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OPINIÓN | Educación

A mí me han traído un caballo

Miguel Ángel Santos Guerra
viernes, 12 de enero de 2018 (10:50:54)

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No hay en el año una mañana más fantástica para los niños y las niñas que la del día de Reyes, que esta mañana de 6 de enero. El febril momento de retirarse a dormir, después de contemplar la cabalgata (“venga, a dormir pronto, y a no despertarse porque si los Reyes os encuentran despiertos se van”) estalla en un amanecer exultante ante la montaña de paquetes con envoltorios multicolores. Ya sé que no hablo de todos los niños y las niñas. Ya sé que hay algunos que solo tienen delante una montaña de carencias. Esa brecha creciente entre quienes tienen y no tienen, entre niños saturados y niños vacíos, es cada vez más insoportable. No nos puede dejar impasibles.

A mí me gusta esta tradición de nuestra cultura que mantiene a los niños enganchados a la esfera de la fantasía. Cabalgatas, regalos, turrones para los pajes, cartas a los Reyes y de los Reyes, cubos de agua para los camellos, zapatos en las ventanas, paquetes bajo el árbol, emoción a raudales… Una ficción que alimenta los corazones. Una gran mentira social que nos hace felices. Ya sé que no es fruto de verdad, pero es la floración de la bondad.

Ya sé que tiene que llegar el momento en que se desvanezca esa ilusión. No puede durar toda la vida. Pero llena de ilusiones hermosas los años de la infancia. Y habría que pensar en la forma de que no se produjera el desmoronamiento de la ilusión de forma traumática. Circulan por la red algunas cartas para explicar a los niños, llegado ese momento, que los Reyes, desbordados por la tarea, pensaron en buscar unos pajes que conozcan bien a los niños y que les quieran de verdad. ¿Quién mejor que los padres? Cuando le leímos una de esa cartas a nuestras hija, dijo que no le había gustado esa forma de despertarla del hermoso sueño. Fue como confirmar oficialmente algo que ya sabía y que no había sido de su agrado. Fue como cerrar del todo la puerta de esa fantasía.

¿Cuánto les duran hoy los juguetes a los niños y a las niñas? La fugacidad del momento de abrir los paquetes ante los ojos excitados y los gritos de alegría (uno, otro, otro…) se combina con la precariedad de los materiales con que están construidos los juguetes. Duran poco porque están hechos para durar poco. Todo es instantáneo. Algunos juguetes duran en la atención del niño los escasos segundos que se tarda en quitar el papel con el que están envueltos. Hay otro factor de provisionalidad añadido. El número de regalos que recibe un niño. Es imposible prestar atención a todos durante mucho tiempo.

La comercialización de la Navidad es ofensiva para quienes carecen de todo. El comercio lo invade todo. Frente al atiborramiento de cosas que tienen algunos niños, otros se ven privados hasta de lo necesario.

Vender. Vender. Vender. Comprar. Comprar. Comprar. La Navidad transcurre conjugando estos dos verbos en todos sus tiempos y modos. Y en esa trama de la compraventa entramos de cabeza todos. Tanto compras, tanto eres. Tanto tienes, tanto vales.

– Me lo pido, me lo pido, me pido…, dicen los niños antes del día mágico.

– Eso lo tienen todos los niños de su Cole, se dicen los padres.

Ese juguete está agotado en todas nuestras tiendas, dice el vendedor al abuelo desolado.

Mira todo lo que me han traído los Reyes, dicen los niños el día 7 de enero.

Ahora los juguetes no duran de un año para otro. Ni siquiera de un día para otro. Conservo todavía un caballo de mi infancia. Ha durado más de medio siglo. Hoy los juguetes tiene una vida efímera. Porque los niños y las niña se cansan pronto de ellos. Porque los fabrican para que no duren, para que haya que comprar pronto otro. La obsolescencia está programada, esté diseñada con precisión. Le interesa sobremanera al mercado.

La fugacidad de las cosas genera un torbellino de compras. Lo que importa es la inmediatez, el efímero presente, la voracidad consumista, la moda que se anuncia… Comprar muchas cosas, abrir muchos paquetes, responder a todos los apremios, tener el juguete de moda…

Las necesidades básicas son pocas. Las necesidades creadas son infinitas. Hay especialistas en fabricarlas, en anunciarlas y especialistas en venderlas.

La publicidad desempeña un papel decisivo. Nos mete por los ojos lo que luego nos saca por la cartera. Publicidad muchas veces engañosa, de objetos cuya versión televisiva tiene poco que ver con la realidad en tamaño, apariencia y funcionalidad.

Las estrategias de la publicidad se hacen cada vez más sofisticadas. Hay quien es capaz de vender un sombrero a uno que va camino de la decapitación. Se vende lo que se anuncia. Y se dirige muchas veces el anuncio al que lo pide, no al que lo paga. Porque se entiende que el niño será persuasivo.

Adela Cortina escribió hace algunos años un interesante libro titulado “Por una ética del consumo”. Una mirada necesaria sobre una cuestión que es casi exclusiva preocupación de la economía, de la política, de la antropología, de la psicología y del marketing. Hacía falta esta mirada profunda que tiene como eje la esfera de los valores.

Cuando el dinero se sitúa por encima de todo, cuando nos convertimos en clientes en el gran mercado del mundo, cuando las cosas se ponen por encima de las personas corremos el riesgo de perder el norte.

Hay padres obsesionados en responder a los caprichos de los niños. Corren de centro comercial en centro comercial en busca del codiciado objeto de moda. Como si lo regalaran. Porque sus hijos no pueden tener menos cosas o peores cosas que los demás.

Los niños tienen poca resistencia a la frustración. Si se unen el deseo de los padres de no negar nada y la exigencia de los niños para conseguir lo que quieren, hay pocas posibilidades de que no estén llenos de cosas. No pueden disfrutar de todo lo que tienen. No hay tiempo disponible.

Hay niños que se contentan con cualquier cosa y niños que no se conforman con nada. He contado alguna vez la historia de una familia que tiene dos hijos. Uno de ellos es patológicamente optimista, el otro patológicamente pesimista. Deciden llevar a cabo una estrategia pedagógica que corrija esas tendencias extremadas. Como se aproxima el día de Reyes deciden regalarle al pesimista una moto potente y un pequeño yate para que eleven su ánimo decaído. Aunque sea preciso pedir un crédito en el banco. Al optimista, algo de escaso valor para que rebaje sus humos desmedidos. Después de un larga lista de opciones, no encuentran nada peor que una plasta de vaca, presentada en una caja envuelta con brillante papel de regalo y un lazo de color rojo.

Reciben sus regalos en la noche del día 5 . Llegado el día de Reyes, una mañana como la de hoy, visitan a la familia unos tíos de los niños que conocían la decisión sobre los regalos y querían saber el resultado conseguido con ellos. Llaman, saludan y encuentran al sobrino pesimista llorando:

– ¿Por qué lloras? ¿No te han traído nada los Reyes?

– Sí, me han regalado una moto. Pero estoy muy triste porque tengo mala suerte y seguro que saldré un día sin casco, estará el suelo mojado y tendré con ella un accidente mortal.

¿No te han traído nada más?, preguntan viendo que no pueden continuar por aquel camino.

Sí, me han regalado también un yate, pero estoy muy preocupado porque no sé nadar y saldré a navegar un día que haya tormenta y me ahogaré por culpa de este horrible regalo. Qué mala suerte tengo.

Mientras conversan con el pesimista entra en el salón el sobrino optimista cantando y dando saltos de alegría. Le saludan e, inmediatamente, le preguntan:

¿Por qué estás tan contento? ¿Qué te han traído los Reyes?

Lleno de entusiasmo, jadeante y muy feliz, contesta:

– A mí me han traído un caballo, pero no lo he encontrado todavía.

Parece claro. La felicidad no está en las cosas. Está en el ánimo de cada persona. No hay forma de contentar al pesimista. Al optimista le llena de esperanza la plasta de una vaca. Dos formas de ver la vida.