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El arte de no decir la verdad

Miguel Ángel Santos Guerra
sábado, 15 de febrero de 2014 (15:08:39)

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Soboczynski dice, en una de sus treinta y tres historias ejemplares, que también podemos engañarnos a nosotros mismos.


Deberíamos llevar incorporado a la mente un detector de mentiras. Pienso que ese utilísimo aparato solo se puede adquirir con la educación. Es decir, que solo quien está educado, quien ha aprendido a pensar, a discriminar, a ponderar, a comparar, a observar, a dilucidar, a sopesar, a investigar… consigue instalarse ese mecanismo tan necesario en la vida.

Digo esto porque hay muchas personas que pretenden engañarnos. Nos engañan muchas veces los políticos, utilizando el lenguaje de una manera ladina. Y así pueden hablarnos de “un avance estratégico hacia la retaguardia” para referirse a una vergonzosa huida, de un “crecimiento cero” para describir la ruina económica o de una “salida de la crisis” para decirnos que los más de cien mil nuevos parados del mes de enero son menos que los que hubo en el mismo mes del año pasado.

Se puede mentir ocultando la verdad, utilizando eufemismos para describirla, diciendo medias verdades, falseando o silenciando los hechos, utilizando ambigüedades o diciendo literalmente la verdad con intención de engañar.

Sí, se puede engañar diciendo la verdad. Lo expresa muy bien aquella historia del capitán de un barco que, un buen día (o malo, vaya usted a saber), se emborracha hasta perder la noción de la realidad. Su segundo de a bordo, que tiene que hacerse cargo del gobierno del barco, escribe esa noche en el cuaderno de bitácora:

- Nota: Hoy, el capitán se ha emborrachado.

Al día siguiente, el capitán, ya lúcido, se hace cargo del barco y de la redacción y termina su informe del día escribiendo:

- Nota: Hoy mi segundo de a bordo no se ha emborrachado.

Así había sido, ese día no había bebido, pero al decir la verdad de esa manera, manifestaba que la sobriedad era la excepción y el alcoholismo la costumbre en la vida de su segundo.

Es altamente aconsejable el libro De Thomas Cathcart y Daniel Klein “Aristóteles y un armadillo llegan a la capital” que tiene este elocuente subtítulo: ˝Las mentiras de los políticos analizadas con humor”. En una de sus interesantes ilustraciones aparecen tres políticos que están preparando un discurso para la campaña electoral. Y uno de ellos le dice a los otros:

- “Es un buen discurso… solo hay un par de puntos que necesitan un poco más de confusión”.

Efectivamente, se puede mentir oscureciendo las ideas, haciéndolas casi ininteligibles, explicando de forma oscura lo que podría ser expresado de forma meridianamente clara.

Me pregunto muchas veces por qué nos dejamos engañar con tanta frecuencia. Y siempre llego a la misma conclusión: porque no tenemos una buena educación, ya que si no fuera así, estaríamos preparados para detectar el engaño, para no ser tan crédulos, tan ingenuos, tan estúpidos.

No solo mienten los políticos. Lo hacen también los medios de comunicación, a veces de forma descarada, otras de manera sutil. Basta ver las diferencias en los titulares en periódicos de diferente ideología sobre las mismas noticias. Se diría que no están hablando de los mismos hechos. Nos engaña también, de forma a veces sibilina, la publicidad.

¿Podremos saber alguna vez lo que costó realmente el fichaje de Neymar, jugador del Barcelona Club de Fútbol? ¿Por qué no dicen la verdad ni a la primera, ni a la segunda, ni a la última? Primero cincuenta millones, después cien, después ciento treinta… Contratos y subcontratos, unos por jugar, otros por derechos de imagen, otros por productividad… Todo se enmaraña para esconder la verdad. Llega uno a pensar, al final, que la verdad ni existe.

Le pueden mentir los jefes de las empresas a los trabajadores y los trabajadores a los jefes, los profesores a los alumnos y los alumnos a los profesores, los hombres a las mujeres y éstas a los hombres en sus relaciones de pareja…

Se puede mentir con adulación descarada, falsas promesas, silencios programados, actuaciones hipócritas, argumentos falaces, restricciones mentales, comportamientos desleales, fingidos arrepentimientos, engañosos propósitos, palabras equívocas… Decía Lichtenberg: “no son las mentiras francas sino las refinadas verdades las que entorpecen la expresión de la verdad”.

Tengo en mis manos un libro titulado “El arte de no decir la verdad”, de Adam Soboczynski, un escritor polaco afincado en Berlín que es colaborador habitual del suplemento del semanario Die Zeit. En treinta y tres interesantes relatos ofrece un decálogo de conducta para desenvolverse en un mundo en el que, como él mismo advierte, “acechan las trampas y reinan las intrigas”.

Soboczynski dice, en una de sus treinta y tres historias ejemplares, que también podemos engañarnos a nosotros mismos.

Hay que formularse continuamente, yo diría que obsesivamente, cadenas de “porqués”. Hay que interrogarse sin cesar. Hay que poner en tela de juicio la información. Hay que preguntarse por qué la realidad es como es y no es de otra forma.

¿Por qué antes nos decían que había un limbo al que iban los niños y las niñas no bautizados y ahora nos dicen que ya no existe? ¿Por qué promulgan ahora una ley para mejorar la calidad de la educación quienes hacen recortes y empeoran las condiciones que permiten alcanzarla? ¿Por qué estamos sumidos en una crisis económica que ha hundido en la miseria a muchas familias? ¿Por qué dicen que la Infanta Elena está imputada por ser quién y no por sus actuaciones indecentes? ¿Por qué nos viene ahora el cardenal Fernando Sebastián a decir que la homosexualidad es una enfemedad? ¿Por qué el señor Gallardón y el señor Rocuo (no por casualidad varones) pretenden precisamente ahora regular la práctica del aborto?… ¿Por qué…? ¿Por qué…?

Gianni Rodari, maestro y pedagogo italiano, publicó un sustancioso libro póstumo titulado “El libro de los por qué”. Dice Rodari en su hermoso libro que “el juego de los por qué es el más viejo del mundo. Incluso antes de aprender a hablar el hombre ya debía de tener en la mente. El cielo y la tierra están todavía llenos de interrogantes… El niño dispara sus por qué como una ametralladora. Sus preguntas –serias, cómicas, extrañas, divertidas, conmovedoras- caen sobre las cabezas de los padres como el pedrisco”.

Con el tiempo se va reduciendo la inquietud, se va perdiendo la curiosidad. Nos vamos adormeciendo. Einstein era un gran dormilón pero él decía que, cuando estaba despierto, estaba mucho más despierto que los demás. Algunos están dormidos.

No basta formular preguntas. Hay que buscar concienzudamente las respuestas. Hay que contestar con rigor, con exigencia, con lógica, con argumentos. No con suposiciones, intuiciones, supersticiones, revelaciones o aproximaciones interesadas.

Para que las respuestas sean rigurosas necesitamos la reflexión. Una reflexión cimentada en hechos y no en prejuicios, basada en argumentos y no en creencias. Para llegar a conclusiones valiosas tenemos que tener capacidad de análisis y de discernimiento. Tenemos que aprender a pensar. Aprender a pensar es el fruto de la verdadera educación.

 








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