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Ministros de los pensamientos bonitos

Miguel Ángel Santos Guerra
lunes, 30 de octubre de 2017 (15:57:54)

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He leído, o eso creo, todas las novelas de Nicolas Barreau (París, 1980). Se trata de un escritor al que algunos consideran, a pesar e su juventud, el maestro del romanticismo moderno (“Barreau es el maestro de la comedia romántica”, dice el periódico La Stampa). De madre alemana y padre francés, estudió lenguas románicas y literatura en La Sorbona. Trabajó durante un tiempo (y eso se nota mucho en sus obras) como librero en la Rive Gauche hasta que se dedicó a escribir. Es una persona tímida y reservada a quien no le gusta aparecer en público. Sus obras, que inicialmente fueron publicadas en una pequeña editorial alemana, se han convertido en un éxito editorial en Francia, Alemania y España. Le encantan el cine y los restaurantes y cree en el destino; rasgos que se reflejan con nitidez en sus novelas.

Pienso que si leyera un libro suyo sin conocer el nombre del autor, sabría al final quién lo había escrito. Porque Barreau tiene unos focos temáticos y un estilo inconfundibles. La última novela, publicada en septiembre de 2017, se titula “El café de los pequeños milagros”. Como en las cinco anteriores (“La sonrisa de las mujeres”, “Me encontrarás en el fin del mundo”, “Atardecer en París”, “La mujer de mi vida” y “París es siempre una buena idea”) la protagonista es una chica maravillosa en todos los aspectos, una chica de atractivo irresistible, tanto físico como psicológico. “La sonrisa de las mujeres” ha sido traducida a 36 idiomas y, como muchos sabrán, se ha llevado al cine con el mismo título.

Hay siete características que, a mi juicio, tienen una presencia casi inexcusable en todos sus libros. La primera es que se trata del género de novela y, concretamente, de novela romántica. La segunda es que, como ya he apuntado, en todas ellas aparece como protagonista una chica deslumbrante que, de la mano del autor, resulta del todo irresistible. Tiene un arte especial Nicolás Barreau para conseguirlo. Lo mismo le sucede al escritor italiano Diego Galdino que, como él mismo me confesó, conoce y admira la obra del autor francés. Baste leer para comprobarlo “El primer café de la mañana”, primera novela del escritor italiano. El título recoge la declaración de amor del protagonista que formula a su chica el deseo de tomar con ella el primer café de la mañana… todos los días de su vida. Lo mismo habría que decir de la segunda novela de este peculiar camarero de un bar de Roma, novela todavía no traducida al castellano. La tercera característica es que la acción transcurre en París (en la última aparece, como no podía ser menos, la ciudad de Venecia). Recrea sus calles, sus puentes, sus restaurantes, sus iglesias, sus parques, sus librerías, sus monumentos… La cuarta es que siempre aparece el mundo de los libros: una librería, una editorial, un escritor de libros, un editor bajo el que se esconde un autor de éxito o una tienda con material de papelería… La quinta es que los finales son siempre felices. Cuestión no menor en un mundo tan cargado de historias tristes y de finales amargos. La sexta es la persistente presencia de hechos o de situaciones increíbles que se producen por azar, por efecto de la suerte o, mejor dicho, de la buena suerte. Él los llama pequeños milagros. La séptima es la presencia de la gastronomía a través de restaurantes con encanto, de menús ingeniosos, de manjares exquisitos… En cuanto al estilo, siempre aparecen algunos toques suaves de humor y, sobre todo, un ágil y entretenido modo de contar historias de amor, sin que resulten empalagosas, ñoñas o ridículas. Hay poco almíbar en las novelas de Barreau, pero mucho ingenio y mucha ternura.

Dice el autor: “Tal vez, sea un romántico empedernido, pero ¿por qué no va a ocurrir en la vida real lo que alguien se ha inventado par escribirlo en un libro? La literatura puede ser un camino maravilloso a la realidad porque nos abre los ojos a todo lo que puede suceder. ¡A lo que puede suceder cualquier día!”.

Siempre he tenido la sensación al leer sus libros de que es un pena que vayan quedando cada vez menos páginas. Y eso es, a mi juicio muy buena señal.

En la última novela, “El café de los pequeños milagros”, el joven italiano Valentino Briatore se declara ante su amada francesa Nelly Delacourt como su Ministro de los pensamientos bonitos. Hermosa iniciativa, que se va concretando en diálogos sugerentes y expresiones llenas de emoción. “Quiero hacer contigo lo que la primavera hace con los cerezos”, le dice a su amada utilizando la frase de Neruda.

¿A qué viene todo esto? Viene a reclamar la atención sobre el mundo de los afectos y sobre la importancia de la educación emocional. Hay excesiva violencia en las relaciones, excesiva torpeza y excesiva pasividad. No vendría mal cultivar un poco la sensibilidad, el ingenio, la simpatía y la emoción a través de las palabras y de las pequeñas acciones.

Se ha trabajado poco esta dimensión del ser humano, tanto en la casa como en la escuela. Se ha hecho siempre más hincapié en las competencias intelectuales y en las manuales. La dimensión emocional ha sido silenciada, minusvalorada o, incluso, ridiculizada y despreciada. Está claro, sin embargo, que estamos amasados con sentimientos y que es en esa parcela donde echa sus raíces el árbol de la felicidad humana,.

En el campo de las afectos, cada uno (cada una) hace lo que Dios le da a entender. Nada se ha enseñado y nada se ha aprendido al respecto. Así nos va. “En el colegio se aprende historia, geografía, matemáticas, lengua, dibujo, gimnasia… Pero, ¿qué se aprende con respecto a la afectividad? Nada. Absolutamente nada sobre como intervenir cuando se desencadena un conflicto. Absolutamente nada sobre el duelo, el control del miedo o la expresión de la cólera”, dice Filliozat, ya en 2003.

Los varones tenemos dificultades añadidas. Porque todavía pesan aquellas viejas consignas: “los hombres no lloran”, “emocionarse es de mujeres”, “los hombres que lloran son unos afeminados”, “los verdaderos hombres no son sensibleros”…

– Nunca me dices que te quiero, le dice la esposa al marido.

– Eso ya te lo dije hace veinte años en La Coruña, responde el interpelado.

Lo propio del hombre era salvar a su dama con actos heroicos, con la entereza de su carácter o con la fuerza de su valentía. No con la delicadeza, no con la ternura.

Hace años que conozco esta historia y no sé muy bien dónde la oí o la leí por primera vez. Me aventuro a decir que fue en un libro de José María Cabodevilla, no recuerdo ahora cuál y sería una tarea ímproba ponerme a buscar la referencia.

Laura, hija del rey Yvorin, era famosa por su belleza y por su pericia en el juego del ajedrez. Cierto día llegó al castillo un apuesto caballero, llamado Huon de Burdeos, y fue cortésmente invitado por el rey a cenar. Durante la sobremesa el caballero se jactó de ser insuperable en el juego del ajedrez. Entonces el rey le hizo la siguiente propuesta:

– Esta noche puedes jugar con mi hija. Si ganas, obtendrás su mano; si pierdes, serás decapitado al amanecer.

El caballero aceptó. Y ganó. Pero ganó porque Laura se dejó ganar: mientras jugaban se había enamorado del caballero.

Estamos acostumbrados a que sea el hombre quien salva a la dama. En esta hermosa historia es ella la que lo salva de la muerte. No con las armas, no con la fuerza, sino con el amor. También es cierto qué él arriesga la vida por ella. Una hermosa historia de reciprocidad.

Es un cargo hermoso y comprometido ser Ministro de los pensamientos bonitos. Es un cargo importante. Deberíamos desempeñarlo todos y todas con responsabilidad y eficacia. En nuestras relaciones profesionales y, por supuesto, en las relaciones personales. Pensamientos bonitos que se materializan en frases llenas de afecto, de ingenio y de respeto por las personas a quienes queremos. Pensamientos que se concretan en acciones de cercanía emocional y de afecto sincero con quienes tenemos cerca.








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