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Elogio de la educación lenta

Miguel Ängel Santos Guerra
jueves, 30 de marzo de 2017 (08:33:26)

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Hace unos días fui testigo de una curiosa conversación en mi antiguo despacho de la Facultad. Una alumna le pedía a una profesora la dispensa de asistencia a las clases porque estaba trabajando y le era imposible acudir ningún día según los horarios establecidos. Por otra parte, le decía que estaba cursando dos menciones simultáneamente y quería terminarlas a la vez en el tiempo mínimo.

Con buen criterio, la profesora le decía que, con lecturas y trabajos individuales, no podia cursar con provecho una asignatura presencial que exigia aprendizaje cooperativo, discusión, debate, trabajos de grupo y construccion de una experiencia compartida. Le decía también que consideraba que no podían cursarse dos menciones en el tiempo de una si, además, estaba trabajando. Es decir, que no podía hacer bien, con la necesaria profundidad, con el debido sosiego, el doble que otros compañeros hacían con dedicación exclusiva.

No quise intervenir, porque nadie me había dado vela en aquel entierro, aunque me hubiera gustado. Pensé con inquietud, en primer lugar, en la prisa desmesurada de esa alumna, en su ansiedad por acumular títulos, en su propuesta descarada de liberarse de las exigxencias que los demás tienen que asumir y en el error que encierra esa postura que he visto repetida muchas veces. Porque de esa forma es imposible hacer bien las cosas. Es imposible aprender reposadamente, profundizar, compartir, aprovechar el tiempo de formación. Pensé también en el dinero que cuesta una plaza en la enseñanza superiror presencial y en aquellos alumnos que se han quedado sin ella porque otros la ocupan de una manera tramposa.

De esa forma se acumulan certificados en tiempo record, se alardea de un pragmatismo desbordado e, incluso, de unas capacidades sobresalientes que permiten hacer en el mismo tiempo el doble que los demás.

Pero hay otro tipo de consideraciones que también me asaltaron, relacionadas con la institución en la que se hacen esos planteamientos y con los docentes que los asumen. Me refiero a la falta de exigencia, a la imposibilidad de formar bien a los estudiantes con unas modalidades de trabajo apresurado y superficial. Y eso me remite al tipo de evaluación que comprueba los aprendizajes.

Al no acceder la profesora a esta peticion, la alumna preguntó si podía cambiar la matrícula para cursar la asignatura con otro docente que le permitiera faltar a las clases. Creo que se fue con esa decisión. Lo inquietante es que encuentre a alguien que acceda a esas pretensiones.

Lo cual plantea otra cuestión no menos importante. ¿Cómo es posible que haya criterios tan discrepantes en la solución de demandas a todas luces inadmisibles? ¿A quién beneficia una postura que elimina la necesaria exigencia que necesita la formación de profesionales de la educación? De esa manera, la alumna acabará teniendo un conocimiento superficial, prendido con los alfileres de las exignecias mínimas y la Facultad se desprestigiará al difundirse ese tipo de prácticas que permiten hacer sin esfuero alguno lo que en otras cuesta mucho más conseguir.

¿A dónde se dirigen los estudiantes con estas velocidades? ¿A dónde llegan cuando caminan con la mayor eficacia en la dirección equivocada? ¿Qué hacen después con los títulos acumulados debajo de los cuales no hay más que prisas y apariencias?

Hace años, leí la carta que Harry Lewis, Decano de una Facultad de Harvard, había dirigido a sus alumnos y alumnas. El título de la misma dejaba ya claro cuál era su propósito. La carta se titulaba “Ir más despacio”. Y explicaba que esa actitud acelerada no conducía a ninguna parte. O, más bien, conducía a una formacion superficial y a unas actitudes irresponsables. En ella insta a los alumnos a pensarlo dos veces antes de avanzar a toda prisa por los cursos. Les dice: “El tiempo desocupado no es un vacío que debe llenarse. Es lo que te permite reordenar de una manera creativa las demás cosas que están en tu mente”.

Lo que se valora es hacer muchas cosas en el menor tiempo posible. Cada vez vivimos más años y cada vez tenemos más prisa. Es una sensación de aceleración permanente. Viajes rápidos, comida rápida, educación rápida. Cuanto antes se aprenda, cuanto más se aprenda, cuanto más se aprenda en menos tiempo, mejor. En todos los niveles del sistema.

Joan Domenech Francesh escribió hace algunos años en la Editorial Graó un libro con este título: “Elogio de la educción lenta”. En él plantea no solo sus teorías al respecto sino la forma de llevarlas a cabo en la escuela. Habla pues de la teoría y de la práctica. Porque hace lo que allí justitica y propone. como modelo teórico. Se trata de imponer un ritmo sosegado a la acción.

No por mucho madrugar amanece más temprano, dice nuestro refranero, en esta ocasión de forma certera. No por estirar con fuerza las ramas del árbol crece más rápido y da mejores frutos.

Nos recuerda el profesor Domenech que los griegos tenían dos dioses relacionados con el tiempo: Kronos, vinculado al tiempo que duran las cosas y Kairos, que está ligado a los ciclos de la naturaleza, al tiempo que necesitan los acontecimientos para desarrollarse plenamente. Nuestra cultura sólo conoce y valora a Kronos.

Creo que la educación es una actividad de tiempos lentos, de reflexión sosegada, de relaciones tranquilas, de frutos demorados. El torbellino de la prisa lo inunda todo y hace que aceleremos nuesro paso sin saber previamente hacia donde nos dirigimos.

Por otxra parte, hay que tener en cuenta que cada persona tiene su ritmo, tiene su tempus. Es un error en el que frecuentemente se incurre: ir todos a la vez, todos al mismo paso, todos en la misma dirección, todos con el mismo estilo de caminar. No. Perderemos al cojo si imponemos a todo el grupo un ritmo uniforme y acelerado de marcha.

Existe un problema añadido. Que otro nos adelante, que otro llegue antes, que otro nos gane. Y eso quiere decir que vamos demasiado despacio. No debería interpretarse así. Puede ser, sencillamente, que estemos yendo al paso que podemos ir, al máximo de las posibilidades que tenemos. Y que el otro esté yendo también a su paso, o que lo esté forzando para adelantarnos. Allá él. No tiene por qué arrastrarnos a su equivocación.

Se puede comprobar este hecho en cómo los padres y las madres comparan los ritmos de aprendizaje de sus hijos e hijas con los de otros colegios: los niños de tal escuela ya saben leer, los alumnos de tal entidad ya han llegado al final del temario…

Hacer mmuchas cosas, hacerlas rápidamente, acumular más méritos que los demás, tener más certificados que nadie, adelantar a los otros en el número de actividades y en el tiempo que se necesita para realizarlas se ha convertido en una necesidad en esta sociedad de ritmos cada vez más acelerados.

Dice Bernstein que el ritmo de los aprendizajes que hay que realizar en las escuelas es hoy tan acelerado que hace falta una segunda escuela en la casa para seguirlos. ¿Qué sucede con quien no tiene esa segunda escuela?

En la entrada de las instituciones educativas se debería colocar un cartel con el texto que vi en un zona de Punta del Este en la que se estaba promocionando la venta de unas viviendas: Aquí solo corre el viento.








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