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Carta de admiración hacía un maestro de la música y la vida

José Antonio Sánchez
miércoles, 21 de septiembre de 2016 (23:05:03)

1 Comentarios - 1.886 Visitas

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Sin recordar exactamente los años que tenía, añoro aquel día de primavera, un día soleado en el que estaba con mi madre, en la azotea de mi casa. Ella lavaba la ropa y tendía mientras yo le ayudaba a lo que me dejaba (¡que bastante trabajo le daba ya!) como darle pinzas para colgar aquellas grandes sábanas blancas con ese característico perfume de recién lavado. El lugar era perfecto, la temperatura perfecta, el olor perfecto… Se podían percibir varios sonidos: los coches pasar por la calle; alguna bocina señalando la entrada de un camión a aquella curva tan cerrada que preside el Pingorote; el reloj de la Plaza, que cuando marcaba las 12:00, tocaba aquella melodía tan característica marcando la llega del mediodía; y lo más agradable, un son que llegaba cruzando desde la calle del Río, desde las antiguas dependencias del Ayuntamiento y actual Hogar del Pensionista, hasta la azotea de mi casa. Una mezcla de timbres que en algunos momentos dejaba de sonar pero al momento volvía a repetir lo mismo, y paraba y volvía a empezar de nuevo… 

Me quedaba asombrado de aquel bonito sonido intentando encontrar un imposible contacto visual con el foco de donde se producía. Mi madre se acercaba y me decía que ese son era de “la banda”, la Banda de Almedinilla. Ella me decía que allí estaba Conchi, tocando el clarinete, tocándolo muy bien. Me decía que cuando fuera mayor y tuviera la edad me iba a apuntar a tocar allí con Conchi para que yo también fuera partícipe de aquellos sones tan bonitos.

Después de muchas mañanas similares a las relatadas anteriormente, llegó el día. Por iniciativa propia, y sin avisar a nadie decidí acercarme a las antiguas escuelas, concretamente “la casa de por debajo del maestro José María”. Había que pasar por una puerta de hierro pintada de verde un poco descascarillada la cual daba acceso a la entrada de la casa donde entonces estaba la Banda. Nada más entrar, veías “hueveras de cartón” forrando la pared de toda la sala. Sí, hueveras de cartón, que son un buen aislante acústico. Atravesando la puerta de entrada, justo en frente había una habitación pequeña donde cumplía la función de almacén de instrumentos. A mano derecha, entrabas a la sala de ensayo. Una sala llena de sillas, atriles y partituras, pero a lo único que se me iban los ojos era aquella batería con tantos tambores y platillos que había. Cruzando la sala de ensayo, antes de llegar al final, encontrabas a mano izquierda una especie de patio cubierto por uralita transparente, donde atravesaban los rayos de sol y daba la luz natural. Al final de la sala de ensayo, encontrabas una puerta marrón, de pomo negro y punta retorcida. 

Allí entré indicado por las personas que había en la sala grande. Un despacho con una mesa, una fotocopiadora grande (como las que había en el cole), un armario y  un señor alto con gafas al cual lo llamaban “maestro”. Una persona que mostraba mucha autoridad y mucho respeto. Yo le expliqué mi interés en formar parte de “La Banda”, quería tocar un instrumento. “El maestro”, se alegró y entonces me dijo que tenía el instrumento perfecto para mí, pero que antes debía aprender solfeo y estudiar la música. Eso nadie me lo había dicho, yo quería tocar desde el primer día y estar en medio de aquel son tan bonito que tenía grabado en la cabeza. Pienso que él pudo ver en mis ojos un poco de desilusión pero de momento, llamó a un tal Abel y le encomendó que trajera “el Júpiter”. No sabía de qué hablaban, pero al momento, llegó un hombre con una mano vendada y en la otra un maletín negro casi más grande que yo. Aquel hombre lo puso encima de la mesa del despacho y “el Maestro” lo abrió. Allí había una gran “trompeta” con múltiples dobleces de color dorado que hizo que abriera los ojos de par en par. Me dijo que ese era mi instrumento. Ya era para mí. Supo cómo darme ilusión en estudiar música y aprender el solfeo.

“El maestro” me tomó los datos para rellenar mi ficha de alumno y me indicó que volviera al día siguiente y llevara una fotografía tamaño carné, un lápiz y una goma de borrar, que íbamos a empezar a dar Solfeo. 

Llegué a casa y le dije a mi madre que había estado en “la Banda” y me había apuntado. Mi madre se sorprendió muchísimo y me preguntó que por qué no le había dicho nada para que hubiese ido conmigo. Le expliqué todo lo que había sucedido y que me habían dado un instrumento muy grande que me había encantado. Ella, preocupada me dijo que íbamos a volver a subir que ella quería hablar con “el maestro” porque quería enterarse de todo bien, que yo era todavía “chico”.

Fuimos la misma tarde al mismo sitio y entramos al despacho de nuevo. Esta vez allí había cuatro personas: “el maestro”, Abel, Alfredo y Anchi. Mi madre se interesó y preguntó que como funcionaba la banda y que tenía que hacer yo. Después de completar los datos personales que yo no sabía darle “el maestro” le explicó todo detenidamente y le dijo que yo iba a tocar el bombardino. Mi madre no acababa de verlo claro, pues decía que era un instrumento demasiado grande y yo era muy pequeño. Quería que me diera un clarinete igual que Conchi. “El maestro” le dijo que me lo había ofrecido y que me había gustado. Ella volvía a insistir que por qué no podía coger otro más pequeño más adecuado para mí. Después de un rato de diálogo entre los dos, explicó a mi madre que el bombardino era igual de importante que cualquier otro instrumento o incluso más que muchos. En la banda sólo había una persona que lo tocara y en ese momento estaba impedido a causa de una lesión en la mano. Esa fue una razón y otra que ese instrumento tenía varias voces y solo podía sonar una. Tras un rato de “tira y afloja” mi madre cedió no muy convencida por los argumentos que le habían dado si no porque era lo que yo había elegido.

Al día siguiente, subí con mucha ilusión a llevar la fotografía y comenzar con el solfeo. Ahí comenzó mi etapa de vida como músico en la Banda Municipal de Almedinilla.

Ahí también fue cuando conocí a ese hombre, “al maestro”, a José Molina Comino, a Pepe.

Pepe ha sido para mi vida un gran referente y educador. Ya el primer día mostraba una persona seria, respetable y con mucha autoridad. Pepe me ha enseñado más que música, más que solfeo y más que tocar un instrumento musical. 

Siempre advertía no tomar comida ni chucherías antes de tocar el instrumento pues el azúcar se quedaba incrustado en el interior de los instrumentos y se deterioraban e incluso llegar a romperse. El instrumento había tenido una importante inversión y había que tenerlo siempre cuidado y limpio. Me enseñó a cuidar las cosas y apreciar el valor que tenían.

Advertía que había que ser puntuales a la hora de ensayar y tomárselo enserio. Me enseñó a respetar la puntualidad de mis compañeros y con ello a ser puntual y ser responsable.

Llevar el traje de la banda, no era ponérselo y salir corriendo. Llevar el traje de la banda suponía llevarlo perfecto. La chaqueta se quita para sentarse y bien colocada, camisa dentro del pantalón, cinturón negro, corbata bien puesta ajustada al cuello, gorra recta, zapatos brillantes y lo más importante de todo, jamás llevar calcetines blancos. El traje de la banda era para tocar y no para jugar después de la actuación. Me enseñó elegancia, llevar un traje, vestir bien y la importancia que esto suponía.

Durante las actuaciones, las filas de formación no se podían romper nunca. El paso siempre debía ser el correcto acorde con el ritmo. No se habla, no se grita, no se come y siempre se da buena presencia. Me enseñó a tener una correcta disciplina y una correcta imagen hacia el público.

Había momentos serios pero también había momentos menos serios. Cuanto tocaba disfrutar se disfrutaba al máximo. Después cada actuación tocaba el esperado momento de convivencia entre todos los compañeros. Comer, beber, reír y compartir la experiencia. Los mejores momentos y los peores. Me enseñó a disfrutar de mis compañeros y la convivencia con el grupo. A conocer a los distintos tipos de personas y a relacionarme con todos siendo indiferente la edad que tuvieran. Todos éramos el grupo y todos éramos movidos por el mismo fin: la música.

Para él, todos éramos su familia, sus amigos, sus alumnos…Cada cosa en su correcto momento. Sabía escuchar y aconsejar, sabía regañar cuando era necesario no solo lo relacionado con la banda si no con cualquier cosa. Me enseñó a saber escuchar, tener empatía con todos y a saber decidir qué es mejor a largo plazo. Algo que en el momento puedes disfrutar, mirando lejos, puede perjudicarte. 

Antes de cada actuación nos animaba y nos hacía reír con cualquier chiste o comentario para reducirnos el estrés y la ansiedad que puede conllevar. Al finalizar, esperando en la salida, siempre nos daba un abrazo a cada uno y nos felicitaba por el buen trabajo realizado. Jamás olvidaré sus palabras tan repetidas: “La banda de Almedinilla, a diferencia de otras muchas bandas más grandes y de mayor prestigio, jamás ha hecho el ridículo donde quiera que ha actuado. Siempre ha salido por lo más alto y ha levantado al público”. Esas palabras no las decía porque a él le hubiese gustado el acto o quizá por contentarnos si no porque tanto el público, como profesionales de la música y diversos medios las avalan. Las felicitaciones que le han dado personalmente allá donde ha ido siempre las ha rechazado con gran humildad pidiendo por favor que felicitara a la Banda.  Gracias a él he podido vivir esos momentos y me ha hecho partícipe de todos: que se acerquen devotos y no devotos en una procesión a felicitarnos por los sones; levantar a un gran número de público de sus butacas y no parar de aplaudir; escuchar halagos en medios de comunicación; leer artículos donde hablan con tan buenas palabras de la formación en la él me ha hecho partícipe y por las que estoy orgulloso. 

Podría seguir enumerando uno a uno los principios que Pepe me ha inculcado. Cada palabra que ha tenido me ha servido para aprender y para forjar mi persona. Desde el primer día hasta siempre, tendrá todo mi respeto y admiración.

Desde estas palabras quiero agradecerle todo su trabajo tanto profesional como personal en formar músicos y personas. Cada uno sabe cómo aprovechar las cosas, bien o mal. Agradezco haber sabido aprovecharlas bien y sacar partido de cada lección. Quiero agradecerle todas las sensaciones que he experimentado detrás de mi atril haciendo música y también los que he estado acompañado por él. Ojalá algún día pudiera repetir cada una de ellas.

Gracias maestro.








1 COMENTARIOS

MARIA SIERRA - 27/09/2016 - 20:34:45


     Ayyy Jose que grande eres y que bien escribes pero lo mejor de todo es que sabes reconocer y agradecer a las personas que te han enseñado y de corazón tienes la honestidad de hacerlo público para que todos sepan que no sólo has tenido un maestro de música sino que también has tenido un maestro en la vida
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