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No bastan las lágrimas

Miguel Ángel Santos Guerra (*))
jueves, 27 de diciembre de 2012 (20:04:42)

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No se pueden sepultar con los cuerpos las responsabilidades. No se puede enterrar la reflexión y el compromiso.


 

Si lo que ha sucedido en la escuela Sandy Hook, de Newtown (Connecticut) no nos hace pensar, es que algo grave nos está pasando. Si esa horrible matanza de 27 personas, entre ellas 20 niños y niñas de 6 y 7 años, no nos hace cambiar, es que nuestros males tienen difícil solución.

No se puede quedar todo en lágrimas porque, si no se hace nada, si no se pone remedio a la causas que han llevado al desastre, volverán a brotar nuevamente esas lágrimas del manantial de la violencia. No se pueden sepultar con los cuerpos las responsabilidades. No se puede enterrar la reflexión y el compromiso.

“Cuando vuelva al Colegio, ¿seguirán allí los cadáveres?”, pregunta Peter Horan, un niño de ocho años estudiante de segundo curso de Sandy Hook. “No, hijo, habría que decirle, no estarán los cadáveres pero, la tragedia añadida sería que tampoco estén los propósitos y las decisiones de mejora de una sociedad violenta”.

Creo que no hay tragedia mayor que la de que un padre o una madre entierren a sus hijos. Cuánto más, si esos hijos son todavía niños, cuánto más todavía si a esos niños se les ha quitado la vida de una forma brutal, cuantísimo más si el asesinato es masivo y cuánto más aún si esa masacre se produce en una escuela, el lugar donde se reinventa cada día la vida.

No hay lugar más lleno de vida que una clase con una veintena de escolares, incapaces de una persistente quietud o de un mutismo prolongado. Las preguntas incesantes, las miradas inquisidoras, las sonrisas refulgentes, la curiosidad infinita, los afectos a flor de piel, las manos en alto, los colores multiplicándose en los cuadernos.

Para que ese jardín bullicioso y lleno de vida se convierta en un cementerio, bastan unos minutos de barbarie. Y ya no hay remedio. Esos niños han bajado sus brazos para siempre, han sellado sus bocas, han apagado sus miradas, han roto para siempre sus sonrisas, se han llevado con su muerte la curiosidad y las preguntas. Si pudieran hacer una más, solo una, dirían: ¿Por qué?

Me imagino a los padres y madres de las víctimas despertándose cada mañana con la ilusión de que lo sucedido aquel fatídico día haya sido una pesadilla. Pero no. Ya no tienen que despertar al niño, ya no le tienen que preparar el desayuno, ya no le tienen que llevar el colegio. Sencillamente, no aparece por ninguna parte. Jamás lo volverán a ver. Para imaginar su dolor basta con cerrar los ojos y pensar que esa terrible tragedia la estamos viviendo en nuestra carne, es decir, si imaginamos que es un hijo nuestro el que yace en el montón de cadáveres bajo los pupitres de un aula.

Es probable que, de no haberse suicidado Adam Lanza, la matanza hubiera sido mayor, ya que se mató cuando oyó llegar a la policía. ¿Hasta dónde habría llegado? Horroriza pensarlo.

El dolor de esta destrucción no termina con el entierro de las víctimas. Hay muchos traumas instalados en la mente de los sobrevivientes, de las familias afectadas, de los testigos de tanto horror. Sí, los testigos también son víctimas de la violencia.

El suicidio del asesino múltiple nos ha dejado sin esa parte de la reacción consistente en el deseo de hacer justicia, en la necesidad de conocer la autoría de la masacre y de que el responsable pague por lo que ha hecho. Él mismo ha sido su juez y su verdugo. Eso nos ha dejado, perplejos y doloridos, ante la otra gran pregunta: ¿por qué? Todos son interpretaciones porque Adam Lanza no ha dejado una nota, una carta, un diario o un mensaje con el motivo o motivos que le han llevado a ejecutar esa brutal acción.

El hecho nos lleva a formular preguntas de mucho calado: ¿quiénes somos los humanos?, ¿qué entendemos por progreso?, ¿cómo concebimos la cultura?, ¿cómo se produce la socialización?, ¿cómo educamos a nuestros hijos y alumnos?, ¿qué precio estamos dispuestos a pagar por la libertad?, ¿qué sentido tiene la venta y manejo de armas en una sociedad democrática? Si nadie atacara, ¿de qué o de quién habría que defenderse?

Se lo preguntaba el presidente Obama en uno de sus discursos: ¿estamos dispuestos a pagar este tipo de tributos periódicamente por salvaguardar la libertad de compraventa de armas? Mi respuesta es negativa. La libertad ha de tener los límites que marca el derecho a la vida y el respeto a la dignidad humana.

La cuestión llega de forma inevitable a plantear las leyes que permiten la producción, la venta y el uso de armas. Claro que no se trata de una cuestión de libertad solamente. Se trata de una cuestión de dinero y de poder. El negocio de la venta de armas es muy lucrativo. La Asociación del Rifle (RNA) maneja mucho dinero y tiene mucho poder. El lobby armamentístico hace que existan 89 armas por cada 100 personas en Estados Unidos. Es probable que no haya un gobierno capaz de enfrentarse a su fuerza y a sus estrategias de apoyos y rechazos electorales.

Hay que arrancar las armas de las manos de los asesinos potenciales (que somos todos). Hay que erradicar de la mente las concepciones que hacen de los demás unos simples objetos sin valor. Hay que eliminar del corazón los sentimientos de desprecio y odio a los demás.

Dicen que Adam Lanza era una persona “callada, tímida y antisocial”. Explicar estos sucesos remitiéndose al desequilibrio psicológico de los autores es simplificar en exceso el problema. Poner todo el énfasis en el problemático contexto familiar (la madre de Adams, Nancy Lanza, murió a disparos de su hijo salidos de un arma de su propiedad y que probablemente ella le enseñó a manejar) es una simpleza irresponsable. Dicen que su madre es una mujer encantadora y responsable, pero lo cierto es que es una coleccionista entusiasta de armas de fuego.

Las armas no matan. Matan las mentes y las manos de quienes las manejan. Sin embargo, la proliferación de armas obedece y cultiva la idea de que en ellas está la solución que no se encuentra en el diálogo, en la educación y en el respeto a la dignidad humana. Hace falta un pueblo entero para educar a un niño. En un pueblo con cultura de paz, que cultiva el diálogo y el respeto como formas de solucionar los conflictos, no habría matanza como ésta.

(*)Doctor en Ciencias de la Educación y catedrático de Didáctica y Organización de la Universidad de Málaga.

 








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