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Tantos y tan enormes milagros

Miguel Ángel Santos Guerra (La Opiniónde Málaga)
viernes, 22 de mayo de 2015 (16:53:51)

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Porque aprendimos que una palabra es correctamente usada cuando comunica, dice, reclama, critica, apoya, consuela, discrepa, argumenta, enamora, o maldice, como reconocimos en tantos textos que nos hizo desmenuzar como un azucarillo en un café, para después beberlos a sorbitos durante el resto de nuestra vida.


Este artículo no tendría que firmarlo yo. Su autora es Francisca Muñoz, mi médica de cabecera y de corazón a quien ya mencioné en esta sección a causa de la carta de agradecimiento que escribió a los profesores de su hijo pequeño cuando acabó la escolaridad primaria.

Hoy voy a reproducir  íntegramente (el lector comprobará al leerlo lo acertado de mi decisión) el texto que le envió a su profesor de Lengua y Literatura cuando, no hace mucho,  se jubiló de sus tareas docentes).

Pretendo al hacerlo dos cosas complementarias. Mostrar, en primer lugar, la influencia maravillosa que los profesores pueden tener cuando realizan su tarea con acierto y pasión. Se verá en esta carta –tan coherente en su estilo con el contenido del texto- cómo la acción de un profesional marca la vida de una persona. En  segundo lugar, hacer patente la inteligente forma de aprender de aquella alumna adolescente (hoy excelente profesional de la medicina) y su sensibilidad para devolverle al profesor la gratitud por su buen hacer.

Estoy segundo de que aquel profesor tuvo algunos alumnos en cuyas mentes y corazones no caló de la misma manera el mensaje. La semilla ha de ser buena, pero la tierra que la recibe necesita una calidad y unas atenciones para que fructifique.

Reproduzco íntegramente el texto. Es el núcleo de mi artículo de hoy. De modo que Paqui muestra en él su gratitud hacia su profesor y yo muestro mi felicitación por sus hermosos sentimientos y por su  capacidad para el aprendizaje.

“Yo tuve un profesor de Lengua y Literatura.

Contra todo pronóstico, lo que nos enseñó, no solo me ha acompañado toda mi vida, sino que tiene milagrosamente plena vigencia y actualidad.

Y no era de esperar por varias razones: la primera, teníamos alrededor de diecisiete años, esa edad entre la fragilidad y la insolencia en la que la influencia de los adultos no se reconoce ni bajo tortura; la segunda, eran tiempos de rebeldía social, todo tenía que ser de utilidad demostrada, todo estaba en tela de juicio, incluidas, por supuesto, las reglas gramaticales, el diccionario y las obras literarias más reconocidas; y tercero, éramos una clase de ciencias “puras”, a ver qué nos podía aportar a nosotros, futuros matemáticos, médicos, o economistas, el estudio de las palabras, por muy simpático, cercano a los alumnos o “enrollado” que fuera el profesor.

Pero nos equivocamos de todas todas. Y nos fuimos dando cuenta con el paso del tiempo cuando nos descubrimos utilizando su legado silencioso en formas muy diversas y sobre todo, cuando nuestros errores de adultos, mucho más graves, nos bajaron de ese pedestal de falsa seguridad y prepotencia que da la ignorancia.

Porque no fue solo lo que aprendimos sino cómo nos lo enseñó.

Porque su objetivo no  fue el conocimiento del contenido sino el reconocimiento del continente.

Porque su diana no estaba en el estudio de los fonemas, la raíz de los vocablos o la compleja mezcla de palabras en aquellos castillos de análisis sintáctico de frases subordinadas y coordinadas, martirio de cualquier bachiller.

Porque con él aprendimos que lo realmente importante de las palabras eran las personas que las utilizábamos, lo que nos comunicaban, lo que entendíamos o dudábamos, más aún, lo que sentíamos ante ellas y por ellas, lo que pensábamos cuando las dábamos y las recibíamos. “Lo más importante del comentario de texto es la opinión personal”, decía, mientras nosotros le mirábamos de reojo sudando una respuesta personal e intransferible que no estaba escrita en ningún sitio.

Porque nos enseñó que el receptor (nosotros) y el emisor (un prestigioso autor) éramos equiparables,  personas cómplices en un intercambio continuo y que el valor del mensaje no estaba en su estructura sino en el interior del que lo emitía y en el del que lo recibía,  en la emoción que suscitaba o en la idea que hacía surgir en nuestros cerebros casi recién estrenados y así, reconocidos y validados; en nosotros, medio niños, medio pobres, medios.

Porque sorprendentemente eso nos daba mucho valor a nosotros mismos, como protagonistas del lenguaje y por extensión, de la vida, de una vida,  la nuestra, a una edad en la que se precisa una dosis de autoafirmación cada ocho horas y en que la principal certeza es la incertidumbre.

Porque aprendimos que una palabra es correctamente usada cuando comunica, dice, reclama, critica, apoya, consuela, discrepa, argumenta, enamora, o maldice,  como reconocimos en tantos textos que nos hizo desmenuzar como un azucarillo en un café, para después beberlos a sorbitos durante el resto de nuestra vida.

Porque nos hizo descubrir que, fuese cual fuese el oficio que eligiéramos, o que más bien nos eligiera, estaríamos abocados a esa bendita maldición de comunicarnos en todas nuestras acciones.

Porque nos enseñó que el arte es una de las pocas razones por las que uno puede sentirse orgulloso de pertenecer al género humano, y que se escribe con minúsculas, y que también estaba en nosotros, no solo en esa pieza musical, escena de teatro, texto o cuadro, sino en la luz que milagrosamente encendía en esa cueva limpia y oscura que es el alma en construcción de un adolescente.

Ahora todo lo que aprendimos forma parte de su legado, de ese gran tesoro que nos regaló a tantos tanto tiempo y que, instalado en nuestro disco duro nos persigue como una maldición en nuestra vida de adultos: la de querer conocer, la de querer opinar, la de querer pensar, la de querer querer, la de querer ser.

Yo tuve un profesor de Lengua y Literatura.

Gracias, a él y a toda esa generación de profesionales de la enseñanza pública, que con su trabajo discreto y anónimo han sido capaces de tantos y tan enormes milagros cotidianos”.

No hay mucho que añadir. El texto habla por sí mismo. Es elocuente y muestra bien a las claras lo eficaz  del aprendizaje. En ocasiones no somos conscientes de las cosechas que producen las sementeras de la educación. Claro, la de los buenos profesores. Lamentablemente, podemos encontrarnos con otros que aplastan el  deseo de aprender y generan aburrimiento y rabia. Porque hay torpeza en la forma de ejercer la profesión y desamor en la manera de relacionarse.

Permítaseme añadir una breve y sentida referencia a la importancia de la escuela pública. Por ser la escuela de todos y de todas, por ser la escuela para todos y para todas. Hace años escribí un artículo titulado: La escuela publica o la causa de la justicia.

Hasta el título de este artículo es hermoso. Lo he tomado del texto que he querido glosar. Son muchos los milagros que produce la enseñanza. Milagros tan duraderos como la vida de los alumnos.  El recientemente fallecido Rubem Alves escribió hace años un libro titulado “La alegría de enseñar”. De él extraigo esta cita: “Enseñar es un ejercicio de inmortalidad. De alguna forma seguimos viviendo en aquellos cuyos ojos aprendieron a ver el mundo a través de la magia de nuestra palabra… Por eso el profesor nunca muere”. Así es.

 








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