regalado nada, lo cierto es que las circunstancias de la vida te han facilitado o puesto al alcance de la mano una formación que otros no han podido tener. Es un deber compartirla. Esta forma de entender el problema ha dado pie a la primera parte del título: generosidad.

Por otra parte pienso que si un Congreso cobra a sus asistentes, debe remunerar a los conferenciantes. Aceptar la invitación de forma gratuita se correspondería con la segunda parte: estupidez. Por dos motivos que considero complementarios. Primero: la experiencia acumulada, la preparación del encargo solicitado, la exposición pública, el tiempo empleado, la ausencia de la familia, el cansancio y los riesgos de los viajes, merecen una recompensa económica, no meramente nominal o afectiva. Segundo: el trabajo intelectual debe ser valorado económicamente. A nadie se le ocurre pedir un televisor en una tienda y pensar que será suficiente para llevárselo con dar las gracias.

No se valoran adecuadamente los bienes inmateriales. He escrito 74 prólogos para libros de otros autores y autoras. Todos, menos uno, de forma gratuita. Me han pedido algunas veces la corrección de tesis o trabajos de investigación y a nadie se le ha ocurrido que ese tiempo y ese esfuerzo merecen una recompensa económica. Nadie piensa, por el contrario, que el fontanero o el electricista que realizan una tarea en la casa lo tengan que hacer de forma gratuita. A mí no se me ocurre ir al dentista y decir: “mire usted, como yo no cobro las conferencias, tampoco le voy a pagar a usted la extracción o el empaste”.

Contaré algo que me ha sucedido recientemente, sin mencionar el país, la institución ni el Congreso al que fui invitado. Cuando pregunté por las condiciones de la participación (fechas, viajes, tiempos, tema, formato de las intervenciones y honorarios) me dijeron que no estaba contemplado por la organización el pago de honorarios. Ante mi sorpresa, en un primer momento, solicitaron que hiciera una propuesta de honorarios pero, a las pocas horas, me dijeron que habían decidido no hacer conmigo una excepción, ya que de los 15 conferenciantes convocados ninguno había pedido remuneración por su trabajo. La injusticia, a mi juicio, hubiera sido no pagar honorarios a otro ponente que lo solicitase haciéndolo conmigo. No veo agravio en que a quien acepta hacer el trabajo gratis no se le pague y al que lo solicita sí. Lamenté no poder aceptar la invitación. ¿Hice bien?, me pregunto.

Cada uno es libre de hacer un regalo a la persona o a la institución que desee pero lo que no me parece acertado es que se imponga, que se exija o que se invite a hacer ese regalo indicando, además, que solo tú te niegas a hacerlo.

Es preciso aclarar, y ésta no es una cuestión menor, que había sido la organización quien se había puesto en contacto conmigo para invitarme. Nunca he pedido a nadie formar parte del equipo de conferenciantes o panelistas de un Congreso. Es decir, que era a la organización a quien le interesaba contar conmigo, no a la inversa.

Otro asunto es la cantidad que se negocia. He visto comportamientos de todo tipo. Desde quien dispara la demanda de manera casi obscena hasta quien tiene como único criterio el aspecto comparativo (“pido un euro más que el que más cobre”, exigió un conferenciante norteamericano para asistir a un Congreso que se iba a celebrar en el Levante español). Ya digo, he visto de todo: Desde el que impone una cantidad de forma rígida hasta el que acepta cualquier limosna.

Bien es cierto que no es igual una institución que otra. No es igual una Organización de eventos multitudinarios que hace negocio con el cobro de inscripciones que una asociación benéfica, un Movimiento de Renovación Pedagógica que ofrece gratuitamente la formación o una escuela humilde que no dispone de recursos.

Tampoco es igual, creo yo, la aportación de un joven recién licenciado que la de una persona que tiene una larga experiencia, un sinnúmero de publicaciones y un prestigio ganado a lo largo de una extensa vida profesional. No se paga igual la obra de un pintor que la de otro y no se contrata por el mismo dinero a un jugador que a otro.

Hay instituciones públicas con unas tarifas por hora que convierten en afortunados a los más modestos mecánicos, a los electricistas de a pie o a los fontaneros sin mucha cualificación. Este proceder no deja muy alta la valoración del trabajo intelectual.

Me contó José Manuel Esteve Zarazaga (querido amigo y compañero ya fallecido a quien un día propuse que escribiésemos un libro sobre las aventuras y desventuras de los conferenciantes pedagógicos) que en una ocasión, después de impartir una conferencia (“no habíamos hablado nada de honorarios”, me dijo) se le acercaron los organizadores al coche cuando ya se despedía y le recompensaron con una caja cuyo contenido desconocía. Al llegar a casa, abrió el paquete y se encontró con una docena de magdalenas de un conocido supermercado.

Le he oído decir a Manuel Alcántara, que ha estrenado recientemente sus flamantes 90 años, que tiene más plumas que una tribu apache, refiriéndose al pago de conferencias a través de los socorridos regalos para la escritura. A mí me obsequiaron en cierto país, después de impartir una conferencia, con una voluminosa imagen de la Virgen María (¡!). Tengo una colección de objetos de lo más pintoresco: desde unas espuelas a un busto del prócer de la ciudad donde impartí la conferencia. Alguna vez, antes de estampar mi firma bajo el epígrafe “el interesado”, he colocado delante de esa palabra el prefijo “des”.

Hay planteamientos difícilmente comprensibles acerca de la organización de estas actividades. Me refiero, por ejemplo, al pago de gastos de desplazamiento. Hay instituciones que no pagan el desplazamiento, con lo cual, ya no solo es que no ganes sino que pierdes dinero por el trabajo. En otras solo se paga el transporte público. Un planteamiento irracional. ¿Cómo se va desde Málaga a Cádiz, por ejemplo, en transporte público? ¿Cuánto se tarda? ¿A qué hora hay que salir y a qué hora se llega? ¿No es más económico y más sencillo utilizar el vehículo propio y pagar el kilometraje? Hay normas que parece que tienen un planteamiento sádico. ¿Cómo hacerlo más difícil?

Hay otra cuestión que quiero plantear al respecto. Me refiero al control que se ejerce para la justificación del pago de una cantidad mínima: acreditar que la cuenta del banco es tuya, envío de la copia del carnet de identidad, firma de declaración jurada… Siempre que esto sucede me pregunto cómo es posible que con estos controles escrupulosos para cantidades insignificantes puedan desaparecer diez mil o veinte mil millones de euros sin que nadie se entere. Se conoce que mientras todos vigilan esa pequeña grieta en la pared, nadie mira la puerta abierta de par en par. En definitiva, que el control siempre es descendente, no ascendente.

Ya sé que no ha de ser solo el dinero el motor de las decisiones (¿cuánto me pagan?). Hay otras cuestiones de más calado o, al menos, no de menor calado: ¿de qué institución se trata?, ¿qué finalidades busca?, ¿qué piden por las inscripciones?, ¿en qué localidad se va a realizar el evento?, ¿quiénes son los organizadores?, ¿de qué ayudas disponen? El dinero no da la felicidad pero permite elegir la desgracia que más nos guste.

Lo que deseo subrayar en estas líneas es la necesidad de valorar los productos intelectuales frente a los materiales. Aquellos no han de ser de menor valor que estos. Lo que quiero, en definitiva, es reivindicar la valía del quehacer intelectual, artístico o poético. Y una forma de hacerlo es remunerarlo de forma conveniente.









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