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La última vez que…

Miguel Ángel Santos Guerra
domingo, 01 de enero de 2017 (10:29:41)

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No sería una mala idea vivir las experiencias de la vida con la sensación de que las estamos viviendo por última vez. Es probable que viviéramos de forma más sincera, más profunda y más feliz.


Lo he pensado muchas veces. Y ahora lo veo plasmado en el libro “La carne”, de la periodista española Rosa Montero. “La carne” es una estupenda novela sobre el paso del tiempo, sobre sus devastadores efectos en la carne y en el espíritu.  Imagino que le habrá pasado alguna vez a mis lectores y lectoras. Algo que han pensado lo encuentran perfectamente plasmado en un escrito. Me lo han dicho a mí algunas veces: usted pone por escrito algunas ideas que yo tengo, algunos sentimientos que vivo.

Pues bien, he pensado que hacemos algunas cosas, sin pensarlo y sin saberlo a veces, por última vez. La última vez que jugué un partido de fútbol, que estuve esquiando, que salí al extranjero, que volé en avión, que di una conferencia, que salí por la puerta de la casa paterna, que vi a un amigo, que fui al supermercado… La última vez.

Rosa Montero lo dice así: “La gente casi nunca sabía cuándo era la última vez que hacía algo que le importaba. La última vez que subes a un monte. La última vez que esquías. La última vez que tienes un encuentro sexual. Porque a ese cuerpo mutante que de pronto se plisaba, se ablandaba, se cuarteaba, se desplomaba y se deformaba, a ese cuerpo traidor, en fin,  no le bastaba con humillarte: además, cometía la grosería suprema de matarte. Y así, cuando llegabas ya a esa edad, la edad de los perros, las posibilidades de malignidad de la carne se multiplicaban. Y un día te descubrías una llaga en la boca, un hematoma de nada en una pierna y no te dabas cuenta de que esas nimiedades eran la tarjeta de visita del asesino, del silencioso criminal que te iba a ejecutar”.

La novela de Rosa Montero nos sitúa ante el desafío del paso del tiempo, que afecta de forma especial a las mujeres. Se puede comprobar a través de la lectura de la novela. Y afecta especialmente a quienes ya nos hemos metido en edades de alto riesgo.

Cuando a alguien le sorprende la muerte, si diéramos marcha atrás en el tiempo a su vida, veríamos que desde un determinado momento, estaba haciendo todas las cosas por última vez: la última vez que fue al cine, que salió de casa, que leyó un libro, que vio la televisión, que fue al baño… Aquellas de las que somos conscientes tienen una dimensión diferente. Pero hay otras de las que no sabemos a ciencia cierta que tienen la condición de últimas. Pondré un ejemplo de cada una.

En esta misma sección escribí hace un tiempo un artículo titulado “Mi última clase”. En realidad, debía haber dicho: La última clase de mi vida profesional. Era consciente de lo que estaba pasando. Se trataba de la última vez que impartía una clase con el contrato en vigor, ya que acababa mi tercer año (y último) como profesor emérito. (También es cierto que puedes equivocarte. La Ministra de Empleo española acaba de anunciar que van a estudiar la posibilidad de que los jubilados suscriban contratos de trabajo compatibles con  la percepción íntegra de la pensión. Si fuera así, se dejaría la puerta abierta a nuevos períodos de docencia…).

Hace unos años sufrí en una rodilla una operación de menisco. En aquella fecha puse fin a mi tardía afición al esquí.  No volví a esquiar. He dado marcha atrás a la película de la vida y me ha costado encontrar cuándo tuvo lugar mi último día de esquí. Estoy seguro de que aquel día, cuando me desprendí del atuendo, no fui consciente de que ya no me lo volvería a poner.

Hay cosas que hacemos por última vez porque una  circunstancia física lo impide. Si alguien se queda ciego, no volverá a ver.  Hay otras que no haremos más por voluntad expresa, al amparo de los motivos. No volveré a trabajar en esa empresa o no volveré a ese país.

Todo esto tiene que ver con el paso del tiempo, que no es igual para unos que para otros. No es igual, por ejemplo, para niños que para adultos. En el año 2006, la editorial  Alianza publicó un libro del psicoanalista holandés Douwe Draaisma titulado ¿”Por qué vuela el tiempo cuando nos hacemos viejos?”. Decirle a un niño que recibirá un regalo la próxima semana es como si a un adulto le dijeran que se lo iban a entregarla próxima década. Unas vacaciones de verano para un adolescente son una eternidad. A los mayores se nos van en un suspiro. Ilustra muy bien esta idea el reloj de arena. Entre más años pasan, los granitos se van desgastando y bajan más rápidamente por el orificio, de tal modo que un minuto puede contarse en 37 segundos. Cuando más viejo sea un reloj más rápido pasará la arena. Así lo percibió Ernst Jünger en “El libro del reloj de arena”.

Todo esto tiene que ver con las operaciones de la memoria, especialmente con la memoria autobiográfica. La memoria ordena nuestras experiencias en el tiempo como un pintor ordena los espacios con perspectiva. Bergson hablaba de la vivencia subjetiva del tiempo. Decía que no se derrite a la misma velocidad un azucarillo en un vaso de agua para un sediento que para otro que esta saciado. El tiempo pasa más lentamente cuando estamos aburridos y pasa más velozmente cuando estamos entretenidos.

Dice Draaisma que “mientras vamos dejando de ser jóvenes el tiempo se condensa, se acelera, nos elude. Recordamos mejor las cosas lejanas y más remotas, las de la infancia más temprana por ejemplo, que las que sucedieron ayer,  en una suerte de presbicia de la memoria”.

Hoy (esta noche) es Nochevieja. Nochevieja es una fiesta sobre el paso del tiempo. Es tan nueva y tan vieja como todas las noches del año, pero decimos que es vieja para dar a entender que han transcurrido 364 noches, que se ha terminado ese período de tiempo al que llamamos un año.  No es que sea vieja, es tan joven como las demás mientras transcurre. Es un recurso temporal.

Probablemente conozcas el experimento que se ha hecho en Madrid el pasado mes de noviembre con 27 jóvenes sobre los regalos que pensaban hacer en estas fechas a las dos personas que más quieren.  La experiencia tiene tres preguntas. La primera dice: ¿qué les regalarías esta Navidad a las dos personas que más quieres? Los destinatarios son padres, madres, novios, abuelos, hermanos… Se van sucediendo las respuestas, todas ellas de carácter material:  libros, drones, nintendos, bastones, discos, bombones… La segunda dice: ¿qué te gustaría regalar a estas personas  si te tocase la lotería? Los destinatarios se mantienen, pero los regalos aumentan de categoría, siempre de carácter material: un pura sangre, una casa en la playa, un viaje a Egipto, un chalet, una empresa… Los informantes hacen esfuerzos para elegir objetos que resulten agradables sorpresas para sus destinatarios.

La última pregunta deja descolocados a los sujetos: ¿qué le regalarías a esas personas si fuese la última Navidad de su vida? Los entrevistados y entrevistadas se desconciertan. Y, cuando, al final se deciden, eligen regalos de otra naturaleza. Todos tienen que ver con la esfera afectiva: le traería a casa  porque está en una residencia, reuniría a la familia entera,  sería más sincera, le reglaría mi tiempo,  buscaría un mejor trabajo para no defraudar a mi madre…

No sería una mala idea vivir las experiencias de la vida con la sensación de que las estamos viviendo por última vez. Es probable que viviéramos de forma más sincera, más profunda y más feliz.








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