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¿Qué es eso?

Miguel Ángel Santos Guerra
viernes, 13 de abril de 2012 (09:10:09)

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Hace tiempo que me pregunto por los indicadores de la calidad moral de nuestra cultura. ¿Cuáles son las concepciones, las actitudes y los comportamientos que nos indican una buena salud moral de la sociedad? Pienso que uno de ellos es el trato que dispensa a los ancianos y a las ancianas.

Los ancianos y las ancianas necesitan el reconocimiento y el afecto que durante tantos años han brindado a los demás.
En un momento en el que la juventud se ha convertido en una etapa fulgurante de la vida, ¿qué sucede con las personas mayores que viven en las casas y en las Residencias sus últimos años de vida? En una etapa en la que la rentabilidad es una obsesión, ¿qué pasa con los ancianos que ya no son productivos? En una época en la que la velocidad y la prisa se han vuelto determinantes, ¿qué hacen los ancianos y las ancianas que por ley de la naturaleza tienen que caminar y vivir despacio? En una coyuntura en el que la salud y la belleza se han convertido en prioridades, ¿qué hacemos con las personas mayores que, a veces, carecen de ambas?

Los ancianos y las ancianas necesitan el reconocimiento y el afecto que durante tantos años han brindado a los demás. Hay que recuperar el valor de la vejez. Cuando muere un anciano es como si se quemara una biblioteca.

Sé que no es fácil envejecer en un clima que no tiene consideración por las personas mayores. Pero no voy a ocuparme de esa cuestión en estas líneas. Aquí me quiero preguntar por la actitud de los hijos hacia sus padres y sus abuelos y de la sociedad hacia las personas mayores.

Por lógica, los ancianos han acumulando la sabiduría de la vida. “Un rostro sin arrugas es un pliego de papel en el que no hay nada escrito”, dice Jean Paul Ritchter. Por ley de vida, los ancianos saben muchas cosas.

Me duelen las actitudes de agresividad y de desprecio de algunos hijos e hijas respecto a sus padres, que han sacrificado sus vidas de manera incondicionalmente generosa. Me causa una rabia y una pena enorme la desagradecida violencia de algunos adolescentes. Hace no mucho tiempo me contaba una desesperada mamá que no pudo estudiar en sus años jóvenes que su hijo, pésimo estudiante, le había respondido ante un justificado reproche por su holgazanería:

- Cállate, que eres una burra.

Pues sí, desconsiderado jovencito, tu madre es una burra de carga que se sacrifica trabajando sin descanso, que lee sin cesar, que se esfuerza por saber lo que no le enseñaron como te están enseñando a ti.

He visto hace un ratito un breve relato gráfico que, con palabras e imágenes, expresa magníficamente la idea sobre la quiero reflexionar en estas líneas.

Se ve en la imagen a dos personas sentadas en un banco en el jardín de una casa. Luego sabremos que se trata de un anciano padre y de su hijo, ya adulto, que lee tranquilamente el periódico a su lado. Se oye cantar un pájaro mientras la cámara enfoca en plano detalle un diminuto gorrión entre la maleza de los setos.

El padre, que ha observado el movimiento u oído el ruido, pregunta escuetamente:

- ¿Qué es eso?

El hijo, dejando de leer el periódico un instante, contesta:

- Un gorrión.

Y se enfrasca inmediatamente en la lectura mientras el padre parece ausente mirando hacia el infinito. La cámara recoge un nuevo revoloteo del pájaro y el padre vuelve a preguntar:

- ¿Qué es eso?

El hijo, levanta la vista del periódico y con un tono enérgico y un tanto malhumorado, responde.

- Un gorrión, ya te lo he dicho.

Por tercera vez, el padre, pregunta, acercando su cabeza a las páginas del periódico que el hijo sostiene en la mano.

- ¿Qué es eso?

El hijo, visiblemente irritado, le grita a su padre:

- Ya te lo he dicho, un gorrión. Un go-rri-ón.

El anciano padre pregunta un cuarta vez y el hijo estalla y responde gritando:

- Papá, ¿por qué estás haciendo esto? Ya te lo dije un montón de veces. Es un gorrón. ¿No lo entiendes?

Entonces el anciano se levanta lentamente y, ante las palabras del hijo que le pregunta a dónde va, responde con un gesto de la mano, indicándole que espere.

El padre entra en la casa y vuelve, unos minutos después, con un cuaderno en la mano. Se sienta en el banco al lado del joven y, después de seleccionar una página, le indica con un leve golpeteo dónde tiene que leer.

Y dice con indudable autoridad:

- En voz alta.

El hijo va leyendo despacio: Hoy mi hijo, que hace unos días cumplió tres años, estaba sentado conmigo en el parque cuando un gorrión se puso delante de nosotros. Mi hijo me preguntó veintiuna veces qué era eso y yo respondí las veintiuna veces que eso era un gorrión. Le abracé cada vez que me hizo la misma pregunta una y otra vez, sin enojarme y sintiendo afecto por mi pequeño hijo inocente.

Las imágenes cierran el relato de una forma hermosa. El hijo, después de unos segundos de silencio y reflexión, abraza a su anciano padre y le besa amorosamente la cabeza.

Me ha emocionado el relato y me ha hecho pensar en los ancianos de nuestra época, en los ancianos y ancianas de hoy. La juventud se ha convertido en el paradigma deseable de la vida. En la televisión vemos rostros de personas jóvenes, hermosas y sanas. Sin embargo, los ancianos parecen estorbar y ralentizar el ritmo trepidante de la vida moderna.

¿Qué pasa con nuestros ancianos y ancianas? No me refiero solo a los hijos y a las hijas que han recibido gratuitamente durante muchos años atenciones y desvelos. Me refiero también a una sociedad que debe sentirse en deuda con ellos y con ellas. Porque sacaron a flote el país, porque crearon y mantuvieron a sus familias. Porque llenaron de esfuerzo y amor el mundo. No pueden ser hoy arrinconados como si fueran unos trastos inútiles. Sé que hay excepciones, sé que hay padres crueles que solo han provocado, desde la incomprensión y el egoísmo, abandono y dolor. Es probable que ellos recojan la desolación que sembraron.

No quisiera que nuestros ancianos y ancianas se sintieran menospreciados por no ser jóvenes sanos y vigorosos. Ellos tienen tanta necesidad de afecto como de sol. Me gustaría verles felices recibiendo la gratitud y el amor de sus conciudadanos y, sobre todo, de sus hijos y de sus nietos. “Cuando la simpatía está unida a las arrugas, es adorable. Hay un indecible amanecer en la ancianidad feliz”, dice sabiamente Víctor Hugo.









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