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OPINIÓN

OPINIÓN | Educación
Educar versus adoctrinar

Miguel Ángel Santos Guerra
miércoles, 15 de noviembre de 2017 (09:24:15)

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Voy a plantear en este artículo algunas ideas sobre el espinoso tema del adoctrinamiento en las escuelas. Sobre ese peligroso intento de poner la escuela al servicio de la construcción nacional. Es una cuestión importante no sólo para saber lo que está pasando en Cataluña sino para aplicar a cualquiera de las instituciones educativas (¿educativas?) del mundo. ¿Se educa o se adoctrina en ellas? ¿Cómo saber cuándo se hace una cosa u otra? ¿Se pone la escuela al servicio de los personas y de las sociedades o al servicio de intereses ideológicos, partidistas o gubernamentales?

He dicho muchas veces que una cosa es educar, otra socializar y otra, muy distinta, adoctrinar. La educación pretende enseñar a pensar, no qué pensar. Y exige otro componente esencial que es la ética. La socialización puede estar reñida con la verdadera educación. Socializarse es incorporarse con éxito a la cultura. Pero no todo es bueno en la cultura. Si uno está educado será capaz e discernir lo que es bueno y lo que es malo en la cultura. Y, por otra parte, se comprometerá con lo que es bueno. El adoctrinamiento impone las tesis y los valores. No deja libertad a la persona para discernir, para elegir, para actuar. Y ahí está su principal problema. El adoctrinador enseña qué es lo que hay que pensar y lo que hay que hacer. No deja opción a elegir. El problema se agrava cuando el contenido que se impone es negativo de forma intrínseca o extrínseca.

La doctrina es un conjunto de enseñanzas que se basa en un sistema de creencias. Y está claro cuáles son las enseñanzas que promueve el independentismo. Y el modo de imponerlas. Quien comulgue con ellas estará bien visto y bien tratado. Quien no las comparta estará discriminado o, al menos, mal visto. Es tan fuerte la presión que muchos no la sienten y piensan que actúan de forma ortodoxa por pura convicción, en el ejercicio pleno de su libertad.

Quien educa es un maestro, quien adoctrina es un fanático. El fanático no admite discrepancias. El fanático impone su doctrina, no la somete a consideración y análisis. Quien está fuera de la doctrina es un hereje.

Tengo que empezar reconociendo que no he estado dentro de las escuelas, que no he asistido a las clases ni he conversado con muchos profesores. He de reconocer también que lo que voy a decir no se refiere a todos los centros ni a todos los profesores y profesoras sino a una parte cuyo número no es fácil precisar.

Existe una primera cuestión que es de carácter político. Es decir, las consignas emanadas del poder que luego se convierten en prácticas adoctrinadoras.

Reproduzco a continuación un documento interno de Convergència i Unió que sacó a la luz El Periódico de Cataluña el 28 de octubre de 1990 (esto viene, como se ve, de muy lejos), donde se proponían, entre otras, las siguientes actividades: “Elaboración de un plan de formación permanente y de reciclaje del profesorado que tenga en cuenta los intereses nacionales; catalanización de los programas de enseñanza; promover que en las escuelas universitarias de formación del profesorado de EGB se incorporen los valores educativos positivos y el conocimiento de la realidad nacional catalana; reorganizar el cuerpo de inspectores de forma y modo que vigilen el correcto cumplimiento de la normativa sobre la catalanización de la enseñanza. Vigilar de cerca la elección de este personal; incidir en las asociaciones de padres, aportando gente y dirigentes que tengan criterios nacionalistas; velar por la composición de los tribunales de oposición.”

Otra realidad de carácter sistémico es la inmersión lingüística. Es decir el hecho de que todos los alumnos y alumnas sin excepción tengan que seguir el curriculum en catalán, a pesar de que mayoría de ellos hablen español en la casa y en la calle. La explicación oficial es que de esa manera se compensa o se equilibra la mayor presencia extraescolar del español. Pero claro, de esa forma, el castellano queda relegado a un lenguaje de segunda, como el inglés. Cuando llegan inmigrantes de lengua castellana tienen que cursar el curriculum en una lengua que no es la suya.

En tercer lugar está la selección de contenidos curriculares. No conozco todos los libros de texto, pero informaciones de diferente tipo me dicen que existe una clara manipulación de la historia, del discurso y de los símbolos en aras de la concepción separatista.

Mariano Fernández Enguita, catedrático de sociología de la Complutense, acaba de publicar un artículo titulado “Si quieres tener una nación, hazte con la escuela”. En él se plantea la siguiente pregunta:

“¿Es congénita al gremio docente la tendencia al nacionalismo? Es lo que todos los regímenes y gobiernos han procurado y esperan de ellos, con la peculiaridad de que el nacionalismo español fue dinamitado por su uso y abuso por el franquismo, que nos escarmentó para decenios, mientras que los nacionalismos periféricos salieron de él impolutos, absueltos de su oscuro pasado e incluso beatificados. Diversos sondeos electorales y las elecciones sindicales indican que el profesorado es por doquier bastante más nacionalista que el resto de la población; mejor dicho, que lo es en mayor proporción. Puede que los nacionalistas, o incluso todos los entregados a causas diversas, tengan mayor inclinación a ser docentes, ya que eso proporciona un público cautivo y vulnerable; puede que sea una manera de protegerse de las exigencias de un mundo complejo, pues lo cercano siempre está más al alcance del conocimiento intuitivo; o puede que vaya en el sueldo, pues las comunidades, unas más que otras, han liberado al profesorado de la enseñanza pública de la carga de la movilidad geográfica y la inmersión lingüística ha dado al de Cataluña, incluidos los aspirantes, enormes ventajas competitivas en su territorio sin merma de la igualdad de oportunidades en el resto de España (la movilidad entrante es la menor de España, menos del 1% frente al 7% medio)”.

Hay otras perspectivas. Lo sé. Hay quien niega que se haya producido este adoctrinamiento en las escuelas. Mi querido amigo y colega Francisco Imbernón, siempre bienintencionado y casi siempre clarividente, dice al respecto, creo que en esta ocasión de forma equivocada:

“El profesorado, mejor o peor, ha ido haciendo su trabajo, tanto los que nacieron con lengua catalana como los que lo hicieron en lengua castellana. Pero ha imperado el respecto a todas las lenguas y las culturas y más, la castellana (no el castellanismo como en otros lugares), que al estar tan cerca, es imposible no tener interiorizadas muchas pautas culturales. Y bienvenido sea, todo aquello que es cultura que amplía el conocimiento y el patrimonio personal y social.

No se puede confundir cultura con adoctrinamiento. La mayoría del profesorado, durante muchos años, ha trabajado las dos lenguas, ha desarrollado valores de democracia y solidaridad, cultura propia y cercana, y no se merece, una vez más, que digan que tiene la culpa de lo que está pasando”.

La inspección es una instancia que garantiza la ortodoxia. Es sabido que el 80 % de los actuales inspectores de Cataluña son interinos y, por consiguiente, nombrados a dedo. El único inspector de carrera, Sr. Cantallops, que denunció en El País el adoctrinamiento en las escuelas de Cataluña, ha sido expedientado.

Lo sucedido el día 1 de octubre y posteriores (escuelas ocupadas por la comunidad educativa, niños y niñas portando esteladas en la escuela, hijos e hijas de policías y guardias civiles interpelados y discriminados por profesores por la actuación de sus padres) es muy revelador. La FAPAC (Federación de Asociaciones de Madres y Padres de Cataluña) tiene una web monolingüe (www.fapac.cat), solo en catalán.

Pero, sobre todo, creo que el principal problema es ese estado de opinión, esa mística social, esa pasión desencadenada que coinvierte al que no piensa lo mismo en un extraño o en un enemigo. La presidenta del Parlamento, señora Forcadell, ha llegado a decir que quien no es independentista no es catalán.

Insisto. No se puede (no se debe) generalizar. Hay muchos profesores y profesoras que han puesto su trabajo al servicio de la educación cívica. Otros, por el contrario, se han dejado arrastrar por la corriente y se han convertido en adoctrinadores.








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