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OPINIÓN

OPINIÓN | Educación
Yo no sé el color de mi seño

Miguel Ángel Santos Guerra
martes, 19 de diciembre de 2017 (08:44:19)

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He impartido una conferencia en la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Cádiz. Estaba dirigida a maestras y maestros de infantil que tutorizan en sus escuelas a los estudiantes de la Facultad que serán el día de mañana quienes trabajen con los alumnos y alumnas más pequeños del sistema educativo. Y también para los profesores universitarios que supervisan el proceso en ese diálogo fecundo y en esa colaboración indispensable entre las dos instituciones formadoras.

La educación infantil es una etapa de enorme repercusión porque la plasticidad de esos años es muy grande y la autoridad de los maestros y maestras no tiene límites. Lo que ellos digan va a misa. Lo que ellos hagan es ley. No hay otra autoridad de mayor alcance para los niños y las niñas que la de sus educadores y educadoras. ”Lo ha dicho la seño” es como decir “Palabra de Dios”.

Por eso es tan importante que estos profesionales estén bien formados. Y, antes, que estén bien seleccionados. Me preocupa que las exigencias para el ingreso sean mínimas. Me preocupa también que muchos tomen la decisión “de rebote”, es decir, porque no han podido hacer otra cosa. Y me preocupa que las exigencias de la formación (teórica y práctica) sean insuficientes.

Escribí para esta etapa un libro titulado “La casa de los mil espejos y otros relatos para la Educación Inicial” (Editorial Homo Sapiens. Rosario). En Argentina llaman Educación Inicial a lo que nosotros llamamos Educción Infantil.

Les instaba en la conferencia a sacudir la pereza recopilatoria. Les animaba a escribir. Porque estoy seguro de que en un aula de infantil se pronuncian frases, se realizan acciones, se viven sentimientos y se desarrollan procesos de extraordinario potencial.

En el café que siguió a la conferencia tuve la suerte de compartir experiencias con algunas maestras. Siempre me pasa lo mismo: que yo voy, supuestamente, a enseñar algo y siempre acabo aprendiendo yo más de lo que enseño. En esa emocionante tertulia, nos cuenta Carmen García, estupenda maestra de infantil en una escuela de San Fernando, que una abuela acudió una tarde a buscar a sus tres nietos, de cinco, cuatro y tres años. Era el primer día que la abuela recogía a sus nietecitos.

Antes de seguir con la historia, permítame el lector o lectora hacer dos anotaciones. Una sobre el papel de los abuelos y las abuelas en estos tiempos de crisis económica, social y laboral. Veo a muchos abuelos y abuelas en tareas de recogida. Ahí están, sonrientes, anhelantes, responsables al máximo, esperando con alegría a sus nietos y haciendo tareas de acompañamiento y de cuidado. (La Editorial Graó ha publicado un libro sobre la experiencia de dieciséis abuelos y abuelas que hablan sobre su “abuelitud”. El libro tiene un titulo maravilloso que refleja muy bien la complicidad de nieto y abuelo, de abuela y nieta: “No se lo digas a mamá”. Frase que puede muy bien ponerse en la boca de ambos). Los abuelos están desempeñando un papel de extraordinaria importancia en la crianza de los hijos de sus hijos. La otra observación es sobre el acto de la recogida escolar. Qué rato tan increíble. No se ha estudiado de forma suficiente. Cuántos corrillos, cuántos estilos de espera, cuántos encuentros de naturalez diferente… Hay quien prefiere estar solo, hay quien llega media hora antes para charlar, hay quien aprovecha para hacer contactos de todo tipo, hay quien lleva su perro para darle una alegría al escolar que sale cansado del trabajo… Le oí hablar a Joaquim Brugué Torruella, catedrático de Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Barcelona, en una conferencia pronunciada en Las Palmas, de dos formas de cumplir con ese ritual de la recogida. Decía que él era técnicamente suprior a su mujer en la recogida de los hijos: lo soluciona en cinco minutos, espera detrás de un árbol sin relacionarse con nadie para no perder tiempo, lo encuentra rápidamente porque solo está pendiente de su localización. E, inmediatamente, está en casa. Máxima eficacia.… Pero su mujer, añadía, emplea tres cuartos de hora para la recogida, el niño se le pierde porque juega con otros niños mientras ella habla, se relaciona con otras madres y sabe todo lo que pasa en la escuela, se entera de los cumpleaños y fiestas, conoce los problemas de la AMPA, sabe por qué vicisitudes atraviesan los niños, sabe que hay un caso de bullying, se informa de que los niños tienen que llevar cantimplora y gorra para la próxima excursión, se entera de que ha habido pésimos resultados en la asignatura de matemáticas, sabe que es necesario preparar un disfraz para Halloween… Dos estilos diferentes. Uno más técnico, otro más social.

Volvamos a la abuela de la historia de Carmen, que ya estará cansada de esperar, casi perdida, después de esta larga digresión.

Pues bien, la abuela le pregunta al mayor:

– ¿Quien es tu seño?

El niño contesta.

– La seño Blanca.

La abuela sigue preguntando, ahora al nieto de cuatro años:

– ¿Y tu seño quién es?

– La seño Rosa, dice el niño.

Como es lógico, le llega el turno al pequeño:

– ¿Me quieres decir quién es tu seño?

El niño se echa a llorar, compungido y avergonzado y dice:

– Es que yo no me sé el color de mi seño.

Color blanco de una, color rosa de la otra y a él le falta saber cuál el color de la suya. Deduce, con buena lógica, que todas las maestras tendrán un color. Es la lógica de un niño de tres años. Una lógica que necesitamos tener en cuenta para poder entenderlo, para poder enseñarle. La historia tiene también sus lágrimas, lágrimas que tenemos que saber enjugar con palabras tiernas y comprensivas.

El hilo me lleva al ámbito de las emociones en esta etapa que yo creo que es la más intensa, la más influente, la más decisiva del sistema educativo.

Carmen García comparte con quienes formamos un circulo apretado otra pequeña-gran historia. Cuenta que guarda con cariño una carta de un niño chiquito. Mientras lo cuenta sus ojos se humedecen por las lágrimas. Dice que el niño la traía a mal traer. Hasta que un día le dijo:

– Mira, yo te doy todo lo que tengo, trato de ayudarte, de enseñarte… Pero tú no te portas bien, no te esfuerzas, no me atiendes… Vas a ir a la clase de la seño X (precisa que ya había hablado con ella) y piensas qué otra seño quieres tener. En el pasillo están todas con sus niños. Tú eliges una y me lo dices. Y luego te vas con ella.

Nos cuenta emocionada que el niño, después de regresar de su exilio emocional, le pidió papel y lápiz, que le escribió una nota (dice que la guarda todavía como un pequeño tesoro) y que se la entregó con gesto humilde y afectuoso.

En la carta el niño se disculpa por su mal proceder, le dice que va a cambiar y le hace una petición entrañable: quiere que le de un abrazo.

Hace unos años, al comenzar un curso de doctorado pregunté a los asistentes por qué se habían matriculado. Fueron desgranando sus motivos, por cierto muy diversos. Y una de las matriculadas dijo lo siguiente:

– Es que yo quiero dejar de ser una simple maestra de infantil.

¿Por qué simple?, pregunté. ¿Crees que es más importante la tarea de los profesores universitarios que se ejerce en un momento en el que los alumnos tienen ya configurado su sistema de creencias y valores, en un momento en el que han cristalizado sus ideas y actitudes?

¿Por qué simple?, insistí. Estás trabajando en una etapa donde se cuidan las emociones (no se entiende que una maestra de infantil no conozca al cabo de dos días el nombre de sus niños, mientras que en la Universidad puede pasar todo el año sin que aprendamos todos los nombres de nuestros alumnos y alumnas), en la que se cuida la estética del espacio, en la que se innova cada día, en la que se investiga sin cesar…

Escribí, a raíz de aquella expresión un artículo que circula por la red y que se titula “Una simple maestra de infantil”. En él hago referencia al libro de Roberto Fulghum titulado “Todo lo que realmente necesito saber lo aprendí en el parvulario”. Una gran verdad.









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