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¿Cómo es posible?

Miguel Ángel Santos Guerra
martes, 24 de octubre de 2017 (08:27:57)

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Estamos inmersos en una endiablada crisis que tiene fracturada a la sociedad catalana y sumido a todo el país en un clima de irritación, angustia e incertidumbre. Sé que es imposible meter en unos párrafos toda la complejidad de este problema sobre el que, como se verá, tengo más preguntas que respuestas, pero lo intentaré.

Vivimos un momento delicado porque la espiral de la sinrazón puede ir creciendo hasta llevarnos a situaciones incontrolables: hay protestas, las protestas se reprimen, la represión acarrea protestas más violentas que a su vez son reprimidas de manera más contundente… Hasta que haya víctimas mortales que se conviertan en mártires que agiten los ánimos. Hasta que desaparezca la razón y llegue el odio ciego. Y la violencia sin fin. Ojalá no pase.

1. ¿Cómo es posible que, en un momento de la historia en el que se derriban fronteras y se siente cada día más la condición de ciudadano del mundo, haya un importante sector del pueblo catalán que pretende elevarlas hasta el cielo, manifestando rencor, odio y animadversión a quienes quedan del otro lado de ellas? ¿Cómo se ha fraguado esta pasión irracional? Porque, a mi juicio, de una pasión se trata. Hay quien habla de “un pueblo enfermo”, de una religión totalitaria, de un fanatismo miope, de un sentimiento pueblerino.

2. ¿Cómo es posible que un gobierno como el de Cataluña lo sea solo de una parte de la población, mientras la otra no existe o no tiene importancia para él? El Presidente lo es de los independentistas y de los constitucionalistas. No puede destinar el tiempo, el dinero y las leyes al servicio exclusivo de una parte de la ciudadanía. No es lógico. No es justo. No es democrático. Una cosa es un partido y otra un gobierno. El partido busca sus fines. El Gobierno debe servir a los fines de todos los ciudadanos y ciudadanas.

Un gobierno no puede tener una sola hoja de ruta, una sola preocupación de lo que no le aparta ni la ley, ni las quejas de una parte de la población que quiere seguir siendo catalana y española, ni los problemas reales de los ciudadanos ni la corrupción que ha estado metida hasta la entraña de muchos gobiernos catalanes anteriores, ni la fuga de empresas, ni la falta de apoyos internacionales… Solo importa un fin. Solo importa el sentir de una parte de los ciudadanos que, casualmente, coindice con el sentir de quienes gobiernan. Una parte a la que califica pomposa y falsamente de “el pueblo de Cataluña”.

3. ¿Cómo es posible que durante muchos años se haya ido sembrando, a los ojos silenciosos de España y del mundo, la semilla independentista a través de la educación, de los medios de comunicación y de muchas leyes autonómicas, encaminadas a servir una causa que ha ido creciendo sin cesar, tanto que se ha convertido en una idea y un sentimiento totalitarios? Quien no comulgue con ellos es discriminado o excluido.. “No es catalán quien no se siente independentista”, ha llegado a decir la señora Forcadell, Presidenta del Parlamento.

4. ¿Cómo es posible que muchas de las ideas que han servido a esta para mí inexplicable causa que va contra el sentido de la historia, hayan estado asentadas en burdas patrañas como “España nos roba”, “España nos oprime”, “España nos odia”…? A fuerza de repetir falsedades se fabrican verdades incontrovertibles. No se puede sostener que España sea un Estado que solamente tiene comportamientos opresivos con una de las autonomías, pero no con las otras dieciséis. ¿Hay algún parcela en la que los catalanes y catalanas no puedan ejercer su libertad en plenitud como miembros de un país democrático? No se puede afirmar que España roba a una autonomía a la que ha entregado en los últimos años 70.000 millones de euros. No se puede afirmar, en fin, con un mínimo de cordura que España odie a Cataluña.

5. ¿Cómo es posible que todos hablen de diálogo y nadie se siente a dialogar? Han dicho que están dispuesto a sentarse a negociar pero, al mismo tiempo, han anunciado que sus tesis previas eran inamovibles. “Vamos a dialogar, pero haremos el referéndum y proclamaremos la independencia de forma unilateral”, decían unos. “Vamos a dialogar, pero no hablaremos de nada que esté fuera de la ley vigente”, decían los otros. Para dialogar hay que sentarse sin anunciar que no se va a ceder en nada. ¿Para qué se dialoga entonces? “Negocien o dimitan”, he leído estos días en una pancarta.

6 ¿Cómo es posible que todo se base en un discutible principio del derecho a la autodeterminación que no figura en la Constitución de ningún país del mundo? El derecho a decidir no es omnímodo. Cuando se invoca la democracia para decidir hace falta precisar qué se decide. Porque no somos libres para decidirlo todo. No se puede decidir en una votación, aunque sea unánime, acabar con la vida de otras personas.Por otra parte, en buena lógica independentista, también los españoles y las españolas tendrían derecho a decidir.

7. ¿Cómo es posible que una parte (al parecer minoritaria o, al menos, no abrumadora) pretenda imponer su criterio a la otra en nombre de la democracia? ¿Cuántos votos hacen falta para que los independentistas, que solo se sienten catalanes, obliguen a quienes se sientes catalanes y españoles a dejar de lado una de sus identidades? ¿Puede obligar una minoría a que la mayoría haga lo que no quiere?

8. ¿Cómo es posible basar la independencia en los resultados de un referendum ilegal, plagado irregularidades, un referéndum en el que aparecieron urnas llenas de votos, en el que se puede votar cuantas veces se quera, en el que no existe un censo fiable ni un recuento creíble de votos…? ¿Cómo se puede decir que lo ocurrido el 1 de octubre es suficiente causa para proclamar la independencia? ¿Cómo se puede afirmar que las cargas policiales contra un acto ilegal justifican la segregación de un estado represor? Cuando los mossos han reprimido una manifestación, ¿ha querido independizarse alguien de Cataluña?

9. ¿Cómo es posible que se haya fracturado la sociedad catalana hasta límites insospechados, enfrentando a familias, amigos, instituciones y partidos sin que nadie sienta la más mínima culpa? La fractura de la sociedad civil está siendo tan profunda que cuesta imaginar los caminos por los que se puede llegar a su restablecimiento. Y cuesta creer que sean los responsables políticos quienes más leña han echado para alimentar este fuego devorador de la convivencia.

10 ¿Cómo es posible que se ordenen cargas policiales violentas para evitar un referendum que no tenía ningún valor? ¿Cómo es posible tolerar la ambigüedad de los mossos de escuadra en el control de los disturbios?

11. ¿Cómo es posible también ignorar el sentimiento y la convicción independentista que tiene una buena parte del pueblo catalán, guste o no guste? No se puede silenciar con argumentos, ni con prebendas, ni con armas ese fervor identitario del que hace gala. No se puede despreciar el fervor nacionalista catalán acudiendo a las leyes, a la historia o a la razón. Cuesta creer que no se hayan visto tantas manifestaciones multitudinarias, que no se hayan oído tantas proclamas y que hayan pasado inadvertidas tantas esteladas. Se ha acudido a la Constitución, a los tribunales, a la policía y a los jueces para silenciar ese clamor. Es como tapar el fuego con papel. Por eso muchos dicen que antes no eran independentistas y que la pasividad, la cerrazón, la impermeabilidad, la insensibilidad del gobierno central les ha impulsado hacia el separatismo.

12. ¿Cómo es posible que, en un pleno rocambolesco del Parlament, se declare la independencia y se anulen los efectos de la misma a los 8 segundos? ¿Cómo es posible que se solicite la mediación internacional entre quienes exigen el cumplimiento de la ley y quienes se sitúan fuera de ella? Porque sin ley no hay democracia. Aunque la ley sea siempre revisable.

Todo esto es posible, a mi juicio, porque se piensa con las vísceras. Llega un momento en el que desaparece la razón y solo rige la pasión. La pasión por las propias ideas y la pasión contra las ideas del otro. Eso es fanatismo. ¿No podemos convivir como ciudadanos del mundo? Porque es cierto que hay cosas que nos separan, pero hay muchas más que nos unen.

A mí me gustaría que Cataluña siguiera en España. Porque creo que sería mejor para todos. Para Cataluña, para España y para Europa. ¿Por qué no cambiar la Constitución para que todos nos sintamos si no plenamente felices, al menos medianamente satisfechos dentro de ella?








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