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El buzón de la vida

Miguel Ángel Santos Guerra
domingo, 08 de junio de 2014 (18:11:56)

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Y también rememoro la experiencia porque he pensado en todas las cartas que otros han dejado o que yo he ido depositando en el buzón de la vida.

Me ha pasado hace pocas semanas. Después de una conferencia que pronuncié en la Universidad de Alcalá de Henares, tuve la oportunidad de hablar con una alumna mía de la Universidad Complutense a la que había dado clase hace treinta y cinco años. Me lo tuve que repetir varias veces vez para creerlo: ¡treinta y cinco años! La recordaba muy bien, como la alumna aplicada, tímida y formal que fue en aquel 2º año de la carrera de Pedagogía. Corría el año 1978. Ella es ahora una estupenda profesora en la Facultad de Educación de la Universidad de Alcalá.

Su padre era un importante pedagogo de aquellos años, autor de libros que manejábamos con asiduidad profesores y alumnos del área de educación. Ella, hija única, tuvo una relación especial con su padre mientras vivía y ha mantenido su recuerdo muy vivo después de fallecido hace ahora, según me cuenta, diecisiete años.

En el viaje a Madrid le pregunté si recordaba que su padre había contestado a una carta que yo dirigí a mis alumnos al terminar el curso académico y en la que compartía mis ilusiones, preocupaciones, temores y sueños de profesor universitario novel. No sabía que su padre me había contestado. Me dijo también lo importante sería para ella recuperar ese escrito de su padre, ya que él se había desecho de casi todos sus escritos antes de morir. Le prometí buscar la carta y le aseguré que la encontraría porque tenía la convicción de no haberla destruido.

La busqué y, sin mucho esfuerzo, la encontré. Releí mi carta y vi plasmadas, casi con asombro, mis inquietudes de profesor joven. Y leí la carta del padre de mi alumna, que entonces se encontraba a un paso de la jubilación. Hacía interesantes reflexiones a un principiante desde la atalaya de su experiencia.

Ella me dijo que la carta le había hecho derramar muchas lágrimas de emoción, al avivar el recuerdo y el pensamiento pedagógico de su padre.

¿Por qué traigo a colación esta experiencia? Porque la relectura de la carta que escribí entonces a mis alumnos, las respuestas que estos me dieron en las suyas y la de este veterano pedagogo, me han retrotraído a aquellos años en que comenzaba mi tarea de profesor universitario Es cierto que yo había sido ya profesor de Primaria en Oviedo y profesor de Bachillerato en el Instituto de Tui (Pontevedra), pero eran mis primeros años de docencia universitaria.

Y también rememoro la experiencia porque he pensado en todas las cartas que otros han dejado o que yo he ido depositando en el buzón de la vida. Antes se escribían más cartas a través del correo postal. Hoy la comunicación ha cambiado a través de los teléfonos móviles y de internet. El correo electrónico y el whatsapp abren caminos que se recorren velozmente en las dos direcciones.

Las cartas postales, más lentas, sí, tenían otro calado, otra profundidad, otra extensión. Esta mía a los alumnos y alumnas tenía cinco páginas. Hoy los mensajes son más breves, más fugaces. La contestación del papá de mi alumna tiene tres largas páginas.

Existe en género epistolar abierto que no necesita de sellos ni de carteros. Lo he practicado muchas veces. Durante varios años tuve una sección en el periódico Escuela en la que, cada quince días, enviaba una carta abierta a un profesor interino, a un padre despistado, a un inspector de educación, a una señora de la limpieza, a un conductor de un autobús escolar, a un alumno desanimado… Esas cartas se han presentado con formato de libro (Pasión por la escuela. Cartas a la comunidad educativa) en la Editorial Homo Sapiens de Rosario (Argentina).

Me ha sorprendido verme ahora en el puesto de la vida que entonces ocupaba el padre de mi alumna. Soy yo ahora quien ha alcanzado la jubilación. Y soy yo ahora el que habla con su hija que comienza. El cuso de la vida. Un curso que a unos les destruye y a otros les salva. O, mejor dicho, un curso en el que unos se hunden y otros salen a flote.

En esta historia aparecen tres generaciones docentes. El padre de esta alumna mía, pedagogo avezado, que mantiene la ilusión por la tarea, como demostraré más adelante. El profesor joven universitario que era yo entonces y que ahora ha llegado ya a la orilla de la playa. Y la joven alumna de Pedagogía que se ha convertido en una magnífica profesora.

Me pregunto por las interacciones generacionales. En ocasiones nos ayudamos. En otras nos destruimos. Creo que este es un ejemplo de cómo es posible esta ayuda. Veamos las actitudes de apoyo que se reflejan en los textos de esta colección de cartas. Digo yo en la mía: “Debemos romper los tópicos, deshacer los malentendidos, luchar juntos contra nuestras deficiencias. Aceptando cordialmente nuestros límites. Porque –en definitiva- todos buscamos lo mismo”.

El padre de mi querida alumna me decía aquel 21 de julio de 1978: “Y ahora que has escrito a tus alumnos, a tus recién estrenados alumnos, quizás con demasiado dramatismo, y les pides que te comprendan un poco y se den un más, vuelvo a repetirte: ese es el camino. No lo abandones. Sin vino y sin rosas. Con espinoso amor, que solo te compensará si en cada momento de tu vida eres capaz de decir: lo que hago es bueno. Lo hago, por lo menos, lo mejor que sé”.

Me pregunto por lo que ha cambiado en mí. Y también por lo que ha cambiado en la educación. Me pregunto por las causas que nos hacen evolucionar y por la forma en que cada uno las afronta.

Pienso que todos estos años de trabajo han pasado en un suspiro y me han permitido aprender muchas cosas. En los libros, en la práctica, en la conversación con las personas. Afortunadamente, la realidad no me ha endurecido, no me ha hecho pesimista o escéptico. Los años me han permitido afianzar el optimismo e incrementar la esperanza. Especialmente en todo lo relacionado con la educación.

He aprendido mucho de mis alumnos y alumnas. De su esfuerzo, de su curiosidad, de sus preguntas, de su fallos. Una de las alumnas que contestaron aquella carta, decía: “Pienso que tu esfuerzo, tu dedicación, tu dar continuamente, tus heridas, son recogidas y no caen en saco roto. Mientras haya alguien que las recoja, sin duda tu esfuerzo ha merecido la pena. Y hay bastantes personas que hemos recogido tus esfuerzos y te lo agradecemos profundamente”.

Dicen muchas cosas emocionantes los alumnos y las alumnas. Yo he tenido mucha suerte, en ese sentido. Sus palabras y actitudes han puesto alas a mis deseos de volar y han insuflado entusiasmo y alegría en los momentos de duda.

Una alumna dice en una carta de aquel manojo de escritos que conservo muy vivos en la memoria y algo amarillos en el anaquel.

“¿Sabes? Al conocerte recordé una frase que había leído una vez: “al término de múltiples naufragios he recobrado el tiempo”. En tu mirada, en ti, en todo lo bello de la vida que tú representas como maestro… No cambies nunca, sé siempre tú, alguien que ha sido capaz de dar sentido a mi vida, ilusión y realidad a muchos otros… Ojalá seas feliz, muy feliz y la espuma de tu sonrisa borre para siempre, si alguna vez aparece, el dolor y la tristeza”. Ojalá.

 








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