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Los descuajeringadores

Miguel Ángel Santos Guerra
lunes, 18 de noviembre de 2013 (00:37:14)

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La escuela es una institución heterónoma, jerárquica y homogeneizadora. Imparte, por prescripción externa, el mismo curriculum a todo el alumnado, en las mismas horas, dentro del mismo escenario y, casi siempre, del mismo modo y al mismo ritmo.

Este niño ha venido a descuajeringar el grupo.
Nadie duda ya de que la diversidad del alumnado es infinita y de que ha de ser tenida en cuenta. Suelo decir que hay dos tipos de alumnos en el sistema educativo: los inclasificables y los de difícil clasificación. Es decir, que cada uno es un mundo. Y pocos dudan de que esa diversidad, lejos de ser una rémora, es una oportunidad excelente para el enriquecimiento y el intercambio.

He leído en el número 24 de la Revista argentina Laberintos, de la que soy asiduo colaborador, un breve artículo de Carina Rattero que lleva el título que yo le he dado hoy al mío. Gracias, Carina, por tu certera intuición y tu sensibilidad educativa que he visto aflorar en este y en otros escritos tuyos.

Reproduce la profesora Rattero el diario de una orientadora que cuenta lo que le dijo una maestra de Infantil que había recibido un nuevo alumno:

- Este niño ha venido a descuajeringar el grupo.

Está claro lo que la maestra quiso decir: en un grupo que funcionaba bien, que era muy homogéneo, llegó alguien que creó problemas, que desarmó lo que estaba armado, que agitó lo que estaba tranquilo, que revolvió lo que estaba ordenado.

Descuajeringar es destruir o desarmar algo en las partes que lo constituyen. Un descuajeringador es aquella persona que destruye o rompe lo que estaba en orden. Hay quien piensa que no deberían estar en la escuela quienes descuajeringan lo que estaba ordenado, que esos individuos no deberían “perjudicar” a los compañeros y hacer más difícil la tarea a los docentes. Pero yo pienso que si todos los alumnos y todas las alumnas supieran comportarse, si quisieran estudiar con esfuerzo y alegría, si lo entendiesen todo a la primera, si quisieran convivir en armonía, si no tuviesen comportamientos disruptivos o problemas de aprendizaje, no harían falta educadores y educadoras que encauzasen sus pasos.

Existe la curiosa fantasía de que la clase debe ser un todo armónico y sin fisuras. Quien rompe la armonía es el culpable del desorden. Si se excluye a esos alumnos que desordenan, que complican, que desarticulan, tendríamos una clase más homogénea. Así podríamos actuar sobre todos de manera más fácil, rápida y homogénea. Es, a mi juicio, un error.

Pondré un ejemplo para explicarme: imaginemos una sala de consulta médica. Hay treinta pacientes que esperan ser atendidos. Como el médico se retrasa, cuando llega les pide que entren todos a la vez. Les echa un vistazo (sin que ninguno hable o explique su problema o necesidad), y les dice a todos los mismo:

- Tómense un calmante por la mañana, una aspirina a mediodía y un laxante por la noche.

Tras ese diagnóstico arbitrario y esa intervención homogénea, uno de los pacientes, que se levanta sin fuerzas, si toma un calmante, estará dormido todo el día; si otro es alérgico al ácido aceltilsalicílico tendrá un ataque severo, al tomar una aspirina y el que toma el laxante, si tenía diarrea verá su problema acentuado. El que iba con un brazo roto saldrá con el problema que llevaba. Y el que tenía la tensión alta seguirá en peligro de un ataque al corazón.

Se ha vivido muchas veces la diferencia como una lacra, como una rémora, como un grave inconveniente, sin caer en la cuenta de que la diferencia, además de inevitable, es una ocasión de aprendizaje y de múltiples beneficios. La diferencia, en lugar de una lacra puede ser una oportunidad.

Desde esa representación de la homogeneidad, si no se admite al descuajeringador, la clase seguiría ordenadita y homogénea. Expulsado el diferente, todo quedaría en su sitio.

Dice Carina Rattero, profesora de Ciencias de la Educación, en el artículo citado: “Hacer sitio no es solo ofrecer un banco, una matrícula, es alojar desde las propias sensibilidades y representaciones en un horizonte de igualdad. Ofrecer un espacio que potencie el aprender desafiando cualquier determinación confiscatoria del futuro”.

Esta forma de pensar supone romper muchas preconcepciones que han sido dominantes en la escuela y conlleva una manera diferente de concebir la realidad escolar y la práctica educativa.

“Hay momentos en la vida en que la cuestión de saber si se puede pensar de modo diferente a como se piensa y percibir de otro modo a como se ve es indispensable. Se trata de no limitarse a legitimar lo que ya se sabe, sino de comenzar a saber cómo y hasta dónde sería posible pensar de otra manera”, dijo Foucault.

Muchas expresiones que se oyen cada día en las institución escolar revelan que todavía es necesario avanzar mucho en el camino de la inclusión. ¿Quién no ha oído alguna vez emitir juicios como los que siguen?

- Hay que quitar la manzana podrida de la cesta. Porque una manzana podrida hace que se pudran todas las que están alrededor.

- ¿Para qué vienen a la escuela si no quieren estar aquí?, ¿qué sentido tiene que hagan imposible el aprendizaje de todos los demás?

- Este no da para la escuela, no tiene capacidad, ni interés, ni futuro. Más valdría, por su bien y por el de todos, que se dedicase a otra cosa.

- Si hacemos un sitio al descuajeringador, se nos van a ir los pocos buenos, vamos a perder a los que querían estudiar.

- Te lo digo yo que, cuando veo a un chico, enseguida sé cuál puede y cuál no. Y éste no puede, aunque se esfuerce.

- Pero, ¿por qué tiene que venir a esta escuela? ¿Por qué tiene que estar en la clase de mi hijo? Si es que yo tengo mala suerte.

- Habría que crear un aula y meter ahí a todos los lentos o a todos los discapacitados o a todos los inmigrantes o a todos los hiperactivos. Es decir a todos los descuajeringadores.

A veces los educadores hacemos una representación de lo general que encuentra en lo particular su fracaso. Al homogenizar la escuela se priva del diálogo, del intercambio, del movimiento… Si todos llevásemos a una merienda el mismo tipo de fruta, pongamos por caso naranjas, ¿sería una merienda atractiva?, ¿qué sucedería con aquel que odia el sabor de la naranja? ¿No sería mejor que cada uno llevase algo diferente y lo pudiéramos compartir?

La escuela es un espacio para la construcción de lo común. Sigue primando la etiqueta del niño ideal: culto, callado, ordenado, blanco, varón, autóctono, castellanoparlante… Los demás son niños defectuosos. El que muestre riesgo, dificultad, carencia o desviación es alojado bajo la etiqueta del descuajeringador. Hace años titulé así un artículo sobre estas cuestiones: “La gallina no es un águila defectuosa”. Eso es: un inmigrante no es un autóctono defectuoso, un negro no es un blanco defectuoso, una niña no es niño defectuoso… Lo tiene que saber el cuidador de la gallina. Pero la gallina también ha de saber que es así. Si está acomplejada por ser gallina, tendremos un problema añadido de difícil solución.

 








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