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Política de tierra quemada

Miguel Ángel Santos Guerra
domingo, 12 de febrero de 2012 (14:41:39)

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Por donde pisa el señor José Ignacio Wert desaparece la menor brizna de hierba que sembró el ministro Angel Gabilondo.

No es difícil entender, dada la angustia de los opositores y opositoras, que esta medida se haya convertido en un jarro de agua fría sobre sus febriles sueños.
Todo el mundo sabe que la estrategia de arrasar las tierras (al entrar en ellas o al abandonarlas) era una táctica militar que se practicaba en las guerras tradicionales con el fin de hacer imposible la vida al enemigo. No solo se quemaban los cereales, se destruía todo lo que podía ser útil: refugio, suministros, transporte… Era una táctica magnífica para quien la realizaba, pero desastrosa para los demás. Pues bien, el actual partido en el Gobierno, está practicando en educación una inadmisible política de tierra quemada. Por donde pisa el señor José Ignacio Wert desaparece la menor brizna de hierba que sembró el ministro Angel Gabilondo.

A mi juicio, esta estrategia no es buena en ningún caso pero, en educación, es especialmente dañina. Porque la educación es de todos y de todas y para todos y para todas. En su momento reclamé un esfuerzo de la clase política para que hubiese un pacto por la educación. Alcanzar unos acuerdos básicos que eviten los bandazos, los caprichos partidistas, las revanchas políticas y los pagos en especie a quienes reiteradamente preguntan: ¿qué hay de lo mío?

Lo que está sucediendo con la política educativa del PP era esperable, pero no con tanta urgencia y tanta desmesura. Me voy a referir a una de las últimas decisiones.  Concretamente, al  injustificado cambio del temario de oposiciones para Primaria, Secundaria, Formación Profesional y Escuelas Oficiales de Idiomas. Se trata, a mi juicio, de un despropósito inexplicable, de un atropello difícil de asimilar.

En primer lugar, porque el argumento de que se trata del “interés general”, hay que explicarlo un poquito más (a no ser que se trate del interés general… del partido y de sus secuaces). ¿Se puede construir el interés general con el desprecio y el perjuicio de miles de particulares? A los opositores que han estado preparando los temarios que se aprobaron en noviembre y se hicieron vigentes en enero, les cuesta dinero, tiempo y un desconcierto e indignación difíciles de contener. Sin negociar, sin anunciar, sin explicar. ¿Para eso querían con tantas ansias el poder? ¿Por qué habían de negociar un pacto si podían hacer pronto lo que les viniera en gana, sabedores de que alcanzarían la mayoría absoluta?

En segundo lugar, porque se trata de un cambio “provisional”, en un asunto de tanta trascendencia como la selección del profesorado. Mi querido doctorando Marcos Antonio Ruiz Valle podría decir muchas cosas al respecto ya que está finalizando una tesis que le ha permitido indagar durante años sobre un proceso tan delicado y transcendente para el sistema educativo como es la selección del profesorado. Parece una burla limitarlo a este ridículo parche.

En tercer lugar porque se trata de un cambio, no de una mejora. De un retroceso, no de un avance. Recuperar los temarios de 1993 y 1996 supone admitir que nada ha cambiado desde entonces, que el conocimiento está ahí, cerrado, definitivo, inmutable.

En cuarto lugar, porque se produce a unos meses de la celebración de las pruebas, cuando apenas queda tiempo para prepararse conforme a los nuevos temarios. Claro que el ministro ha dicho (parece una broma) que “si fuera opositor estaría dando saltos de alegría porque me han restituido el temario con el que llevo trabajando dos años”. Y es que los opositores se quejan porque no se enteran de lo mucho que vela por ello el Ministerio.

De esta medida puede deducirse fácilmente que lo que importa no es poner la política al servicio de la educación sino la educación al servicio de la política. Lo tantas veces comprobado.

Una exalumna me escribía hace unos días con la lógica angustia y el más que razonable rechazo a la medida. La entiendo. La apoyo. La animo a través de estas líneas. Porque los buenos profesionales de la educación se cuajan en la adversidad y en la crítica. Cito textualmente:

“(…) He decidido ponerme en contacto con usted porque desde que terminé la carrera, estoy preparando oposiciones. En 2011 y ahora estoy para las del 2013… (si hay). Hablar de los políticos y de lo mal que va la educación es cansino… ¿Cómo queremos que haya buenos profesores si se les desprestigia, si su estudio, esfuerzo, horas de estudio, noches sin dormir, etc. no cuentan? Las últimas noticias dicen que lo que dijo el PSOE del nuevo temario ya no vale, y volvemos a los 25 temas de 1993… Es que las características de los niños, el entorno, las familias (eso que siempre nos dicen en la carrera que tenemos que valorar), todo sigue siendo igual que en los años 90… Además, es provisional, por lo que en un par de días puede cambiar: que no saquen oposiciones, o que cambien por completo el sistema de acceso a la función pública… El caso es “marear” a los opositores, ser el hazmereír de toda España, sacar dinero de las academias, sindicatos y tasas (…)”.

No es difícil entender, dada la angustia de los opositores y opositoras, que esta medida se haya convertido en un jarro de agua fría sobre sus febriles sueños. Los sentimientos que provoca una actuación tan absurda, injustificada, inoportuna y desafortunada se pueden deducir sin esfuerzo: desconfianza, angustia, perplejidad, indignación, desconcierto y desánimo. Las consecuencias que se derivan de la medida son evidentes: pérdida de dinero (no hay problema, ¡como les sobra!, ¡como lo ganan!…), pérdida de tiempo (nada importante ya que nada tienen que hacer). Menos mal que les queda el consuelo de que su desgracia contribuirá al “interés general”.

Para colmo, viene don Francisco Javier Martínez, arzobispo de Granada (no sé por qué es tan solícita la prensa en hacerse eco ante la opinión pública de las opiniones episcopales. Los obispos tienen sus púlpitos. Que hablen desde allí a sus feligreses y que nos dejen en paz a los demás) y dice que eso de querer ser funcionario es una “enfermedad social”, que tenemos un “pueblo subsidiado”, que se necesita un cambio de cultura y que ese cambio de cultura tiene que ver… con la fe. Señor, qué cruz.








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