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El cristal con que se mira

Miguel Ángel Santos Guerra (*))
viernes, 25 de enero de 2013 (01:03:53)

1 Comentarios - 1.061 Visitas

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El elefante era el mismo, pero las visiones resultaron muy diferentes. Cada uno tenía una parte de la verdad, cada uno contempla la realidad desde una diferente perspectiva.


 

Nadie lo sabe todo. Todos somos capaces de aprender algo. Entre todos podemos aprenderlo todo. Gracias a las interacciones podemos enriquecernos mutuamente. Tenemos visiones distintas de la realidad y de la vida y, gracias a esa visión plural, caleidoscópica, juntos, podemos aproximarnos a la verdad.

Cada uno tiene una visión de las cosas. No existe una sola forma de verlas. Si las ponemos todas juntas podremos tener una versión más rica y rigurosa de la realidad. El problem se produce cuando uno pretende imponer a los demás su forma de ver las cosas. Y cuando quienes se consideran propietarios de la verdad, dan por hecho que todos los que piensan de forma diferente están instalados en el error.

Nadie, ni personas ni grupos, tiene el privilegio de la verdad. Nadie es infalible. Y mucho menos el que dice que lo es. Cada perspectiva ofrece una parcela de verdad.

Cuenta una leyenda persa que, al comienzo de los tiempos, los dioses repartieron la verdad dando a cada persona un trocito, de modo que para reconstruir la verdad hace falta poner el trazo de cada uno. No hay trozo pequeño. No hay trozo insginificante. No hay trozo despreciable. El de todos es necesario. Verdad y comunicación serían dos caras de una misma moneda.

Nadie es tan sabio que no tenga nada que aprender, nadie es tan torpe que no tenga nada que enseñar. Ese intercambio, esa interacción cognitiva y emocioanal nos permitirá acercarnos a la verdad.

Acabo de leer la última novela de Luis Landero. Se titula “Absolución”. Creo que Landero maneja el lenguaje castellano con la precisión de un orfebre, la elegancia de un artista y la riqueza de un sabio. Muchas veces, cuando le leo, tengo la sensación de que construye las frases con tanta magia que no me importa la intriga de su novela o el contenido de sus ideas, sino el modo con que las cuenta. Es un malabarista del lenguaje. En cada una de sus páginas podríamos encontrar ejemplos de la tesis que mantengo en este artículo. Es decir, que hay muchas formas de ver la realidad, de interpretar los hechos, de vivir la vida. He aquí un ejemplo:

“Hasta entonces, ya un par de veces había aparecido en plena noche el señor Levin y le había saludado de pasada camino del despacho. Qué podía hacer en el hotel a aquellas horas intempestivas era un misterio para Lino. Las dos veces se enerró allí durante mucho tiempo y al final salió pálido, vacilante, caminando con lenta y torpe solemnidad, saludó con la mano y se fue. “Sufre de insomnio y viene aquí a matar el rato”, le dijo el guarda de seguridad. “Está muy solo”, le dijo un botones. “Cuando se va de putas le gusta tomar aquí la última copa”, le dijo el cocinero jefe. “Está muy enfermo y alarga así el tiempo que le queda”, le dijo un camarero. “Tiene una historia muy triste que nadie conocer”, dijo una de las gobernantas”.

Cada mirada, una versión de la realidad. Cada persona una interpretación de los mismos hechos. Existe un ejemplo clásico que permite ejemplicar de forma muy elocuente esta necesidad de pluralismo en la mirada. Un ejemplo que pone en evidencia la torpeza y la inexactitud que genera el sectarismo y la obcecación, la visión parción parcial elevada a categoría indiscutible. Me refiero a la fábula que cuenta cómo describen un elefante seis ciegos o seis personas videntes que lo exploran en la oscuridad.

La fábula tiene origen oriental. John Godfrey Saxe fue un poeta estadounidense conocido por la narración de esta fábula india (“The Blidmen and the Elephant”), introduciendo así la historia para un público occidental.

En el libro de OWSEND, P.L y GEBHARDT, J.E., Calidad en acción, aparece una versión de esta historia que reproduzco a continución y que ilustra de forma clara lo que pretendo decir en estas líenas.

El rey de Ancient, que había oído hablar en una Conferencia de Reyes sobre la importancia de los elefantes, encarga a sus expertos Lawrence, Curleigh y Mough que le traigan información de estos extraños animales. El Rey les da el nombre de una ciudad que alberga un elefante. Acuden a ella y cada uno, durante la noche, se acerca sigilosamente al lugar donde se encuentra el elefante.

- El elefante es como un muro, se dijo Lawrence, que había topado en la oscuridad con el costado.

- El elefante es como una soga muy larga, pensó Curleigh, quien había tocado su cola,

- El elefante es como un árbol, concluyó Mough, que se había encontrado con una pata.

Se organizó un Simposium para analizar las distintas informaciones. Los tres expertos hicieron sus respectivos dibujos. Lawrence fue el primero en mostrar su dibujo. Era muy parecido a un trozo de pared con patas cortas y pies pequeños, una cabeza y una cola pequeñas de aspecto curioso. El dibujo de Curleigh mostraba una soga gruesa con uno de los extremos unido a lo que parecía un perrito con grandes orejas y una nariz larga. El dibujo de Mough parecía ser el de un pequeño bosque hasta que se notaba que en la copa de cuatro árboles gigantescos estaba apoyado un cuerpo pequeño. La pared de Lawrence, la soga de Curleigh y el árbol de Mough estaban muy bien dibujados y causaban impresión.

El elefante era el mismo, pero las visiones resultaron muy diferentes. Cada uno tenía una parte de la verdad, cada uno contemplaba la realidad desde una diferente perspectiva.

La unión de todas ellas permite acercarse más claramente a la realidad. Los tres podían aprender de lo que habían visto los otros.

Es curioso, por ejemplo, ver cómo analiza cada persona el origen y las soluciones de la crisis. Es llamativo comprobar cómo cada ciudadano analiza los mismos hechos desde prismas de interpretación diferente sgún su filiación religiosa. Es chocante cómo cada partido político ve los resultados de las elecciones siendo éstos los mismos o cómo interpretan los aficionados de dos equipos que se enfrentan las incidencias de un partido. Lo dijo Ramón de Campoamor: Las cosas son del color del cristal con que se mira. Por eso es bueno compartir las diferentes miradas. Y desconfiar alguna vez del color de los cristales.

(*)Doctor en Ciencias de la Educación y catedrático de Didáctica y Organización de la Universidad de Málaga.

 








1 COMENTARIOS

Centro Guadalinfo Almedinilla - 25/01/2013 - 19:52:05


     Nos ha encantado tu articulo y las reflexiones que haces son muy acertadas...nuestras felicitaciones!!
...........................................................................................


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