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OPINIÓN | Educación
El paradigma de la complejidad (y III)

Miguel Ángel Santos Guerra
domingo, 27 de agosto de 2017 (17:16:47)

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He dedicado los dos artículos anteriores a plantear algunas causas de la complejidad del fenómeno educativo. Cierro hoy las reflexiones con algunas otras (existen muchas más, por supuesto) que tienen que ver con los diferentes contextos en los que se sitúa este fenómeno tan decisivo como apasionante. Me detendré especialmente en las características del contexto institucional, aunque, cualquiera de los otros tres podría ser objeto de un mayor (interminable) detenimiento.

El contexto neoliberal

El contexto cultural que nos envuelve tiene unos ejes con conceptuales y operativos que contradicen casi todos los presupuestos que maneja la educación: individualismo exacerbado, competitividad extrema, obsesión por los resultados, relativismo moral, olvido de los desfavorecidos, imperio de las leyes del mercado, capitalismo salvaje, hipertrofia de la imagen, privatización de bienes y servicios, rectificación del conocimiento…

La escuela ha de ser, en esas circunstancias, una institución contrahegemónica. Y ya se sabe que avanzar contracorriente resulta más problemático y difícil que dejarse arrastrar por ella.

La tarea de la educación se produce en un caldo de cultivo contradictorio con los fines que se pretende alcanzar a través de ella. Tenemos que hablar mucho de valores porque no se hallan presentes en la cultura. Si estuvieran instalados en ella se aprenderían por ósmosis.

El contexto digital

El paradigma de la complejidad se acentúa si tenemos en cuenta que vivimos inmersos en la cultura digital. Mi compañero y amigo Ángel Pérez Gómez escribió en 2013 un estupendo libro so titulado Educarse en la era digital.

En él se puede descubrir la complejidad que tienen las nuevas exigencias generadas por esa cultura sobrevenida.

La escuela ha de sentirse interpelada por las nuevas exigencias que ella impone. Unas relacionadas con el conocimiento, que ya no se encuentra solo en la escuela sino que se presenta en la red en múltiples formas y abrumadoras cantidades y otras con las relaciones interpersonales, que se realizan de forma casi instantánea y muchas veces camufladas bajo máscaras de anonimato.

Más importante que ofrecer conocimiento, para la escuela hoy es importante facilitar criterios para discernir si el conocimiento que encuentran los alumnos es riguroso o está adulterado por intereses económicos, políticos, religiosos, comerciales y publicitarios.

El contexto familiar

A nadie se le oculta la importancia que tiene la familia en el proceso educativo de sus hijos e hijas. No se puede generalizar, pero las familias no son siempre hoy en día un factor de apoyo, de colaboración, de respaldo y de complemento de la tarea educativa que se realiza en la escuela.

Cuando existen actitudes combativas, descalificadoras, agresivas y hostiles hacia la tarea de los profesores y las profesoras todo se hace más complejo.

Basta que no haya interés, basta que haya indiferencia o delegación de funciones para que aparezcan los problemas.

El contexto institucional

La complejidad de la tarea educativa se hace más intensa y diversa cundo se analiza el contexto institucional que la alberga. Esta institución tiene unas complejas y paradójicas características que es preciso tener en cuenta para trabajar con el adecuado éxito dentro de ella. Veamos algunas de esas características alguna de las cuales entran en flagrante conflicto con lo que constituye una buena educación:

La escuela es una institución jerarquizada: la escuela es una institución que está transida por el principio de jerarquía. Una jerarquía que tiene diversos componentes y dimensiones. Existe una jerarquía curricular que deja el diseño y la ejecución en manos de los profesionales. No hay auténtica participación de toda la comunidad en la elaboración del Proyecto Educativo. Existe jerarquía evaluadora. El profesorado tiene la capacidad de sancionar los aprendizajes. Existe también una jerarquía legal, hay que el profesorado esta investido de autoridad institucional.

En una estructura jerárquica la democracia se convierte en un simulacro. Si el componente más determinante del comportamiento es la obediencia (no la libertad) no se puede hablar de una convivencia democrática. La convivencia no puede basarse en relaciones sometimiento o de subordinación, dice Humberto Maturana.

La escuela es una institución de reclutamiento forzoso: resulta paradójico que se obligue a unas personas a acudir a una institución para que allí aprendan a ser libres y participativas. No en todas las etapas existe obligatoriedad legal pero en todas se produce una obligatoriedad social. La escuela, como institución credencialista, acredita ante la sociedad que los alumnos han pasado con éxito por ella. Esto hace que los que acuden a la escuela tengan que aceptar los códigos de comportamiento que en ella se imponen.

El conocimiento escolar tiene valor de uso (vale más o menos, despierta un interés mayor o menor, tiene utilidad amplia o escasa…) y posee también valor de cambio (se canjea por una calificación y, al final, por un título…). Hay que pasar inevitablemente por la institución escolar para tener una acreditación que de fe del paso exitoso por ella.

Convivir en esa institución marcada por la meritocracia reviste una peculiaridad: condiciona las relaciones. Genera dependencia y sumisión. Para poder tener buen resultado hay que asimilar el conocimiento hegemónico, hay que aceptar las normas, hay que someterse a las exigencias organizativas…

La escuela es una institución cargada de prescripciones: la escuela está marcada por prescripciones legales y técnicas que condicionan la convivencia. La comunidad escolar tiene en la legislación un marco que posibilita y a la vez constriñe la comunicación. Muchas de las reglas de funcionamiento de la escuela están marcadas por la normativa. No son fruto del diálogo y la deliberación de sus integrantes.

Lo que se hace en una escuela es altamente previsible y fácilmente comparable con lo que se hace en otra. Fragmentación en grupos por edades, inclusión en aulas, división del currículum en materias, un profesor en cada aula, descansos entre sesiones de clase… La convivencia está encorsetada en una estructura y un funcionamiento que repite el cuadro horario con una fidelidad extrema.

La escuela es una institución androcéntrica: aunque la escuela mixta esté ampliamente implantada el androcentrismo sigue existiendo al mantenerse los patrones patriarcales como reguladoras del comportamiento. La convivencia en la escuela está marcada por pautas sexistas, menos acentuadas que lo estaban hace tiempo, pero todavía muy sólidas.

Para que una escuela sea coeducativa no basta con que en ella estén mezclados los niños y las niñas. Quedan muchas vertientes que permanecen ancladas en el sexismo: la filosofía que emana de los textos, las formas de comportarse, el lenguaje utilizado, las relaciones entre las personas, las expectativas sobre el alumnado, el aprendizaje del género.

La escuela es una institución con fuerte presión social: la escuela sufre una presión social que dificulta sus movimientos innovadores. La sociedad vigila a la escuela para que en ella no se rompan las pautas culturales hegemónicas. Basta que se produzca un hecho heterodoxo para que se le echen encima agentes sociales que velan por el mantenimiento de lo «políticamente correcto».

No hay programa educativo de televisión o de radio en el que no se le exija a la escuela la solución de todos los problemas de la sociedad: tiene que educar para la paz, el medio ambiente, la tolerancia, el consumo, la convivencia, las nuevas tecnologías… Todo en el mismo tiempo, con los mismos medios y con la misma remuneración.

Lo que he pretendido con estas reflexiones no es matar el optimismo sino invitar a la reflexión. Lo que he querido, en definitiva, es decir que la tarea educativa es tan decisiva y apasionante como compleja.








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